El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

A fin de no llevarte ningún chasco,…

A FIN DE NO LLEVARTE NINGÚN CHASCO,

NO TE HAGAS DEMASIADAS ILUSIONES

En esta vida terrenal (no en la otra, la supuesta, de ultratumba, en la que no creo —me temo que, en el reparto de papeles de la trama, del dramatis personae, que se continúa haciendo por doquier, sí, en ese gran teatro que es el mundo inmundo, sigo ejerciendo el rol de santo Tomás, el discípulo de Jesús, que tuvo que ver para creer—; acaso baste con acudir al Diccionario de la lengua española, DLE, y consultar las dos entradas que da de la voz “escatología”: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba” y “Coprología”, o sea, estudio de los excrementos, para concluir lo obvio, que la vida post mortem es una descomposición evidente o mierda) estoy plenamente convencido de escasas verdades, pero sí hay una, apodíctica (adjetivo calificativo que el DLE define, de modo estupendo, así, “incondicionalmente cierta, necesariamente válida”), de cuya certidumbre estoy totalmente persuadido, de que no hay un solo escritor sobre la faz del planeta azul, la Tierra, que no se autocensure. Puede que el amor que tuvo, tiene y tenga por la verdad le lleve a ser franco en extremo, pero, como seguramente alguna vez tuvo la sensación de haber metido la pata, si no lo fue otrora, ese yerro le impulsó a mudar de parecer y morderse la lengua más de una vez.

Y como uno no puede dejar de ser quien fue, es y será, discípulo de fray Ejemplo, pondré uno que sea clarificador y venga a cuento.

Como mis expectativas habían sido escasas y mis ilusiones habían brillado por su ausencia, no me he incomodado cuando mi hermana, “la Nena”, me ha llamado por teléfono a mediodía (escribo estos renglones torcidos a mano, con la ayuda de mi imprescindible BIC azul, sentado en la plaza 10D del coche 8 —una vez corregido, porque antes era el 4—, del Alvia, que nos lleva a Tudela y sigue a Logroño) y, en ese momento, me hallaba en el interior del bus lanzadera, en marcha, viajando de la T2 a la T4, para coger allí el tren de cercanías que me ha llevado a la estación ferroviaria de Atocha-Almudena Grandes (pasando previamente por la de Chamartín-Clara Campoamor), y me ha cantado, con suprema guasa, la nostálgica melodía que ponía fin a cada nuevo programa de dibujos animados de la Warner Bros: “Lástima que terminó el festival de hoy; pronto volveremos con más diversiones; Porky, Porky, nuestro rey”; y me he reído a mandíbula batiente, porque me ha hecho suma gracia volver a escuchar la cancioncilla infantil (y es que algunos todavía acarreamos al niño curioso y digno de admiración que antaño fuimos). He de reconocer que, a mi hermana, la benjamina, Pili (a quien le molesta sobremanera que me refiera a ella como María del Pilar, y aquí, de veras, no le quiero enfadar llamándola de la guisa que le enoja), cuando le da por ser socarrona, no solo apunta maneras, sino que tiene la virtud de aliñar sus boutades, salidas de pata de banco o dichos dicaces con el punto justo de ironía, es decir, que, cuando la aborda, borda dicha figura literaria.

Mis diez días de vacaciones septembrinas en la mayor de la Islas Canarias, Tenerife, en concreto, en el Puerto de la Cruz, no han sido como los cuatro toledanos de agosto, ni tan excelsos o excelentes, ni tan indelebles o inolvidables, ora por el arte al cuadrado o al cubo de la Ciudad Imperial, ora por el divertimento continuo de Puy du Fou, pero ha tenido sus chispas, que no han faltado.

Recuerdo que otrora fui al cine a ver “La misión” (1986), la película dirigida por Roland Joffé, con mi novia de entonces. Al salir estuvimos comentando durante un largo rato el filme. Comenté que me habían gustado mucho las interpretaciones de Robert De Niro y Jeremy Irons y la música de Ennio Morricone, y una de las frases que pronuncia el cardenal Altamirano, esta, que “el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”.

¿A qué te ha sabido?, me preguntó mi churri de entonces. Me confesó el día que cortamos que le había molestado que no le hubiera contestado a esa pregunta lo que ella esperaba escuchar: a ella. Recuerdo qué le respondí: “A teta de monja”, una frase hecha, que este santo Tomás no ha tenido oportunidad de comprobar nunca. Y, si la rememoro, fue porque, nada más darme la vuelta, hallé a una sor (al menos, iba vestida como una tal) con los ojos enrojecidos por la irritación o la rabia, índice de que no le había gustado oír cuanto pronunciaron mi boca y labios. Y ella tenía toda la razón para estar cabreada. Había sido una impertinencia mía hacer referencia a esa parte de su anatomía. Así que la expresión “a teta de monja” escasea en mi acervo lingüístico. Cuando la voy a proferir, suelo mirar a mi alrededor, para no hallarme a otra hermana escandalizada. Aparece más esta otra, “pasarlo teta”.

A S. (puede que la letra inicial de su verdadero nombre de pila comience por una letra inmediatamente anterior o posterior) le pedí que me hiciera un descafeinado bombón. Me lo hizo y, como me agradó mucho, cuando me preguntó un compañero suyo, L. (uso con él la misma treta susodicha), ¿a qué te ha sabido?, le respondí que “a gloria”, y, a renglón seguido, añadí el adjetivo calificativo de “bendita”. Reconozco que en esa oportunidad me mordí la lengua y no solté lo que había pensado decir: “A Gloria, y, si así se llama la hermana gemela de S., acaso la amara tanto como a S.”. Dejé o guardé ese comentario en mi tintero para escribirlo hoy aquí, porque uno se cree un genio, un semidiós, pero no deja de ser tan humano como sus congéneres, y puede molestar (por desconocer cuál es la circunstancia de cada quien).

Nota bene

A ninguna fémina he visto elegir y portar un pañuelo anudado al pelo, recogido en una coleta, con más elegancia y exquisitez que a S.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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