NUNCA SALGAS DE CASA SIN SONRISA,
QUE UN RESPLANDOR DE LUZ ES EN LA CARA
Ayer, por la mañana, a eso de las diez y cuarto, me acerqué al convento de Algaso, porque deseaba hacerle una visita a fray Ejemplo, de quien me había llegado la rosa vieja, plagada de asiduas espinas, mala especie, de que andaba pachucho (“la alergia y/o la astenia primaveral, que sigue haciendo de las suyas, deshaciendo de las mías”, me adujo, en referencia a sus autodefensas, pues sentía que una de las dos o las dos, de manera mancomunada, se las quitaba/n, se las sustraía/n; “nada fuera de lo común ni de cuidado, pero molesto”, agregó; eso es lo que me contestó, cuando le pregunté al respecto). Si tuviera en cuenta qué sucedió en ocasiones precedentes, seguramente, algo de cuanto hablara con él me serviría para escribir por la tarde el habitual texto en prosa. Y volví a comprobar cuanto ya sabía, que la experiencia, además de un grado, es madre y maestra de ciencia y de conciencia, porque lo augurado por mí acabó siendo confirmado, ya que resultó o salió tal cual.
Esperé, como otras veces, junto al pozo, sentado en un banco del jardín del claustro a que llegara mi maestro y mentor. Y, cuando lo vi venir, me levanté para darnos el abrazo de rigor. Y comencé echando mano del humor, diciendo esta gracia:
—He venido como el rayo, nada más sentir el pinchazo de la espina, es decir, que la parca le había hecho un guiño asustadizo.
—La noticia la elaboró algún enemigo; seguramente, arde en deseos de ver cómo pasa mi ataúd y el cortejo fúnebre que lo acompañe por delante de su casa.
Luego me respondió lo que he dejado anotado arriba, entre los signos de apertura y cierre del paréntesis, a la pregunta pertinente y relevante, que se sobreentiende. Y seguí así:
—Reconozco, guía, Eusebio, que no tenía tema sobre el que discurrir o disertar esta tarde y me he dicho: a ver si puedo beber en la fuente habitual, cuyo chorro siempre está dispuesto a saciar mi sed.
—Me veo obligado a insistir en lo que te he recordado otras veces, que esos diálogos apócrifos que escribes me gustan. Demuestras tener tablas en lo concerniente a ese arte de batir, combinar y fundir, pues advierto que eres ducho a la hora de mezclar verdades con mentiras; me agradan esas trenzas que logras hacer. Los coloquios en los que aparezco yo, mero ente de ficción, o en los que sale, asimismo, tu amigo Emilio González, “Metomentodo”, otro personaje ficticio, no carecen de verosimilitud ni de quintaesencia o perla. Ahora lo único que te falta o necesitas es conseguir el hilo para juntar esas perlas y conformar un collar.
—Aprendí de usted que no conviene creerse, a pies juntillas, los encomios, ni hacer excesivo caso de las alabanzas, porque suelen ser escasamente educativas; son infinitamente más didácticas las críticas, siempre que estén bien fundamentadas. De ellas siempre se puede aprender y, por ende, mejorar. Las ficciones contienen muchas verdades, aunque algunas sean absurdas.
—¿Por ejemplo?
—Esa de la Virgen María, que quedó encinta sin haber sido desflorada.
—Entiendo que, racionalmente, el hecho, un milagro, sin duda, es difícil de creer.
—Una de dos, o tienes mucha fe o derrochas mucha guasa; y, aun con todo, siempre queda una estela o rastro de incredulidad, que no logras nunca barrer ni borrar del todo.
—La burla es una baza estupenda y fundamental para seguir peregrinando por este valle de lágrimas. Ayer, verbigracia, vi a Agustín, uno de los ujieres del juzgado que salía de la farmacia con una bolsa llena de medicamentos y, sin formularle una cuestión sobre el caso, me dijo: “Ya ve, fray Ejemplo, de por droga”.
—El otro día vi, mientras deambulaba por el Paseo de Primavera, cómo una reportera de televisión había parado a un viandante y le intentaba convencer, para que contestara a una serie de preguntas. Del hecho se percató también alguien que conocía a quien iba a ser entrevistado, que era tan calvo como él, que le dijo a quien se disponía a contestar a la primera pregunta: “Péinate antes un poco, Gastón, que saldrás más guapo”.
—Hace una semana, Javier García salía de una tienda de comestibles, de las pocas que quedan en Algaso, con una docena de huevos en su diestra, y se dio de bruces en la calle con José Miguel Enériz, que lo dobla en altura y en envergadura (por cierto, qué palabra más cacofónica, ¿no te parece?), y le soltó: “Ahora tengo más huevos que tú”.
—Como Javier gasta bigote, este le propuso al mismo amigo, que aquel día llevaba mascarilla, que le llamara si había que hacerle la práctica del boca a boca, y José Miguel, zumbón, le respondió: “No; que me pincharás con tu mostacho”.
—Dio en el blanco o en el centro de la diana quien dijo y anotó esto en su libreta: Jornada sin reír día es perdido.
—“El buen humor es el mejor traje que puede lucirse en sociedad”, dijo William Makepeace Tackeray.
—También dejó escrito que “una sonrisa es un rayo de luz en la cara”.
Ángel Sáez García