El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Dialogan entre sí también los libros

DIALOGAN ENTRE SÍ TAMBIÉN LOS LIBROS

Aunque entre los miembros o representantes de la especie humana haya anacoretas o ermitaños, de vida apartada, retirada, solitaria, el ser humano es, por naturaleza (si tenemos dos oídos y una sola mui, acaso esa doble circunstancia nos quiera decir que debemos escuchar el doble de lo que hablamos; a servidor no se le olvida ese adagio que ideó Diógenes Laercio y dice así: “Callando, se aprende a escuchar; escuchando, se aprende a hablar; y, hablando, se aprende a callar”, o sea, la pescadilla que se muerde la cola, o la lengua, para que no vuelva la pesadilla), un ser gregario, social.

Uno, por ejemplo, siendo un adolescente, coligió o dedujo lo público y notorio, que, mientras conocía a los demás, se iba conociendo a sí mismo, y lo propio ocurría también a la inversa, que, conforme se conocía a sí mismo, iba conociendo a los demás. Así que lo lógico y normal es que, entre personas, nos hablemos, dialoguemos, debatamos sobre esto, eso o aquello, libros, verbigracia. Bueno, pues, he llegado a la conclusión de que los seres humanos no somos los únicos entes que charlamos entre nosotros, sino que nuestras creaciones, los libros, por ejemplo, también lo hacen entre ellos, como solía decir el chavo del Ocho/8, “sin querer queriendo”, tal vez. A esta tesis llegué recientemente (aunque puede que hubiera arribado a ella antes; si eso había sucedido, lo había olvidado, pues no constaba entre mis haberes, ya que, aunque dispongo, gasto y gestiono una estupenda memoria, no todo lo que me ha acaecido lo recuerdo ni con la misma facilidad o fidelidad). A dicha teoría llegué el otro día leyendo la crónica que escribió María Porcel, y envió desde Los Ángeles, y que el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos pudo leer, como así lo hizo servidor, el pasado domingo 4 de enero de 2026 en la página 59 del diario EL PAÍS, bajo el rótulo formado por estas palabras, escritas en negrita, dichas por la actriz Kate Hudson: “Si tu propósito es crear, no importa lo que digan fuera”.

La clave de mi tesis está, estriba o radica, en concreto, en estas dicciones de la susodicha periodista: “Él (se refiere a Criag Brewer, el guionista y director del filme que Hugh Jackman y Kate Hudson protagonizan, “Song Sung Blue: Canción para dos”) fue quien vio un documental, en el festival de Sundance, sobre un matrimonio que formó el dúo llamado Lightning&Thunder (rayo y trueno), y se obsesionó con ello. Ya desde antes de escribir el guion de esa historia había metido en el ajo a Jackman y, ya con su Mike, ambos buscaron una Claire”.

Y es que el hilo de oro, que sirve para enhebrar la aguja selecta con la que pespuntar párrafos de clásica y excelsa literatura, se halla donde menos te lo esperas (leyendo una crónica sobre una “dramedia” musical, verbigracia) y te ayuda a encontrar concomitancias o establecer paralelismos insospechados.

En el caso que nos ocupa, la llave maestra ha sido el dúo rayo y trueno (en inglés), que me ha llevado a rememorar una novela que acarrearé conmigo mientras viva, siempre que el alzhéimer no me haya dado el zarpazo definitivo, “El Lazarillo de Tormes”, de autor anónimo (aunque la atribución a Juan de Valdés me parece pertinente). El segundo párrafo del Tratado Segundo es clarificador: “Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más, sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía”. ¡Menuda etopeya halagüeña pintó Lázaro del clérigo de Maqueda!

El Tratado Séptimo de la celebérrima obra anónima lo inicia este parágrafo: “Despedido del capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil; mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso. Mayormente que una noche nos corrieron a mí y a mi amo a pedradas y a palos unos retraídos. Y a mi amo, que esperó, trataron mal; mas a mí no me alcanzaron. Con esto renegué del trato”.

Bueno, pues, las entrecomilladas palabras que escogió el autor anónimo me han empujado a recordar la diferencia que estableció el psicoanalista Wilhelm Stekel, que el señor Antolini le escribió a Holden Caulfield en un papel para que este lo leyera, en la novela “El guardián entre el centeno”, de Jerome David Salinger, en el antepenúltimo capítulo, el 24, de dicha obra: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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