El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Un cartel recomienda: «No anden cerca…»

UN CARTEL RECOMIENDA: “NO ANDEN CERCA

DEL ANDÉN, PORQUE CORREN MUCHO RIESGO”

Está claro, cristalino, que los profesores que tuvimos en el bachillerato (desde que escuché o leí la noticia, no he olvidado qué dejó escrito en letras de molde y antes, seguramente, había proferido en diversas ocasiones Max Aub, que uno no es de donde nació, ni de donde pasó su infancia, sino de donde cursó el bachillerato; el susodicho autor lo estudió en el Instituto Luis Vives, de Valencia) nos influyeron (para bien, si el docente fue fray Ejemplo; o para mal, si fue fray Gerundio, verbigracia, el famoso predicador, personaje ficticio que se sacó de su magín el escritor crítico y satírico José Francisco de la Isla de la Torre y Rojo, el Padre Isla, cuyo alias, Zotes, era también su apellido, que “aún no sabía leer, ni escribir, y ya sabía predicar”) tanto que eso propició que una asignatura nos entusiasmara o flipase y otra la odiáramos o detestásemos.

Recuerdo que, cuando impartí el segundo curso de Creación Literaria, les propuse un jueves a mis aletargados alumnos (a los que desperté y, en mutua correspondencia, ellos espabilaron a este menda, su adormilado instructor; pues, si el proceso de enseñanza-aprendizaje es interactivo, el enriquecimiento suele ser recíproco) que aprovecharan el fin de semana para escribir sobre un docente (ella, él o no binario) que les marcó positiva o negativamente. De todos los trabajos que leímos en voz alta (la benéfica exigencia tenía como fin perder el miedo escénico), no he olvidado que uno me llamó sobremanera la atención, el que redactó Mayte. Y le pedí que me lo dejara para hacer una fotocopia. Entonces, puede creerme el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, de veras, no pensé que podría serme útil algún día en el futuro y llegara a formar parte de una de mis urdiduras o “urdiblandas”, por ejemplo, la presente.

En el grupo de cinco colegas o amigas que habían formado Mayte y sus condiscípulas en el bachillerato, que estudiaron en el Instituto “Juan de Mairena”, a ella le tocó, tras impecable sorteo entre las componentes del quinteto, decirle a su profesora de Literatura que sus clases eran aburridas, un tedio insoportable, un tostón mayúsculo; y que a ella, Mayte, le constaba, por comentarios oídos a otros discentes de otros cursos, que la asignatura susodicha podía ser un bombón helado y/o relleno, pero que ella, la educadora, convertía esas horas lectivas en un erial soporífero, en un erebo, sin aliciente, sin chispa, sin nervio, sin ninguna motivación, planas, secas.

A Mayte no se le escapaba que, cada vez que volvían a juntarse, tras haber pasado un lustro o una década de la última convocatoria, a fin de rememorar viejos tiempos, una recordaba vagamente la anécdota de marras, que ella no olvidaba, ya que se le quedó grabada a fuego en su cacumen.

Esto es lo que escribió Mayte en el texto que nos leyó aquella tarde:

“Puede que haya cambiado alguna palabra, pero, como lo leí varias veces, durante el fin de semana, en casa en voz alta, para no trabarme, recuerdo el discurso casi de memoria:

“‘—Sofía, yo solo soy la portavoz; así que no la tomes conmigo, ¿vale? Lo que te voy a decir lo hemos consensuado entre todos. Mira a ver si, por favor, cambias tú y tu manera de dar las clases, porque nos consta, por lo que hemos sacado en claro de las conversaciones que hemos mantenido con otros estudiantes, que la asignatura de Literatura es una gozada, pero en las tuyas tus alumnos tenemos la sensación generalizada de que es una lata, tabarra o tostón, un rollo macabeo o patatero’.

“Dos o tres años después, cuando ya éramos universitarias, durante el verano, la víspera del chupinazo pamplonés, Sofía murió en extrañas circunstancias en la estación ferroviaria de Algaso. Luego, tras las concienzudas investigaciones policiales ordenadas por un juez, se supo que había sido una muerte voluntaria, o sea, que Sofía se había arrojado a las vías del tren motu proprio. Dejó una nota, la misma, enviada a dos destinatarios, un notario y un sacerdote de la localidad norteña, donde explicaba sus motivos y exculpaba a quien estuviera cerca de ella en los momentos previos a que sucediera lo que tantas veces había preparado, su buscado y fatal desenlace. Ahora bien, no trascendió todo su contenido a la opinión pública.

“Ninguna de mis amigas entendió mi proceder. En lugar de pasar el finde con ellas, en Pamplona, celebrando haber aprobado todas las asignaturas con sendos notables y disfrutando a tope el jolgorio sanferminero, que tanto me agradaba y aún gusta, preferí quedarme en Algaso, acudir al funeral de Sofía, que tuvo lugar en la Colegiata de San Miguel (y demás arcángeles), y guardar luto y silencio.

“Muchas veces me he sentido culpable, corresponsable de aquella muerte prematura. Sé que no tuve que ver nada con el hecho luctuoso, pero aún sueño, de vez en cuando, una terrible y repetitiva pesadilla, que yo soy quien me coloco detrás de Sofía y la empujo para que caiga a las vías del tren.

Mayte Santamaría Puertollano”.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído