DESDE LA CONVICCIÓN HASTA LA DUDA
DESDE EL PERSPECTIVISMO HASTA LA MUDA
(DE LA ROPA INTERIOR Y LAS IDEAS)
Que José Ortega y Gasset es uno de los padres del perspectivismo nadie con dos dedos de frente puede poner dicho aserto en tela de juicio. Desde que el filósofo exhibió una manzana en una de sus conferencias y preguntó a los asistentes a la misma qué veían encima de la palma abierta de su mano izquierda, quedó claro, cristalino, qué buscaba, que cada concurrente, oyente y/o perceptor la viera desde su butaca, la posición que ocupaba en la sala, el auditorio. ¿Qué sacó en claro el asistente y percipiente? Que hay diversos modos de abordar la realidad, la verdad de un hecho, dependiendo del prisma o la perspectiva. Así pues, explicada con el ejemplo propuesto, es fácil dar una definición válida de perspectivismo: Doctrina que defiende que la realidad puede ser contemplada desde numerosos puntos de vista, todos ellos legítimos. Si acudimos al Diccionario de la lengua española, esta es la que da: “Doctrina según la cual la realidad solo puede ser interpretada desde un punto de vista o perspectiva” (acaso hubiera sido pertinente agregar lo obvio, esto, cada uno desde el suyo o la suya, porque, aparentemente, las dos explicaciones son contradictorias, pero dicen lo mismo, desde distinto prisma).
Cercano al concepto de perspectivismo está ubicado o queda el de relativismo, que sostiene la relatividad del conocimiento humano y pone en duda la existencia de verdades absolutas (que algunas hay; como que todo ser humano nacido de mujer envejece —aunque, viajando por el espacio sideral, lo haga menos que en el planeta azul, la Tierra— y que, al ser mortal, un día u otro morirá…), universalmente válidas. Según Albert Einstein, progenitor de la teoría de la relatividad, espacio y tiempo son conceptos relativos. Si echamos mano del diccionario mencionado arriba, la definición que da es más coincidente: “Teoría que niega el carácter absoluto del conocimiento, al hacerlo depender del sujeto que conoce”.
Está claro que en todo sumatorio de perspectivas cabe ver y hallar una verdad absoluta. Todos los asistentes a la conferencia orteguiana (salvo los ciegos, si acudió alguno) vieron parte de la manzana, pero ninguno vio la manzana entera desde su prisma. Unos se fijaron en el rabito, que lo tenía (o no) provisto de una hoja (o no), y otros en aquella parte que su perspectiva concreta les permitió. La reunión de prismas, que nadie hizo en el momento ni a posteriori, hubiera dado una visión, si no íntegra (pues faltaba la visión cenital, si hubiera tenido ojos el techo, y la de la palma de la mano de Ortega, su suelo), bastante aproximada de la misma.
Probemos a mudar la manzana por un hecho, verbigracia, una reyerta que tiene lugar en la calle. Quien sea testigo presencial del suceso puede contemplar que, en un momento de la pelea, el arma blanca era empuñada por uno de los contendientes, y en otro momento otro espectador ver cómo blande el cuchillo su oponente. ¿Por qué? Porque el combate no fue una foto, una instantánea, sino un sinfín de ellas, una grabación o película, un proceso, aunque cada espectador guarde en su memoria un solo fotograma del lance.
La verdad, la realidad el hecho, es un poliedro; dependiendo de la cara o faceta que veamos del mismo será nuestro prisma, nuestro testimonio.
Un hecho, que ocurrió otrora, lo percibimos y valoramos según nuestra escala de valores de entonces. Ese hecho, visto con los ojos actuales y el cacumen hodierno, merecerá seguramente, otra conjetura o juicio.
Algunas realidades son maleables, moldeables, como la arcilla o la plastilina. Probemos a ver un/a niño/a en ese barro. Puede que el ejemplar propuesto sea educable, dúctil, dócil. La palabra educación procede del latín, y contiene la raíz latina “duc” (de dux -cis, guía). Si no hay quien rija, dirija y corrija a ese educando, las riendas de ese carro, no habrá educación. Y esto va dirigido, especial y expresamente, a quienes dejan suelta a su hija o nieta en el pasillo de su casa, como si fuera un potrillo salvaje, impidiendo mi concentración y, por ende, poder cazar al vuelo o pescar sin anzuelo una idea sobre la que escribir (pero puedo aprovechar la concurrencia del ruido para volver a ver por enésima vez “Ben–Hur”, la excelente película dirigida por William Wyler en 1959.
Dicen que la fuerza está en la dureza, en la firmeza (de carácter). Puede que resida más bien en la perseverancia. Una gota o chorro constante que cae sobre una roca hace un hueco en ella. Y quien dice una gota de agua dice también un beso; hasta con acudir a la Basílica del Pilar, de Zaragoza, para constatar el hecho. Acaso la fuerza esté en la capacidad de adaptarse, en ser flexible como un junco, que es capaz de doblarse, sin quebrarse.
El cambio de parecer (de creyente a agnóstico, ateo, escéptico) no es una traición, sino una lógica evolución, en la que cabe advertir una clara contradicción. Lo normal en un ser humano. No somos seres estáticos, sino extáticos, ya que no solemos pasmarnos con los mismos sujetos, con idénticos objetos (salvo los faltos de memoria tal vez).
Ángel Sáez García