El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Más excitante que el sexo es el odio?

¿MÁS EXCITANTE QUE EL SEXO ES EL ODIO?

EN UNOS CASOS SÍ Y EN OTROS NO

Aunque, desde que el mundo es inmundo, el sexo no ha dejado nunca de ser un estupendo subterfugio para atraer o concitar la atención de los espectadores de cualesquiera auditorios, en las peculiares escalas de preferencia que he colegido o deducido, tras estudiar a quienes han sido mis informantes, y en la personal de prelación, que he elaborado recientemente, a partir de los resultados que ha arrojado una encuesta que he realizado entre los susodichos, deudos, conocidos y amigos, en su inmensa mayoría, de escaso valor científico por la párvula muestra, ha habido un cambio evidente, porque el sexo, insisto, ya no lidera esa clasificación ni ostenta el primer lugar de la misma. Ahora ese puesto lo ocupa, una vez tabulados todos los datos, el odio. Y, según quienes tienen redes sociales, el grueso de cuantas/os he pulsado su opinión al respecto, basta con asomarse un rato a ellas para constatar, de manera fehaciente, que ese aserto es verdad inobjetable, irrebatible. El odio, además de adictivo, es contagioso, y excita todavía más que el más asquerosamente rico o sucio (aquí esos dos adjetivos son sinónimos) de los sexos, que aseguran, y yo me tengo que creer a pies juntillas cuanto aseveran las/os que todavía lo practican, aunque este menda hace casi cinco lustros que no lo cata, sigue siendo el mejor.

Si barruntamos que una buena mierda puede ser el mejor abono del mercado (esa lección la asimilé y extraje viendo y oyendo la película “El abuelo”, papel principal que bordó Fernando Fernán Gómez, y fue dirigida magistralmente por José Luis Garci), quizá las heces compactas o el zurullo en bloque del enemigo nos sirvan para cultivar nuestra verde personalidad. Agitar con el hurgón el fuego de la ira, vaya acompañada del removimiento también de las ascuas de la venganza o no, contra el adversario u oponente declarado da firmeza a nuestro carácter y vigor a nuestro temperamento. Hay quien sigue la lógica, ayuna de ética y estética, del odio, y consigue dividir (o polarizar: allí, ellos; aquí, nosotros) y vencer (unas veces, perder otras). Qué manera más estúpida de malgastar la inteligencia y el tiempo, siempre que haya arribado a nosotros, a través de nuestros ojos y/u oídos, no a nuestra ojeriza u odios, ese proverbio sueco que airea esta certeza: una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena.

Y es que no puedo olvidar aquella perla, con forma de píldora, que nos brindó y adujo un día en clase fray Ejemplo, durante el último año de nuestra feliz estancia en el seminario menor de Algaso: “Decidme, por favor, si lo habéis entendido, y si lo veis claro, cristalino, o no lo veis. El bate es una herramienta imprescindible para jugar al béisbol, pero un pésimo útil para el debate de ideas, aunque sea crucial para el combate de odios”.

A veces, cuando pronuncio el pronombre personal de primera persona plural, nosotros, suelo ver en él a don Miguel de Unamuno y Jugo y, a su lado, al abajo firmante, ávido lector suyo, Otramotro, una pareja impar, como la de don Quijote y Sancho Panza; pero, si abrimos ambos bien nuestros brazos, como nada de lo humano nos fue, es ni será ajeno, como vino a decir Publio Terencio Africano, por boca de Cremes, personaje literario de su obra “Heautontimorumenos” (o “El hombre que se castiga a sí mismo”), abarcamos tanto que nos caben, dentro del omnímodo espacio que conseguimos generar, todos nuestros congéneres, los habidos, los que hay y los que habrá. Así que todos, sin excepción, podemos aprender de los errores cometidos si ponemos interés y voluntad en no volver a incurrir en ellos más. Y todos, asimismo, podemos salir airosos, indemnes e inmaculados, aun después de haber pisado varios charcos, que luego detestaremos tanto, del odio.

Conviene usar las palabras con conocimiento, como cemento para levantar cimientos, edificar puentes, verbigracia, no como puyas, las puntas de las varas de los picadores que, según los taurófilos, sirven para probar la nobleza de los toros y, según los taurófobos, para herir sus lomos y que sangren.

  Nota bene

Me apuesto doble contra sencillo a que quien acostumbra a abominar de mis textos sigue azuzando su odio contra ellos y mi persona, y quien disfruta leyéndome a diario advierte mi mensaje de concordia, perdón y piedad.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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