SI YO APRENDÍ DE TI, FUISTE MÁS SABIO
¿EL TABACO ES MÁS FUERTE QUE TU MENTE?
Ayer, por la mañana, buscando lo que no encontré, obtuve un premio de consolación, porque hallé, por pura serendipia o chiripa, un par de libretas que había guardado a buen recaudo, pero no en una caja fuerte, sino en una de cartón. Contenían escogidas perlas o píldoras de agudo ingenio que anoté otrora en ellas. Fueron recogidas por el abajo firmante de estos renglones torcidos hace la friolera de cincuenta años, cuando estudiaba Séptimo u Octavo curso de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor de Navarrete (regentado por los benéficos, indelebles e inolvidables religiosos Camilos, quienes me despertaron o espabilaron, y les estuve, estoy y estaré eviternamente agradecido por ello, muchos de los dones que acarreaba conmigo y habían permanecido hasta entonces aletargados). La joya que encabeza estas líneas la apunté entonces, tras escuchar un comentario que había realizado un compañero después de una prueba de corro, que el padre Daniel Puerto, nuestro profesor de latín allí, nos hizo al grupo (que, en estos momentos, trascurrido medio siglo, no recuerdo con exactitud cuál fue), sin darle ni darse importancia. Yo había colegido o deducido que lo dicho por él me había servido de enseñanza o lección, y había concluido lo que el citado pensamiento acarrea y asevera, que, si aprendí algo de un colega eso indicaba bien, a las claras, que, en ese aspecto concreto, quien consideraba que era menos inteligente que yo había demostrado, de manera fehaciente, que me superaba.
Una vez terminé la carrera de Filosofía y Letras (Filología Hispánica) en la capital maña, mientras me preparaba los temas de las oposiciones para Profesor de Enseñanza Secundaria en la asignatura de Lengua y Literatura españolas, a un cliente asiduo del bar El Gran Gatsby, en la zaragozana calle Antonio Sangenis, donde solía tomarme un café y leer el periódico del día, el Heraldo de Aragón, le escuché soltar una alhaja, que tomé por otra verdad inobjetable, esta, que “cualquier puesto de un mercado puede hacer las veces de una biblioteca ambulante”; y a otro, asimismo, habitual, que le vino a apoyar en la tesis que defendía el primero, que una hora de mercado, había uno cerca, por supuesto, podía ser más aleccionadora que una semana en cualquier facultad de la Universidad. Y yo estuve de acuerdo, pero solo en algunos aspectos; en otros no, claro.
Hace muchos años (no remembro ahora cuántos, ni siquiera de manera aproximada), en un libro que contenía varios ensayos sobre la novela “1984”, de George Orwell, seudónimo literario de Eric Arthur Blair, en un epígrafe de alguno de los opúsculos que contenía leí este pensamiento aristotélico, que “en el cerebro del más sabio hay un rincón para la estupidez”, bueno, yo lo recuerdo así, pero la traducción precisa, cabal, al parecer, es esta: “hasta en el cerebro del más sabio hay un rincón para la insensatez” (o algo similar). Si eso era verdad incontrovertible, viniendo de quien venía, fuera una muestra de humildad intelectual (al reconocer que había aprendido algo de un congénere que reputaba menos evolucionado o preparado que él) o de otro tipo, a mí me dio por pensar que acaso dicho pensamiento tuviera su contrapartida o correlato y cupiera darle la vuelta al mismo y, por ende, sentenciar que, si lo anterior era cierto y verdad, acaso también, por vete tú a saber por qué ignota razón, lo fuera esto otro, que en el cerebro del más sandio, hay un recoveco para la genialidad. Como ahora no se suele hablar de inteligencia en singular, sino en plural, de inteligencias, di la susodicha también por buena, por válida. Y, con más motivo, cuando leí este pensamiento de Albert Einstein, el padre de la teoría de la relatividad y Premio Nobel de Física de 1921, que “todos somos muy ignorantes; lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. A ese puerto verdadero arribó tal vez quien explicó el efecto fotoeléctrico, tras rememorar una frase que la tradición filosófica adjudica a uno de los Siete Sabios de la Antigua Grecia, Tales de Mileto, esta, que “la cosa más difícil del mundo es conocernos a nosotros mismos y la más fácil hablar mal de los demás”. Ahora bien, el polímata Benjamin Franklin, muchos años después, sentenció que “las tres cosas más difíciles de este mundo son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”.
Lo que contienen los tres parágrafos precedentes me lleva a concluir que todos los fumadores hemos sido, somos y seremos unos estúpidos redomados, porque, la pregunta se impone: ¿Cuánto tiempo de nuestra existencia, larga o corta, no hemos dilapidado? ¿Cuánto? Y por ayudar a dejar de fumar (me conformo con que sean dos personas las que se vean persuadidas por estas líneas, pero preferiría que fueran dos millones): ¿Cuánto dinero hemos malgastado quienes hemos sido fumadores empedernidos, sabiendo que fumar produce cáncer (en mi caso, dos) y un sinfín de enfermedades pulmonares? Si el tabaco es más fuerte que tu mente, busca ayuda y apoyo donde debas. Confío en que los hados favorables se muestren y tu médico no fume.
Ángel Sáez García