El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Se repiten los yerros, no la historia

SE REPITEN LOS YERROS, NO LA HISTORIA

Ignoro qué opina el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, en lo tocante al asunto en cuestión, pero el abajo firmante de estas líneas sostiene la tesis de que cuanto aprendió en la adolescencia, durante los tres cursos académicos que estudió en el seminario menor navarretano, allá por sus doce, trece y catorce años, se le quedó grabado a fuego en su mente, pues puede que recuerde los conceptos y datos que acumuló entonces mejor incluso que los que asimiló más tarde, por ejemplo, en la universidad. Y, como esas informaciones variopintas permanecen fijas, inalterables, intactas, cada vez que a uno le da por rememorarlas, parece que las resucita o revive y que estas son la prueba fehaciente, irrefutable, de que el eterno retorno nietzscheano es un hecho inamovible, innegable.

Y, como en el convento de Algaso sigue sin haber un miembro de la comunidad que aventaje a Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo, tanto en el saber teórico como en el práctico, pondré un ídem que se entienda, sin que el amable lector tenga que invertir ni siquiera unos minutos de su preciado y precioso tiempo en realizar el más mínimo, parco y párvulo esfuerzo intelectivo. Aún recuerdo, de corrido, aquellas letanías o listados de sílabas iniciales de palabras de las reglas de ortografía no canónicas, ideadas por Pedro María Piérola García, a fin de ayudarnos a nosotros, sus alumnos, a que llegáramos a escribir sin incurrir en las feas y “sonrojantes” (me extraña sobremanera que en el Diccionario de la lengua española no haya tenido aún cabida el adjetivo/vocablo mentado) faltas de ortografía. Así pues, excluyendo las excepciones, se escriben con be las palabras cuyas sílabas iniciales son: tri- (excepto trivial y trivio), tur-, nu-, su- (excepto suversión), cu-, ca- (excepto cavar, cavilar, etc.), ga- (excepto gavanza, gavia, etc.), ver-, si-, al- (excepto alvéolo o alverja, etc.), ur-, du-, ti-, to- (excepto tova), ra- (excepto ravenés, ravioli, etc.), ri- (excepto rival, rivera), tre-, gu-, lo- (excepto lovaniense), ru-, so- (excepto sóviet, sovoz), la- (excepto lavabo, lavadora), car- (excepto carvallo, carvi), ta-, ro-, sa-, te-, tra- (excepto trávelin, través), ce- (excepto ceviche), ha- (excepto havar, havo), he- (excepto hevea), hi-, ho- (excepto hove).

Barrunto que a Pedro María concebir esas no canónicas normas le supuso un esfuerzo. Y, como a servidor le es de inestimable ayuda ese pensamiento de Mahatma Gandhi, según el cual, “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, no entendí que el habitualmente ecuánime y ponderado Jesús Arteaga, en una conversación telefónica que mantuve con él otrora, echara por tierra o menospreciara la labor de Piérola, restando a esas reglas la importancia que tuvieron, tienen y tendrán. Si damos tiempo al tiempo, ese juez cabal, que da y quita razones, comprobaremos que no solo las salvará de la quema inicua y del olvido, sino que les otorgará nuevos argumentos fautores de peso, que las apoyen.

Como cada día que pasa este menda está menos seguro de nada, o sea, de cualquier tema que salga a relucir en una tertulia, lanzo al aire la hipótesis de que acaso haya contribuido a fijar en nuestra mente la idea de que lo aprendido en la adolescencia es meramente indeleble, imborrable, que, durante esos mismos años, o incluso antes, nos aprendiéramos de memoria canciones sin término. A servidor, a bote pronto, le han brotado o venido al caletre estas cuatro:

  1. El barquito chiquitito: “Había una vez un barquito chiquitito, / había una vez un barquito chiquitito, / que no sabía, que no sabía, que no sabía navegar…”.
  2. Salí de La Habana: “Salí de La Habana un día, / camino de Santander, / y en el camino encontré / un cartel que así decía: / ‘Salí de La Habana…’”.
  3. Un elefante se balanceaba: “Un elefante se balanceaba / sobre la tela de una araña; / como veía que resistía / fue a llamar a un camarada. / Dos elefantes…”.
  4. Yo tengo un moco: “Yo tengo un moco, / lo saco poco a poco, / lo redondeo, / lo miro con deseo; / yo me lo como / y, como sabe a poco, / volvemos a empezar: / Yo tengo un moco…”.

Tengo para mí por evidente que los cuatro ejemplos propuestos son, claramente, más defensores que detractores de la teoría nietzscheana del eterno retorno. Ahora bien, también veo claro, cristalino, que la historia (o la vida, como ocurre con el día 2 de febrero de la película “Atrapado en el tiempo” o “El día de la marmota”, filme en el que cabe advertir más de una idea aristotélica, como verbigracia, que la virtud humana, dado que el hombre es un animal de costumbres, es más hija del hábito humano, humanitario, que de la altura ética o moral del sujeto en cuestión) no se repite. Puede que se repitan algunas circunstancias; y, como las personas tendemos a cometer los mismos errores en los que incurrieron nuestros ancestros, pues tenemos la impresión refractaria, mas falsa, de que la historia se itera.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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