QUIEN BURLA LA OCASIÓN EVITA EL RIESGO
No sé qué pensará al respecto el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, pero a este menda le consta, de manera fehaciente, que hubo frases, que se las escuchamos decir por primera vez a nuestros progenitores, cuando nosotros éramos unos críos, y se grabaron a fuego en nuestros intelectos y hasta lograron instalarse confortable o plácidamente en los tuétanos de nuestros huesos, porque todavía hoy, más de medio siglo después, viajan con nosotros, esto es, aún las acarreamos o porteamos.
Por ejemplo, mi padre, Eusebio, solía tener en la punta de la lengua, a punto de proferir, estas dos: alguien, fuera quien fuera, “no valía para echar tabas a un corro”; era una crítica feroz, atroz, pues quería significar que el sujeto mencionado por él era un incapaz total, porque no sabía hacer la o ni siquiera con la ayuda de un canuto; y “quien elude la ocasión evita el peligro” (que es la que he escogido para que encabezara estas líneas con una mera variante de ella, dada mi fijación, manía u obsesión —tema, para Joan Manuel Serrat, en su inolvidable canción “Cada loco con su tema”— de titular mis urdiduras o “urdiblandas” con un endecasílabo perfecto), que quería dar a entender que, si hacíamos todo lo posible para que un lance (siempre que este fuera negativo, claro, porque, si era positivo, no había de qué preocuparse), acaso el tal no sucediera, no tuviera lugar.
Reconozco haber tenido una adicción al menos; a la nicotina, al tabaco; o sea, que he cometido la necedad de fumar, durante muchos años de mi vida, un paquete de cigarrillos al día. En septiembre de 2026 llevaré veinticinco años sin fumar.
Me apostaría doble contra sencillo (por estar seguro de ello) que dos terceras partes de mi personaje literario fray Ejemplo, mi padre y el religioso camilo Jesús Arteaga Romero, fueron también fumadores empedernidos (el primero de Ducados; el segundo de Celtas sin boquilla; y dar el dato no es hacer publicidad; eso se colegirá, si se sigue leyendo). Y admitirlo me lleva a rememorar cuánta verdad apodíctica porta esa frase que, seguramente, dijo muchas veces, antes de dejarla escrita, Aristóteles: “En el cerebro del más sabio hay un rincón para la insensatez”.
Como yo no había fumado nunca un canuto de chocolate, costo o hachís, en cierta oportunidad, estando con un grupo de colegas dentro de la extinta discoteca Cocorico (onomatopeya del canto del gallo, o sea, quiquiriquí, en francés), mi amigo Javier Arnedo, alias “el Cuba”, se brindó a que me estrenara en dicho hábito, y me hizo, ex profeso, un porro exclusivo. Tras darle la tercera calada, me mareé y tuve que salir, como alma que lleva el diablo, al exterior de dicho local de baile y copas, porque me había provocado bascas, náuseas, irrefrenables ganas de vomitar; lo hice junto a una señal de tráfico. Confío, deseo y espero que no indicara dicha señal que allí no se podía potar, porque estaba prohibido, ya que no me pude aguantar. Y, como no hay mal que por bien no venga, no me he gastado nunca un duro/euro en quif. Jamás he vuelto a fumar un porro. Es más, su olor me sigue mareando.
Ahora soy adicto al chocolate, pero a otro, pues este es de otra naturaleza, ya que no es fumable, sino comestible, aunque, en sentido estricto (hablo de mi caso concreto, específico), a mí lo que me gusta es chuparlo. Y ahora entiendo (como también lo hice otrora) por qué repiten tantos congéneres míos la misma cantilena o cantinela, que el chocolate es un buen sustituto o sucedáneo del sexo, porque, como hace cinco lustros que no conozco fémina, que no me como un potorro o lamo una almeja (supongo que aún se dice así), ahora me chifa o flipa dar vueltas, o sea, lametear, de vez en cuando, unas cuantas pastillas del que está hecho con leche.
Nota bene
Cuando me encuentro con “el Cuba”, siempre le pregunto por su madre. Sin aducírselo con palabras, le arguyo: “Viva la madre que te parió” (que es, por cierto, un chocolate exquisito), por hacer que detestara el hachís.
Ángel Sáez García