DE QUIEN ALGÚN BIEN ME HIZO NO ME OLVIDO
AUNQUE HACE CUARENTA AÑOS QUE NO VEO
Airea el dicho castellano que “donde menos se piensa salta la liebre”, esto es, ocurre lo imprevisto, la inesperada sorpresa y, de la admiración que produce ese suceso inopinado, acaso brote o nazca una idea. Así que el refrán tiene una evidente razón de ser. Servidor estaba leyendo la noticia que firma Javier Martín-Arroyo, en la página 36 del diario EL PAÍS del pasado sábado 10 de marzo de 2025, que lleva título largo, “Redescubren en Sevilla la planta ‘Nomevés’, una joya botánica ibérica”, cuando lo escrito en el arranque de este párrafo aconteció y se encendió una bombilla en su cacumen, es decir, cazó al vuelo o pescó sin anzuelo una Costanza.
Por una extraña asociación de ideas, mientras leía ‘Nomevés’ y ‘Nomeolvides’, he rememorado la carta que Lucía Sánchez Agrela, de Granada, estudiante del último curso de Medicina había remitido a Pepa Bueno, la directora de EL PAÍS, hoy, viernes 23 de los corrientes, cuando redacto estas líneas, en la que reconocía, entre otras carencias, que aún no había visto, durante la carrera, un cadáver, solo en fotos. Y me he dicho a mí mismo que eso no podía ser verdad. Si lo era, la facultad donde ella ha estudiado dicha especialidad científica no merecía llamarse así, porque no ha facultado que ella aprendiera en condiciones, al menos, anatomía. Yo solo estudié primer curso de Medicina y, en nuestra mesa, mis cuatro compañeras y yo pudimos disponer del cadáver de un varón todo el año y, excepcionalmente, de los de hasta dos de féminas, anciana y bebé, más.
Este menda se matriculó en 1982 en la facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza y, salvo dos lunes, que, por haber padecido los domingos precedentes, sendos cólicos nefríticos, no pude asistir a las clases de anatomía (evidentemente, pedí, llevé y presenté al responsable los justificantes firmados por el nefrólogo que me atendió en el servicio de Urgencias, el doctor Delpón), que, de lunes a miércoles, a las ocho de la mañana, si no recuerdo mal, nos impartían en la sala de disección los “penenes”, profesores no numerarios, del catedrático José Escolar. Empezamos estudiando el retrosoma, la espalda, y luego pasamos a las extremidades superiores e inferiores y, más tarde, al presoma. Dejamos la cabeza para el segundo curso, que el abajo firmante, por ir a remolque, por carecer de argumentos y cimientos sólidos para seguir, por no tener la preparación pertinente, al haber estudiado el BUP y el COU por letras, decidió lo correcto y oportuno, matricularse al año siguiente en la facultad de Filosofía y Letras.
Hace más de cuatro décadas que no veo al catedrático de Anatomía citado (que se llevaba mal, peor, pésimamente, según se rumoreaba entonces, con el otro de la especialidad, Jiménez, por incompatibilidad de caracteres y/o lucha de egos, gajes del oficio, mala prensa o ganas de malmeter del personal, nihil novum sub sole, nada nuevo bajo el sol, me temo), que, por supuesto, ya habrá fallecido, pero no lo ha hecho aún para mí, que lo recordaré mientras viva o el alzhéimer no logre darme el zarpazo definitivo, fatal. De vez en cuando, hojeo el doble volumen de Anatomía que firmó. Pintaba en la pizarra del aula tan bien como lo hacía su hija (asistí dos días a sus clases para confirmarlo), que, evidentemente, había tenido un excelente maestro en dicho menester, su progenitor.
Insisto; ha sido leer ‘Nomevés’ y ‘Nomeolvides’, linaje al que pertenece la planta anterior, y recordar, al instante, a las tres inolvidables e inmejorables compañeras (dos eran originarias de Zaragoza y vivían en la capital, y la otra ¿de Inca, Baleares?) que tuve en el primer curso de Medicina, que me echaron más de una mano, al cederme o dejarme generosamente sus apuntes para complementar o completar los míos, a los que siempre les faltaba algún dato importante. No me he olvidado de aquello que le servía a una de ellas y me ayudó a mí para reparar en alguna excepción a lo usual o normal, los ojos y la nariz que semejaban las oes y la jota de aquel ¡ojo!, entre los signos de apertura y cierre de la admiración, con los globos oculares sombreados. Pero lo mío no tenía arreglo o solución. Mis conocimientos de las materias de ciencias eran tan escasos que brillaban por su ausencia. Y, al año siguiente, opté por lo acertado, volver al redil de la Filosofía y las Letras.
Nota bene
En esta vida no todos valemos para todo. Aunque haya excepciones a dicha regla, verbigracia, el caso de Pedro Arrupe, quien fue prepósito general de la Compañía de Jesús desde 1965 a 1983. Arrupe fue alumno de Juan Negrín, quien luego fue presidente del Gobierno de España, y recuerdo que Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina en 1959 (que compartió con el estadounidense Arthur Kornberg), afirmó que su condiscípulo Pedro Arrupe le birló un año el premio extraordinario.
Ángel Sáez García