‘NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA’ ES CERTEZA
La pasada noche, de madrugada, antes de salir al baño a hacer un pis (considero que no anduvo errado quien eligió o le encasquetó a la micción, por su sonoridad, esa onomatopeya), he soñado que, mientras me hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo a pierna suelta, daba una conferencia en una asociación o círculo cultural, tal vez un ateneo o similar. A la entrada al susodicho recinto, había, porque me he fijado, un cartel anunciador en el que no aparecían ni mi nombre ni mis apellidos, pero sí lo hacía mi seudónimo por antonomasia, Otramotro, y el rótulo que escogí para mi disertación, “‘No hay mal que por bien no venga’ es certeza”, que es el mismo que encabeza los renglones torcidos que contenga esta pieza literaria.
Acabado el acto y/o compromiso, ya en la calle, cuando me disponía a despedirme de Eulogio Burguete, la persona que me había acompañado en la mesa presidencial, y había hecho una sucinta presentación, siguiendo al pie de la letra mi sugerencia, como le había solicitado con encarecimiento, de mi persona y obra, empleado del banco que había contratado mis servicios (esa relación laboral la he dado por supuesta), se me ha acercado una señora vestida con exquisito gusto, enjoyada y el pelo castaño, largo, rizado, a la que le he encontrado enseguida un aire o cierto parecido con la tutora que tuve en COU y nos impartió la asignatura de historia del arte, y quien he deducido que era su hijo, que ha sido quien me ha pedido, echando mano del educado y previo ‘por favor’, que estampara mi firma en la libreta en la que él había tomado notas, durante mi exposición. El rostro del quinceañero me ha recordado a alguien conocido, pero no he conseguido desentrañar en ese momento a quién. He firmado y rubricado debajo de la suya, me han dado las gracias, les he agradecido que hubieran acudido a la charla, y, a renglón seguido, cada mochuelo ha volado a la rama preferida o predilecta de su olivo.
Me he acercado andando al hotel donde estaba hospedado, a escasos trescientos metros de la sala, y entonces lo he visto claro, he caído en la cuenta.
En la conferencia había recordado varias anécdotas que apoyaban mi tesis de que la paremia española, amén de tener base real y/o fundamento incontrovertible, era cierta. No olvidé decir que ahora, seguramente, estaba vivo y coleando, cual renacuajo, porque a mi padre tuvieron que operarle de un cáncer de colon. En el caso de mi progenitor, este se había metastatizado a otros órganos, al hígado y pulmón. El cirujano que le intervino (que hizo también lo propio, seis meses después, conmigo) nos recomendó encarecidamente a los hijos de su paciente, Eusebio, nuestro padre, que nos hiciéramos una colonoscopia cuanto antes, para descartar que la enfermedad de nuestro deudo directo se trataba de una poliposis familiar. Yo fui el primero al que se la hicieron en el Hospital Clínico Universitario “Lozano Blesa”, de la capital maña, y el diagnóstico que me dio el galeno que me la hizo fue aterrador, sendos cánceres en colon y recto. Gracias a las posteriores pruebas complementarias y al azar, seudónimo que suele utilizar Dios cuando no le apetece firmar con su nombre, estos se hallaban en un estado incipiente y, tras la intervención (me extirparon 49 centímetros de colon) no tuvieron que darme ni quimio ni radioterapia. Pero luego, junto con el jefe de coloproctología del Hospital “Virgen del Camino”, de Pamplona, nos decantamos u optamos por una colectomía total, porque, en cada colonoscopia de seguimiento que me hacían, me extirpaban entre cuatro y siete pólipos, que podían cancerar (el verbo que usaba él era cancerizar).
Más tarde, he agregado que quienes hemos tenido cáncer y hemos sobrevivido nos hallamos disfrutando de un tiempo extra, de propina o prórroga, en el que con frecuencia nuestra alma goza conversando consigo misma, haya delante o no un espejo. Y más tarde, he alegado que, cuando miro fotos de cuando tenía seis, siete u ocho años, constato que me sigo pareciendo, como una gota de agua a otra, al muete que fui que, ora me da grima, ora irradio esperanza, al comprobar que, a pesar de los años transcurridos, de la experiencia, madre y maestra de ciencia y conciencia, aún acarreo al niño que fui, pues me acompañan, como si fueran mis propias sombras, los temores que tuve, que siguen en vigor, sin vencer, y la osadía que abrigaba, que no consumí.
En conclusión, que el quinceañero de la libreta que me solicitó la firma era yo mismo, quien, con esa misma edad, asistí a mi primer mitin político en Logroño, que (tan poco me plugo o lo saboreé que) ha sido también, hasta el momento, el último.
Ángel Sáez García