TODO HOMBRE ES, EN POTENCIA, UN ASESINO
INCLUSO EL MÁS PACÍFICO DE TODOS
Como al lector avezado (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro le consta, noche tras noche, durante la madrugada, este menda suele salir al baño a hacer un pis. Cubierto el expediente, vaciada la vejiga, de vuelta a la habitación, acostado decúbito supino en la cama, aprovecha el tiempo que necesita para conciliar de nuevo el sueño, ese ínterin o paréntesis, en cazar al vuelo o pescar sin anzuelo una idea sobre la que discurrir o disertar por la tarde, después de comer, en casa.
El ciudadano que está atento a lo que acontece a su alrededor, la realidad pura y dura, en el supuesto de que sea creativo, tiene mucho ganado o lleva ventaja sobre el que no, ya que el primero puede hallar ahí material suficiente para escribir y llenar una página y otra en blanco, sin apenas esfuerzo. Y como uno tuvo por maestro a fray Ejemplo, y este, en el supuesto de que fueran las yemas de sus dedos las que pulsaran ahora las teclas de este teclado de ordenador, en lugar de las mías, nos pondría un ejemplo que cuadrara perfectamente con el caso y, además, fuera clarificador, me avengo a hacer dicha labor yo. Que consiga mi propósito o no, eso ya será harina de otro costal, y sobre ese particular concreto tendrá que dar su parecer el atento y desocupado lector.
Esta madrugada, desde que me he levantado del catre y he ido al baño, en esos escasos seis metros, cuatro o cinco segundos como mucho, me ha dado por pensar que era Joaquín Montenegro, el protagonista de la novela “Abel Sánchez” (1917), de Miguel de Unamuno. Tras hacer lo urgente, efectuar la micción, me he fijado que había en la bañera rosa (que sí, que es de ese color; y, estando llena de agua caliente y el abajo firmante dentro de ella, me relajo tanto como en Rosales, en cualesquiera de sus lares o lugares, pero, oliendo los fragantes, los de mi vecina Lourdes, con más facilidad y razón), recorriéndola, una araña. Y a mí, no sabría explicar el porqué, mitad por miedo, mitad por asco, aunque no me ha amenazado, me han brotado unas ganas irreprimibles de acabar con ella, de matarla, lo que he terminado haciendo. He cogido un trozo de papel higiénico, lo he doblado tres veces y he intentado aplastarla sosteniendo dicho escudo mínimo con los dedos índice, corazón y anular de mi diestra, pero el primer intento ha sido fallido; eso le ha puesto al arácnido de mal humor y a mí me ha parecido que le ha hecho tomar más fuerza y vigor, pero, a la segunda intentona, he sido resolutivo y la he espachurrado.
La araña era inofensiva, no era letal; no era una viuda negra, pero, aun así, el animal irracional que también acarreo conmigo, que está casi siempre agazapado, esta vez ha salido a relucir, nada más verla, y me he visto empujado o impelido a exterminarla, como si fuera otro matón de barrio, que ha devenido de orbe, o sea, Donald Trump, a quien no me canso de afear, censurar o criticar, por ser un incoherente total. Si la coherencia se puede definir como el acomodo total o ajuste completo entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, el actual presidente de los EE UU, por su facundia, es el mayor incongruente del mundo, pues dice y se desdice en apenas unas horas y se queda tan campante.
A veces no nos damos cuenta de que Dios, en el caso de que exista, juega con nosotros como nosotros hacemos con las arañas, en el supuesto de que mis congéneres actúen como he hecho esta madrugada yo con el arácnido de marras.
Nota bene
La mecánica cuántica es una panacea, una mano de santo y hasta una bendición, porque nos permite aclarar muchas contradicciones humanas. Hay quien se cree rico y pobre al mismo tiempo, y esa paradoja andante, que es, verbigracia, servidor, un versado en física cuántica te la logra esclarecer o explicar en un santiamén. A mí, por ejemplo, me convenció con este argumento. A toda persona que se tenga por artista le conviene aprender cuanto antes que el camino de la creación que ha elegido, a pesar de sus innumerables e ímprobos esfuerzos, a pesar de su riqueza de ideas, puede depararle, además de morir pobre, el mayor de los ninguneos, el anonimato involuntario.
Si, además de lector, eres autor, debes cargar con ese descrédito o sambenito con estoicismo. Un día, tal vez, hechos polvo tus huesos, se reconozca tu mérito.
Ángel Sáez García