El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Hoy me consta, de forma fehaciente,…

HOY ME CONSTA, DE FORMA FEHACIENTE,

QUE SAMUEL MORSE FUE ESE SER PACIENTE

Ignoro si, en el grueso de los casos, es cierto ese latinajo que dice así: Fortuna iuvat audaces, Fortuna ayuda a los audaces (ellas, ellos y no binarios). Lo que sí me consta, de modo fidedigno, es que la diosa suertuda, regularmente, les echa una mano, tan inesperada como propicia, a los perseverantes, o sea, a cuantos no se desaniman ni se desmoronan por una bagatela, dos o tres, cuando uno, una pareja o una terna de propósitos quedan sin cumplir, en agua de borrajas o cerrajas.

Confío, deseo y espero que uno, al menos, de las dos docenas y media o tres decenas de lectores que, así lo he constatado varias veces, pasan sus ojos a diario por cuanto ve la luz en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, se haya aprendido de memoria, como hizo este menda otrora, el relato breve con el que Jorge Luis Borges puso el broche de oro o inmejorable remate a ese libro misceláneo suyo, esa “silva de varia lección”, que es “El hacedor” (1960). Lo transcribo a continuación, por si alguien no le ha hecho aún a la susodicha ficción literaria el caso que se merece: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

A mí, no sé si eso también le ha intrigado a usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, siempre que he acudido al epílogo de dicha obra, me ha quedado rondando la idea de quién pudo ser ese hombre, dicho congénere. Bueno, pues, sin querer queriendo, como a veces ocurren las cosas y los casos, y era expresión que solía tener en la punta de su mui el chavo del Ocho/8, hoy estoy en disposición de poder afirmar, de manera fehaciente, sin ningún temor a marrar morrocotudamente, que sé quién fue, con toda seguridad, ese paciente pintor y semejante nuestro, cuyo nombre y primer apellido nos hurtó el clásico y genial escritor argentino. Se trata de Samuel Morse. ¿Que por qué estoy plenamente convencido de ello, de acertar, a la hora de aseverarlo así? Se lo cuento enseguida.

Mientras andaba revisando medio centenar de ejemplares de la revista “Sur”, publicados en los años cincuenta del pasado siglo, he leído y releído varias veces en uno de dichos números la narración sin título que lleva la firma de un tal Jorge Burgos:

“Hubo alguien con alma de autócrata al que, mientras leía con calma ‘El príncipe’, de Nicolás Maquiavelo, le dio por subrayar y luego entresacar o extraer las enseñanzas que, a su juicio, personal, intransferible, había dejado diseminadas el autor florentino en su manual de uso diario para cualquier político que desee dar el paso o salto final de postularse o proponerse como aspirante o candidato a encabezar, dirigir y presidir el Gobierno de una nación, la que sea.

“El susodicho, un dictador de libro, había acabado de impartir una conferencia en el Aula Magna de la facultad de Filosofía y Letras de una Universidad pública, en cuyo encerado había escrito previamente sus ideas (en realidad, estas eran de Maquiavelo, con las que el ponente estaba de acuerdo o abundaba). Al finalizar la misma, se marchó del aula sin percatarse de que había dejado sin borrar cuanto había trenzado en la pizarra.

“Bueno, pues, a un universitario le dio por colocar debajo de cada idea maquiavélica un punto y, a renglón seguido, optó por numerarlos del 1 al 25. A otro colega, como el profesor tardaba en hacer acto de presencia en tan digno lugar, le brotó la tarea de unir los puntos con rayas. Un tercer universitario en el laberinto de líneas resultante vio el retrato de un tirano de derechas, de los varios existentes en el planeta azul, la Tierra; y un cuarto, que llegó rezagado, aún tuvo tiempo de columbrar, desde su asiento, en ese complejo dédalo de puntos y rayas el rostro indudable de un tirano de izquierdas.

“Jorge Burgos”.

Nota bene

Cabe interrogar a otros y hasta que este menda se pregunte a sí mismo: ¿Conoció dicho relato el semiólogo, profesor, literato y lingüista Umberto Eco? ¿Fue ese el motivo preciso por el que decidió llamar así, Jorge Burgos, al venerable (me enmiendo al momento, reprobable) fraile invidente de su novela “El nombre de la rosa” (1980)?

Dada la polarización actual existente en España, estoy completamente persuadido de que, aunque no existe el eterno retorno nietzscheano, en ese entramado de puntos y rayas es lógico y normal atisbar o avistar que se halle Samuel Morse, además de pintor, inventor, y, siguiendo el mismo procedimiento, cabe encontrar en ese laberinto de líneas que se cruzan y entrecruzan a otros dos tiranos distintos de los identificados anteriormente, sí, uno de derechas y otro de izquierdas.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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