FORMAN AMOR Y HUMOR DÚO IMBATIBLE
Puede que, por habérselo escuchado decir tantas veces a fray Ejemplo, quien, además de decano y veterano compañero de convento, era guía y maestro de nuestro profesor de griego clásico, Eladio Golosinas, “Metaplasmo”, este, el citado en último lugar, opinara cosa parecida, tres cuartos de lo mismo, que aquel, el fraile prototípico; así que, a nosotros, alumnos de Eladio, durante esa hora lectiva, no nos extrañó oír, eso sí, con las peculiares palabras de Metaplasmo, sostener idéntica tesis a la defendida por su mentor, que los dos ingredientes fundamentales para seguir peregrinando con la cabeza bien alta por este valle de lágrimas son el amor y el humor. El arquetípico religioso solía adjudicar o asignar a cada uno de esos dos cimientos incontrovertibles un fin (y Eladio no se salió de los raíles de esa vía o las rayas de ese papel pautado o guion): el amor, para comprender los errores ajenos y propios, y, de esa guisa, poder perdonarlos con magnanimidad; y el humor, para soportar estoicamente el listado o rosario de reveses que la vida se encarga de depararnos, sin preguntarnos previamente si estamos preparados para darles curso o no.
No había terminado de copiar en su cuaderno de notas o libreta de apuntes las postreras palabras proferidas por el docente de griego, cuando Álvarez, uno de sus alumnos avispados, acaso más inquiridor que preguntón, había advertido en lo dicho por Eladio una grieta o rendija por la que, a pesar de su extrema angostura o estrechez, podía colarse de rondón, si era flaca, una pregunta pertinente; así que, sin levantar la vista del papel para seguir escribiendo, izó la mano izquierda, que era la que tenía libre, pues el BIC azul lo empuñaba con su diestra, y le aseveró e interrogó esto al profesor:
—Usted, don Eladio, tiene vedado, por haber dicho amén al voto de castidad, el amor carnal, mundano, sexual. ¿Cómo hace para mantener en equilibrio su edificio mental y que este no se venga abajo con el prístino remezón provocado por la primera tentación, en el supuesto de que esta acaezca u ocurra?
—Fácil; llenando el recipiente vacío del amor con más humor.
—Con doble ración de humor, exactamente, conjeturo.
—No marras, al juzgarlo de ese modo.
—Seguramente, tendré que volver a leer los apuntes que tomé durante los dos años anteriores, revisarlos a conciencia, porque no recuerdo con fidelidad el total de cuanto usted nos ha dicho en clase o fuera de ella sobre el caso particular, en torno a los dos pilares aludidos, el amor y el humor, pero, si no yerro ni rememoro mal, usted nos adujo el año pasado que el amor y el humor forman un dúo o tándem imbatible, que ha vencido en cuantos pulsos ha echado contra el peor de los males habidos y por haber, la alianza o el binomio conformado por el temor y el tumor maligno, el cáncer. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas; ahora bien, acaso sea yo el equivocado, extremo que no hay que descartar, por pensar así. ¿Qué opináis vosotros? (tal vez huelgue anotar que, aunque él nos tuteaba, nosotros lo tratábamos de usted; evidentemente, la pregunta la lanzó al aire y formuló de manera general, para que cualquiera de nosotros, sus alumnos, pudiéramos tomar la palabra y argumentar, discurrir o disertar la razón de cada quien a propósito).
—Yo creo que no se puede pedir peras al olmo ni al ignorante que tenga criterio, si aún no lo ha elaborado.
—Abundo con Álvarez (que era el único discente que había abierto la boca, hasta que, hace escasos segundos, me he sentido impelido a hacerlo yo, y había mantenido el diálogo precedente con Eladio y soltado, asimismo, lo anterior), porque, mutatis mutandis, sin duda, se le puede solicitar al cobarde que sea valiente, pero, como todo en este mundo inmundo en el que vivimos actualmente depende de la perspectiva, prisma o punto de vista del observador, ora sea o se sienta ella, él o no binario, o pensador, puede darse el caso de que el proceder que para uno es valiente para otro es temerario, y lo que para otro es valiente para uno es cobarde, o sea, una clara disparidad de pareceres a la hora de valorar determinados comportamientos. Esa es la razón por la que acostumbro a quedarme en el medio, donde el filósofo estagirita y peripatético situaba la virtud, no en el miedo ni, menos todavía, con el pánico.
—Coincido con Evaristo (que así me llamo yo), sagaz compañero y, de igual modo, con la solución que nos brindó Wilhelm Stekel, el psicólogo austriaco, citado por Jerome David Salinger en “El guardián entre el centeno” (1951): “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.
Evaristo Gómez, “Meteoro”.
Ángel Sáez García