EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CLXIV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
El autor, el menda, servidor, unas veces, piensa que los datos que suministra (verbigracia, los que se refieren o tienen que ver con dónde archiva —entre ellos, mutatis mutandis, cambiando lo que debe ser cambiado, “metamorfosis”— su texto) son bastantes para que el lector asiduo entienda, si no todas, buena parte de sus composiciones. Otras veces, tras leer algunos comentarios, piensa que ha de seguir dándole los poemas hechos papilla, porque, si no, no los logrará asimilar, comprender.
Ciertamente, en Venezuela acaece lo que pasa y aquí ocurre lo que sucede. Cuando urdí la undécima, pues la susodicha consta, sí, de once versos octosílabos, no de los diez habituales, pensé que quizás, usando a Venezuela y a su presidente, el viajero Nicolás Maduro, como doble excusa literaria, se entendería, de manera velada, que me refería, asimismo, a España (con otros problemas; que precisan también de soluciones acuciantes) y a Rajoy, de quien criticaba el vuelo (relámpago, bien es cierto) reciente que hizo a Grecia para apoyar a Antonis Samaras. Pues, a la vista está, no. Eso es lo que me parece. Hay más críticas veladas en “Estanterías vacías”, pero, si no se alcanzaron a ver estas, las más evidentes, menos se penetrarán las más solapadas.
El “civismo” de algunos animales irracionales lo he advertido leyendo libros y viendo los documentales de La 2 sobre varias especies: abejas, delfines y hormigas, sobre todo.
A veces, no sé cómo puedes conciliar (a no ser que tu propósito no sea otro que mover al lector a hilaridad) en tu mente algunas cosas que escribes, por ejemplo, esto (“todavía recuerdo cómo un cordero o choto, nada más nacer se ponía en pie, sin que nadie le enseñara, contrariamente a la torpeza del ser humano que necesita meses —y hasta años— para aprender a sostenerse en pie y caminar”) con esto (“si Dios nos hizo a su imagen y semejanza, algo bueno e innato debió dejar en nosotros. ¿No te parece?”). Lo que me parece es que releo lo que has escrito, y me hago cruces, porque me da a la nariz que Dios, según tú, debe ser o un ser azaroso e injusto, o un enemigo del hombre o un completo desastre, puesto que al cordero o al choto debió darles o dejarles más dones o saberes que al tardo o lerdo hombre, su semejante.
Espero que el propósito de tu comentario hodierno (en torno a lo que se te quedó en el tintero ayer) haya sido mover a risa a quien te leyera, porque, si no acierto a verle al mismo ni los pies ni la cabeza, acaso no sea más que por este motivo, que anda falto de los tres.
Te agradezco el consejo sobre “La teoría del todo”. Si tengo ocasión de ir a verla al cine, la veré.
Como te debo un consejo y has escrito que Dios es todo y nada (en letras versales ambas palabras), como el abrazo que me das,… No sé si has leído alguna vez el soneto titulado “Vida”, de José (“Pepe”) Hierro. Contiene, si otrora no las conté mal, diez “todo” y catorce “nada”. A pesar de que el verso no(ve)no, descabalado, no cumple con la norma, me parece un soneto memorable, digno de recuerdo:
“VIDA
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito “¡Todo!”, y el eco dice “¡Nada!”.
Grito “¡Nada!”, y el eco dice “¡Todo!”.
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada”.
Te saluda, aprecia, agradece el buen rato (por las risas echadas) y el consejo y abraza
Ángel Sáez García
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