“EL LAZARILLO” ES UNA MINA DE ORO
LIBERA EL MIEDO DE UNOS LA RISA A OTROS
A mi primo Jesús Manuel Bea Ruiz, Manolete, porque hoy, jueves, 18 de junio de 2026, cumple años; así pues, además de cariño a raudales, le mando este texto jocoso y mis ¡muchas felicidades!
Que “El Lazarillo” es una mina de oro nadie que lo haya (re)leído y tenga dos dedos de frente (o sea, haya dado suficientes muestras diáfanas de cordura o sensatez) jamás lo pondrá en tela de juicio.
Hoy, por ejemplo, servidor había optado por discurrir o disertar del miedo; sensu stricto, de un suceso o dos que nos asustaron más que por lo que vimos por lo que fantasearon nuestras imaginaciones.
Recuerdo, verbigracia, que, siendo el abajo firmante de estos renglones torcidos un crío, teniendo ocho o nueve años como mucho, un señor, al que llamaban “Manolete”, se nos acercó a la patulea de niños que nos bañábamos todas las tardes en el río del pueblo y nos dijo que tuviéramos cuidado, porque se había visto entre sus aguas un cocodrilo. El señor, velis nolis, nos introdujo al depredador inexistente en el cacumen; y, aunque nunca frecuentó aquellas aguas, le hicimos un hueco en nuestro rincón dedicado a la imaginación y allí permaneció durante todo el estío, en el que juzgamos oportuno no meternos en la parte más honda del mismo porque había echado raíces en nuestro caletre el cerval miedo.
Recién estrenada mi mayoría de edad, durante un encierro de vacas de las fiestas patronales del mismo pueblo, Trinquete, se escapó una de las reses entre dos maderos mal colocados. La vaca fue atrapada antes de que anocheciera por el ganadero y sus empleados cerca del pueblo vecino, Rosales, y fue llevada, tras dispararle un dardo narcótico y adormecerla, por su propietario y sus operarios al campo, su terreno cercado. De esa circunstancia la gente del pueblo, por faltarle la información precisa, no tuvo noticia cierta hasta la tarde siguiente. Bueno, pues, por la noche, con varias copas de más en el coleto, se formó una partida o patrulla de jóvenes, los más envalentonados o valientes, para intentar atraparla por los aledaños. Más de tres le vieron, entre la maleza, los ojos (puede que vieran unos ojos, pero no eran los de la res de marras), mas sin solventar si eran los de la vaca o no quedó la cosa. Cuando al día siguiente, por la tarde, se supo qué había sucedido, las risas entre los jóvenes captores de cornúpetas y el resto de lugareños festivos no cesaron, pues se contagiaron como suele hacer en invierno la gripe.
Y la resultante y risible anécdota me ha llevado a recordar algo parecido que el autor anónimo (Juan de Valdés, seguramente) de “El Lazarillo”, dejó escrito, negro sobre blanco, en su imperecedera novela, pues la presunta autobiografía es apócrifa, falaz, mendaz.
El autor ignora la venturosa procedencia del insospechado real, pero uno de ese valor cayó en la mano del tercer amo de Lázaro, el escudero, y acudió presto a la casa donde vivían, “lóbrega, triste y oscura”, para compartir la buena nueva con su mozo, que, haciendo honor a su nombre de pila, le daba de comer y lo resucitaba, y se lo entregó y adujo (tras poner su lenguaje al día):
“—Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más te hago saber, porque te huelgues: que he alquilado otra casa y en esta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene y tal oscuridad y tristeza! Ve y ven presto y comamos hoy como condes.
“Tomo mi real y jarro y, a los pies dándoles prisa, comienzo a subir mi calle encaminando mis pasos para la plaza, muy contento y alegre. Mas, ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y así fue este, porque, yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente que en unas andas traían. Arrimeme a la pared por darles lugar, y, desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes voces y diciendo:
“—Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni beben!
“Yo, que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí, para mi casa llevan este muerto!»
“Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa. Y entrando en ella, cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome de él, que me venga a ayudar y a defender la entrada. El cual, algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:
“—¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta con tal furia?
“—¡Oh señor —dije yo—, acuda aquí, que nos traen acá un muerto!
“—¿Cómo así? —respondió él.
“—Aquí arriba lo encontré y venía diciendo su mujer: «Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben!». Acá, señor, nos le traen.
“Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rio tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía ya yo echada el aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa. Y, desque fue ya más harto de reír que de comer, el bueno de mi amo, díjome:
“—Verdad es, Lázaro, según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre y ve por de comer.
“—Déjalos, señor, acaben de pasar la calle —dije yo.
“Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el miedo y alteración, y me torno a encaminar. Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello. Ni en aquellos tres días torné en mi color. Y mi amo, muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración”.
El miedo de unos a otros les da risa. El miedoso prefiere equivocarse por exceso en ahíta precaución a quedar por defecto en evidencia.
Ángel Sáez García