DE CONFORMISTAS, SÍ, Y DE INCONFORMISTAS
“El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante, lo que no significa alocadamente, sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental: el amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida”.
Tom Schulman, guionista de la película “El club de los poetas muertos”, dirigida por Peter Weir en 1989, pone en boca del profesor John Keating (papel interpretado por Robin Williams) estas sabias palabras.
Disertar de los unos, los conformistas, y de los otros (sean ellas, ellos o no binarios), los inconformistas, me apetece, porque esa es la primera distinción que, a bote pronto, me brota y juzgo que cabe hacer entre mis congéneres o semejantes (entre los que me incluyo, por supuesto), tengamos la identidad sexual que tengamos, quienes poblamos la faz del planeta azul (oscuro, casi negro), la Tierra. Y es que la población mundial, grosso modo, la conformamos o componemos, salvo que haya quien refute mi criterio y proponga y argumente otra tesis u opinión más ajustada a la realidad y, por tanto, apodíctica, incondicionalmente cierta, necesariamente válida, o sea, mejor, dos grandes grupos de personas, las que tomamos lo mejor de cuanto disponemos y lo disfrutamos, sin aspirar a más (“¿De qué sirve presumir, / rosal, de buen parecer, / si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir?” dejó escrito, oportunamente, Francisco de Quevedo y Villegas en una redondilla memorable, indeleble, si la extraemos del poema, la letrilla “A un rosal”, en el que aparece, claro); y las que deseamos algo mejor de lo que tenemos y tratamos de obtenerlo (unas, de forma lícita, y otras, sin importarles ni el medio ni el miedo ni el modo, esto es, aun delinquiendo). Y, si eso no lo hay, lo inventamos. Coronamos o llevamos a cabo cuanto otros hicieron antes y siguieron realizando los que no encontraron, tras mucho buscar, la verdad; y ahora lo propio culminamos quienes no hallamos la fetén ni cuantos no nos conformamos con lo que existe y, por ende, la creamos y/o ideamos.
Bueno, pues llegados a este punto crucial, la constatación de la clara diferencia existente entre esos dos grandes grupos que nadie ha logrado abatir, cual tieso muñeco de feria, del pimpampum (eso no quiere decir ni más ni menos que lo que queda dicho, pues solo certifica la evidencia de ese hecho concreto), puede ser derribada en cualquier momento. Basta con saber esperar para hacer patente y manifiesta la certeza. Así pues, cabe preguntar a los demás y preguntarnos a nosotros mismos, retóricamente, de esos dos notorios grupos incuestionables, ¿cuál es el bueno y cuál es el malo? La respuesta es compleja y, por tanto, difícil. El maniqueísmo que impera, el dualismo reinante, duelista, lo tendrá fácil, sin duda, pero ¿qué podemos hacer cuando hemos comprobado, de manera fehaciente, que muchos miembros de esos grupos no son firmes, obstinados, sino intercambiables, según estados de ánimo, compañías y un sinfín de circunstancias o factores? Cuando uno entra en detalles, en pormenores, se da cuenta al instante de lo obvio, que los matices cuentan (y mucho), que son importantes, no baladíes.
Aventuro, por si a algún lector le sirve, mi parecer. Sin los dos grupos mentados el mundo estaría (mucho) peor de lo que está; sería más inmundo. ¿Más? Pues sí, puede empeorar. No me cabe la menor duda al respecto. Sin los conformistas no habría inconformistas, y viceversa. Sin los unos no habría mundo; sin los otros, tampoco. El mundo, sin gente inconformista, insatisfecha con lo que había, no hubiera progresado, ni técnica ni científicamente. Si se conformaría con lo que tiene y hay ¿podría alcanzar algo mejor (aunque esto pudiera venir aparejado de algo peor)?
Nota bene
No han sido ni una ni dos ni tres las personas que (sé que leen, de manera asidua, cuanto aparece publicado en mi bitácora) me han formulado, si no del mismo modo, de parecida forma, esta pregunta: Ángel, ¿por qué no escribes una novela? Deben pensar que estoy sobradamente preparado para ello o que la novela se novela sola, con tal de que hayas encendido una vela y le hayas pedido a Dios o a las/os santas/os, en las/os que tengas depositada más fe, esa gracia. Tengo para mí que se equivocan, que marran morrocotudamente. La novela requiere unas circunstancias y/o condiciones que yo no tengo y acaso no adquiera nunca. Pues, he de reconocer que me he puesto a ello en infinidad de ocasiones, que he hecho mil probaturas y todas han devenido en otros tantos fracasos, al quedar en agua de borrajas o cerrajas, en nada. ¿Soy un conformista y un comodón por acomodarme a escribir todos los días un texto en prosa que ocupe un folio y medio? Si esa distancia me satisface, ¿por qué he de aspirar a correr un maratón, si soy un reputado velocista, un estupendo corredor de cien metros lisos? Confío, deseo y espero que se entienda que la presunción que exuda la última pregunta está rodeada de un círculo de ironía.
Ángel Sáez García