ES ÓPTIMO TENER BUENA MEMORIA,
MAS LA DE FUNES PUEDE SER DIABÓLICA
Hoy, tras haber vuelto a confirmar cuanto sabía, pues, un día sí y otro también, lo vengo constatando, de manera evidente, machacona, notoria, que voy perdiendo memoria a pasos agigantados, que las lagunas están ahí, a la orden del día, que los agujeros o vacíos de retentiva no se pueden negar por ser su obviedad palmaria, patente (a menos que uno haya optado por engañarse), he adoptado una decisión inteligente, siempre que sea este menda coherente, consecuente y perseverante, y, por ende, la mantenga firme, en pie, durante algún tiempo, claro, ya que, conociéndome como me conozco, pasado mañana puede quedar la que hoy considero diligente y perspicaz determinación en agua de borrajas o cerrajas, sí, en nada, por la sencilla razón de que se me puede encender una bombilla en el cacumen que me empuje a aducir, verbigracia, que perder memoria es algo normal a mi edad (recién cumplidos los sesenta y tres años) y, tras llevar a cabo un párvulo sondeo entre mis quintos, haya sacado en claro lo que tal vez confiaba, deseaba y esperaba escuchar, al ratificarme los sonsacados cinco a los que he preguntado, que otro tanto les pasa a ellos, e incluso a otros más jóvenes que nosotros. ¿Que cuál ha sido esa decisión? Que voy a tener que echar mano de la mnemotecnia para intentar poner freno a la ostensible desmemoria que sufro, porque el deterioro advertido es manifiesto. Así que voy a tener que retrotraerme en el tiempo y volver a poner en práctica el método que utilicé otrora, sobre todo, en mi adolescencia, en concreto, durante los tres años académicos de la extinta Educación General Básica (EGB), que cursé en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), que me permitió favorecer el proceso de memorización por medio del uso de variopintos recursos y técnicas.
Y como servidor se reconoce agradecido a quienes antaño hicieron el esfuerzo de enseñarle cuanto sabían y de quienes, si no todo, algo meramente imposible, acaso el grueso lo asimiló, alumno, por tanto, entre otros, del proverbial fray Ejemplo, como homenaje y recuerdo a tan insigne guía y mentor, pondré uno. Ayer no rememoraba el nombre de Pigmalión, y la doble versión que de dicho personaje nos ha llegado: escultor que se enamoró de la estatua femenina, Galatea, que talló y, que, tras una intervención divina, un milagro, esta se hizo de carne y hueso; y hermano de Elisa/Dido, que, favoreció las nupcias de esta con Siqueo, y esa añagaza le permitió conocer el paradero de los variopintos tesoros que el último escondía, de los que se apoderó. Como suelo identificar la realidad con el cerdo, del que se aprovecha todo, y este se denomina en inglés pig, esa es la estratagema o treta que voy a seguir, cuando no recuerde el nombre del susodicho mito clásico.
De un tiempo a esta parte, parece que mi memoria ha devenido frágil, de cristal; tras tanto usarla, le ha pasado tres cuartos de lo propio que al cántaro que llevaba y traía mi madre, de niña, de la fuente, que, debido al trajín o trasiego, un día se le cayó al suelo y se rompió, haciéndose pedazos, añicos.
Así veo hoy mi memoria, como un puzle de cinco mil piezas que, tras estar enfrascado un buen rato con él, nunca consigo completar. Cuando tengo el nombre y apellidos del autor, me falta el título de la obra y/o la cita correspondiente, que me aprendí de memoria. Y viceversa; cuando rememoro la cita, no logro acordarme ni del autor ni de la obra donde la leí.
Es algo consabido que tendemos a valorar aquello que ya no tenemos a nuestro alcance, sean personas o útiles, y que eso nos puede frustrar. Lo que está claro, cristalino, es que, cuando lo teníamos, no le dábamos ni la importancia y el valor que ahora sí le concedemos.
Tener buena retentiva siempre ha sido un lujo, algo caro (quizá en las dos acepciones más usuales de dicho vocablo, querido y opuesto a barato). Pero tener la memoria del personaje literario Ireneo Funes, que salió del fecundo magín de Jorge Luis Borges, tal vez fuera un infierno. A mí me gustaría recordar con fidelidad, con abigarrados detalles, los días de vino y rosas que pasé otrora con X (no me refiero a la red social que ahora se llama de esa guisa, porque así lo ha decidido su nuevo dueño), durante los que fui inmensa e intensamente feliz. Pero qué error y qué horror sería volver a rememorar cuanto está bien como está, cubierto de polvo, olvidado. Así que se impone dictaminar que es óptimo tener buena memoria, mas la de Funes puede ser diabólica.
Hace años, alguien, seguramente adicto a la virtud o al vicio de la curiosidad, me preguntó cómo se llamaba la fémina que más dichoso me había hecho en esta vida hasta el momento. Y le contesté la verdad: Literatura. Aún confío en la posibilidad de recitar al oído de “una mujer hermosa, atractiva y lozana” estos tres versos inolvidables del poema “Si el hombre pudiera decir lo que ama”, de Luis Cernuda Bidón: “Tú justificas mi existencia: / Si no te conozco, no he vivido. / Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”.
Ángel Sáez García