ADEMÁS DE CORRECTO Y OPORTUNO,
ES REVOLUCIONARIO ARREPENTIRSE
Atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de los renglones torcidos que siguen, me dispongo a contarle un hecho cierto del que tuve conocimiento exacto y extenso in illo tempore, allá por mayo de 1977, durante mi último curso, el Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor navarretano.
Empujado por quienes habían conseguido hacerse, por los medios que fueran, como no los supo otrora, no los sabe ahora (no preguntó cómo se hicieron las cosas para no tener que revelarlas, en el supuesto de que fuera preguntado por ellas al respecto), con numerosas preguntas de los exámenes del Graduado Escolar, un colega mío allí se vio implicado e incitado a fungir de espía y jugarse el pellejo; y entró en el cuarto que usaba el profesor de matemáticas y ciencias (física y química), Juan Antonio, en el ala noble y sensible del colegio; y logró apuntar dos cuestiones de no sabe hoy qué materia (ha olvidado varios aspectos secundarios, pero no los precipuos o principales). Le pilló infraganti, con las manos en la masa, bueno, en realidad, apuntando las dos preguntas en un folio encima de la mesa, uno de nuestros educadores, el religioso camilo Juan María López. Eso ocurrió durante el tiempo que dedicábamos, tras asearnos y hacer la cama, a culminar los oficios asignados (de limpieza, sobre todo), antes de desayunar y, por ende, de iniciar las clases lectivas del día.
Durante el desayuno, nos adujo a los compañeros con los que tenía más confianza qué plan había trazado y decidido poner en práctica, y así lo ejecutó. Esperó en la puerta de entrada principal del colegio a que llegara don Juan Antonio, que era el cura de Sotés, a quien llamábamos “el Matraco”, aunque no era maño o baturro, y le relató cuanto había acaecido. No olvidó pedirle perdón por la trastada, arrepintiéndose, de veras (fingió el papel a la perfección, pues no descubrió el pastel, es decir, el complot o chanchullo que estaba en marcha). Le dijo que aceptaría que le hiciera exámenes aparte, como así sucedió. Siguió poniéndole la nota habitual el citado profesor, sobresaliente.
¿Por qué lo hizo? ¿Por qué dedujo que lo correcto y oportuno era contar la verdad? Porque en él había calado o hecho mella la cita bíblica del versículo 32 del capítulo 8 del Evangelio de Juan, donde se lee que “la verdad os hará libres”, porque os habrá librado de la prisión del pecado. Y, además, porque es revolucionario. ¡Estamos tan habituados a que todo quisque mienta como un bellaco o bribón! Basta con escuchar en la tele a los imputados por esto, eso y aquello, que mienten más que hablan, para extraer esta provechosa conclusión. Si les creciera a los mendaces la nariz, como eso le ocurría a Pinocho, según la novela infantil “Las aventuras de Pinocho”, de Carlo Collodi, seudónimo literario de Carlo Lorenzini, alguno no podría salir de su casa, porque se tropezaría por donde fuera con todo.
Nota bene
Aunque estoy por apostarme doble contra sencillo a que el lector habitual de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro habrá sacado el jugo o zumo a toda la verdad que contiene la mentira vertida en el texto, sin necesidad de leer este ulterior apunte, lo coloco aquí para los esporádicos. Del caso en cuestión sé hasta algunos pormenores porque ese sujeto, ese “colega mío allí”, le ruego que ponga cara de haberse sorprendido, para ser creíble, por mi anuncio, pásmese, sí, fui yo.
Mientras le contaba la verdad a Juan Antonio, Juan María López observaba la escena desde una de las ventanas de una clase del ala recién remozada del colegio y no salía de su asombro. ¿Por qué? Seguramente, desconocía lo que yo sabía, que decir la verdad, amén de hacerte libre, desarma al oponente, lo deja sin argumentos para formular la reprimenda que había pensado echarte.
Ángel Sáez García