MOSCÚ SIN BRÚJULA

Las alegres chicas de la noche moscovita (XXXVIII)

Las alegres chicas de la noche moscovita (XXXVIII)
Las chicas del Club Nigh Fly de Moscú. IGOR MIHALEV

Hace cincuenta años, cuando Televisión Española sólo emitía en blanco y negro y en provincias había que trepar periódicamente al tejado para orientar unas aparatosas antenas que parecían tendederos de ropa, hizo furor en España un engolado artista llamado Míchel.

Miguel Samper Peiró, conocido artísticamente como «Míchel», Era un tipo alto, vestido de rigurosa etiqueta, con espeso peluquín y grandes gafas.

Solía visitar con frecuencia la Unión Soviética y cantar con voz de tenor y bastante éxito de público una balada titulada ‘Noches de Moscú’.

La letra decía algo así como «… noches de Moscú con su fría luuuuz, se oye una canción entonaaar… es la historia deee…» y contaba una apasionante aventura amorosa.

Por aquel entonces reinaba en el Kremlin el moderado Nikita Kruschev, habían sido condenados los excesos del culto a la personalidad impuesto por Stalin y germinaba en la capital soviética una tímida apertura.

En contra de lo que proclamaba la melódica canción de Míchel, lo que no había en Moscú era vida nocturna y tres décadas años después seguía prácticamente sin haberla.

Míchel junto a Fidel Castro en la foto que, según el cantante español, le costó su carrera en EEUU.

Se requiere una alta dosis de valor, algo de ignorancia o bastante desesperación, para arriesgarse a abandonar el aburrido pero caliente apartamento del ghetto o la anodina habitación del hotel y lanzarse en pos de placeres callejeros.

Había un cine, el Perekop, que daba pases nocturnos, salas de proyección en las estaciones Kievsky, Leningradsky y Bielorusky, un barquito musical en las glaciales aguas del Moskova abierto hasta la madrugada, algún cuchitril donde engullir un tentempié y unos cuantos clubs, con bigotudos caucasianos y patibularios mafiosos desparramados en los sillones de skai.

Otra posibilidad era el Hipódromo, donde se podían dilapidar unos dólares en el black jack, la ruleta, el póker y las tragaperras, o arriesgar unos rublos apostando a los caballos.

Vecinos de Moscú hacen cola para conseguir alimentos en 1991.

Cuando una costra de nieve y hielo de cuatro dedos de espesor cubría la pista, equipaban a los equinos con herraduras de clavos.

Cuando hacía buen tiempo, les ponían calzas normales, pero había carreras todo el año.

Los férreos «mandamientos» del marxismo-leninismo proscribían los juegos de azar, pero ni siquiera bajo Stalin o Breznev los comunistas llegaron a prohibir las carreras de caballos.

Dos francotiradoras rusas del Ejército Rojo soviético durante la II Guerra Mundial.

Cada domingo, cada miércoles y a veces alguna otra noche entre semana, bajo la vacilante luz de los focos, el público atestaba las gradas, protegiéndose del frío con una cristalera, botellas de licor y mantas.

No había una prensa especializada que informase sobre hándicaps, jockeys, potros o yeguas, pero la gente apostaba y después, si le quedaban ganas, se daba un garbeo por el casino instalado en el monumental y decadente edificio amarillo del Club Hípico.

Hasta las Navidades de 1991, animales, jinetes, herraduras, arneses y sillas de montar, pertenecían a un único propietario: el Estado de los Trabajadores.

Un minero soviético en Siberia en el invierno de 1991.

Tras la intentona de golpe y la irrupción de Yeltsin en el Kremlin, todo estaba en trance de cambio.

Algunos de los gerifaltes de Kazajistán, los millonarios del Cáucaso y otros nuevos ricos habían decidido imitar a los potentados británicos y franceses y empezaron ya a organizar sus propias cuadras.

Desde el punto de vista de la diversión, el Hipódromo era «lo de siempre».

Lo nuevo, lo que estaba de moda, era Night Flight, el club nocturno de la calle Tverskaya, la antigua Gorki Street.

Rusos desinhibidos en la Calle Arbat de Moscú, en 1991.

Lo estrenaron el 25 de octubre de 1991 y desde entonces recalaba allí todo el que era joven, rico y atractivo en Moscú o ingenuamente cría serlo.

Para entrar había que apechugar 15 dólares y haber cumplido al menos 30 años, si se era varón.

A las hembras les bastaba estar de buen ver y dar la impresión de haber abandonado el parvulario.

«Los hombres por debajo de los 30 beben demasiado» solía argumentar Carlos Maruszewski, el joven manager del local.

«Pelean por nada, gritan mucho y no se visten de forma apropiada.»

Lo que sí había en abundancia en el ex Imperio Soviético eran putas y en general extraordinariamente atractivas, bien vestidas y más directas que los misiles SCUD, que tanta gloria dieron a la ya fenecida industria armamentista soviética.

Maruszewski, como todos los pájaros nocturnos de su especie, era capaz de negar con desparpajo la presencia de prostitutas en su local, pero bastaba introducir la cabeza en la discoteca y antes de que la retina se adaptase a la oscuridad, te encontrabas con una muchacha colgada del cuello, que susurraba en tu oreja cosas como: «You have to go home with me tonight.»

Había días tranquilos, pero el camino hasta la barra llevaba normalmente aparejado escuchar ofertas en inglés, en las que lo más dulce y romántico solía ser: «Do you want a warm night with a russian girl?»

Naturalmente, acompañadas del precio redondo de una de esas «noches calientes».

Una modelo rusa con la bandera de Rusia.

Algún pudibundo residente había protestado, argumentando que su «decente esposa» -la madre de sus hijos- había escuchado en los lavabos a las chicas discutir en voz alta las preferencias sexuales de los extranjeros, pero era esa decadente combinación de putas hermosas, rusos millonarios, mafiosos caucasianos, empresarios y corresponsales extranjeros lo que hacía al Night Flight tan especial.

De acuerdo con la terminología local era preciso reconocer que los centenares de espléndidas chicas que ofrecían sus favores carnales allí, en el Hotel Cosmos, en el Intourist o en el Casino del Hipódromo, donde corrían las divisas fuertes, no eran prostitutas sino businesswomen.

No habían llegado al extremo de aceptar tarjetas de crédito, como era habitual en las «casas de masaje» de Madrid o Barcelona, pero tenían un nivel de educación razonablemente alto y solían hablar el inglés imprescindible para no equivocarse en las cuentas y poner cachondo, con cuatro obscenidades, al penitente en cuestión.

Las putas conocían a los porteros, unos tipos que parecían fabricados por la misma firma que hizo las Pirámides de Egipto, intercambiaban bromas con los empleados del vestíbulo y alternaban con los que contaban realmente en la vida nocturna: recepcionistas, mafiosos, policías, taxistas y camareros.

Si no eran aficionadas, ni siquiera se preocupan de permanecer anónimas. No les hacía falta.

Su actividad «empresarial» no estaba socialmente mal vista.

Vladimir Putín haciéndose selfie con unas novias moscovitas, frente al Mausoleo de Lenin, en la Plaza Roja de Moscú.

No era la pobreza lo que empujaba a esas muchachas, casi todas rubias, esbeltas y con aspecto de bailarinas, a ofrecer el «griego», el «francés completo» o «picardías orientales» a las bandadas de turistas, corresponsales y ejecutivos que desembarcábamos periódicamente en Moscú.

Lo hacían porque era la única forma de ganar dólares y por lo tanto de comprase ropa bonita, comida masticable o electrodomésticos modernos.

Hubo un tiempo en que el rato de placer incluía también grabación sonora y a veces cinematográfica, todo a cargo del equipo de rodaje del KGB, pero tras el cataclismo comunista del 19 de agosto de 1991 esas prácticas y los chantajes posteriores habían sido abolidos.

La legislación vigente, que seguía siendo la que impusieron los fanáticos puritanos bolcheviques tras la toma del Palacio de Invierno, no prohibía la prostitución.

Como ocurría en la Cuba de Fidel Castro, resultaba hasta ‘moral que en el «paraíso comunista» una esforzada trabajadora pudiera ganarse el sustento practicando una de las lacras más «aberrantes» del sistema capitalista.

Veteranos rusos de la II Guerra Mundial.

La consecuencia, como pasaba en Cuba, es que a las putas no las arrestaban por practicar la prostitución, sino por traficar con moneda extranjera o aplicándoles la ley sobre «parasitismo social».

Para eludir a un policía celoso, las alegres chicas de la noche moscovita se veían forzadas a disponer de una tapadera.

Más de un habitual del sexo de pago esbozó en aquellos tiempos turbulentos una sonrisa sardónica, una vez concluida la breve faena, al oír a la rubia que se vestía presurosa decir que era funcionaria del Ministerio de Agricultura, trabajaba en una fábrica de excavadoras o estudiaba Historia del Arte, y, sin embargo, solía suele ser cierto.

Una chica soviética buscándose la vida entre los turistas y esquivando a la policía cerca d el Plaza Roja de Moscú.

Para eludir los arrestos por «vagancia», las fulanas necesitaban figurar legalmente como empleadas o estudiantes, lo que se consigue soltando unos rublos, los suficientes, para que el jefe de turno, el director de departamento o el sesudo catedrático, se hiciera el sueco y no reflejase en su informe las permanentes ausencias de la interesada.

Para las putas de Moscú ese pequeño gasto adicional no representaba gran cosa. En realidad, ganaban en media hora, con una fellatio a un libidinoso empresario alemán, lo que su superior cobraba en todo un año.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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