El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Favoreció un duplicado otros tantos?

¿FAVORECIÓ UN DUPLICADO OTROS TANTOS?

EL CACUMEN HUMANO ES CAPRICHOSO

PUEDE SER EL TALENTO RAUDO O LENTO

“—Señor —le dije—, yo determiné de arrimarme a los buenos”.

Se lee al final del anónimo “Lazarillo de Tormes”.

Es evidente que el cacumen humano es caprichoso. A veces, nuestro caletre consciente no es capaz, por sí solo, de hallar la solución a un problema (de matemáticas u otra distinta materia o naturaleza), pero, ¡eureka!, puede que, de modo inesperado, durante las horas de sueño, el inconsciente le eche una mano y, gracias a su imprescindible ayuda, logre encontrar la respuesta que tanto se le resistía. Eso a mí me pasó en el seminario menor de Algaso y, tal vez, por tratarse de algo fuera de lo común o habitual, lo recuerdo con fidelidad.

Me metí en el sobre, en la cama, y a mi compañero de litera, que ocupaba la de arriba, antes de que se apagaran las luces del dormitorio común, terminase de sonar el disco y le deseara las buenas noches de rigor, le dije que trataría de dar algunas vueltas más al problema que nos había planteado y propuesto resolver el profesor de mates, mientras intentaba conciliar el sueño. Por la mañana, nada más despertarme los sones de otro disco, le comenté a Lucio, mi mejor amigo allí, que tenía como primer apellido el nombre de una fronteriza ciudad francesa, Hendaya, que, en medio de un episodio onírico, había solucionado el enigma, pero no me creyó. Insistí en demostrárselo mientras desayunábamos, pero no me dejó, aduciéndome que era insoluble.

El profe de matemáticas nos preguntó a las nueve de la mañana, al inicio de la primera clase de ese día, si alguno de los presentes había encontrado la solución al problema y yo fui el único de una clase de veinte alumnos que levantó la mano. El docente me hizo salir a la pizarra y allí, con la ayuda de un trozo de tiza blanca y el encerado, planteé el problema y di oportuna solución al misterioso acertijo. No solo percibí el rostro del profesor pasmado, sino que las caras de mis condiscípulos eran un poema, estaban petrificados, estupefactos, cuando me volví, tras hacer todas las operaciones y concluir la tarea. En esa evaluación el docente, como nos había prometido la víspera que haría con el que resolviera el arcano, me puso un diez. Evidentemente, hoy no recuerdo cuál fue la incógnita, pero sí el camino que seguí para resolverla. Mi inconsciente, mediante la añagaza de un episodio onírico, me prestó la ayuda necesaria para hallar la ansiada solución.

En esa oportunidad, la de la anécdota de marras, narrada arriba, el talento actuó de manera rápida, como una centella o exhalación. Ahora bien, en otras ocasiones el talento de esa misma persona, este menda, puede que fuera más lento. Y, si, en el primer caso, he seguido la recomendación de mi querido y recordado fray Ejemplo, en el segundo, el que sigue, echaré mano del mismo procedimiento.

Durante varios meses de la primavera y el verano del año 1977, me formulé varias veces las mismas y reiteradas preguntas: ¿Cómo se las había ingeniado José Francisco, “Pepepaco”, Rojo para entrar en las habitaciones de nuestros educadores y/o profesores para hacerse con los exámenes del Graduado Escolar? Y/o, en su defecto, ¿nuestro tutor tenía en su cuarto una copia de todos ellos? Cuando tuve conocimiento del hecho y los exámenes bajo mis folios blancos, a buen recaudo, no pregunté; no quise saber, pero luego, picado por la curiosidad, intrigado, sí. Y, como no había interrogado a propósito, empecé a especular, a extravagar (vocablo y verbo que no ha sido admitido aún en el Diccionario de la lengua española, pero que acaso hubiera preferido usar don Miguel de Unamuno, si hubiera estado en mi pellejo).

Hoy, por fin, habiendo transcurrido la friolera de casi medio siglo, ha acaecido algo extraordinario, una mera variante de cuanto ocurrió otrora, hace cincuenta años, en que di solución al problema referido arriba. Aventuro mi teoría. He intuido que he hallado, por ciencia infusa, la respuesta que, durante tres o cuatro meses, no encontré otrora, a pesar de haberla buscado a conciencia y con ahínco.

Estoy convencido de que mi sexto sentido no me engaña (aunque, siguiendo la recomendación de Albert Camus, lleva la duda detrás, cual guardaespaldas) y, por ende, de que Rojo se hizo con una llave maestra (que abría todas las puertas) antes de las vacaciones de Navidad del año anterior, el 76, y, durante las mismas, en su pueblo, hizo una copia de la tal, que fue la que le permitió franquear todas las puertas de la zona noble del colegio de Algaso y, como corolario, hacer las correspondientes copias. Favoreció un duplicado otros tantos.

¿Qué hacía “Pepepaco”, poco dado a los deportes, durante los recreos, mientras nosotros nos dedicábamos a dar patadas a un balón en el campo de fútbol o pelotazos con una pala en el frontón?

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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