EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLXXI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Por lo general (sobre todo, por la tarde), cuando me hallo en el Centro Cívico “Lourdes” suelo compartir breve conversación con quien usa el ordenador de mi diestra, que sostiene la tesis de que todos los seres humanos, todos, sin excepción (pero, como el menda discrepa abiertamente de dicho criterio, acaso sea la exceptuación que confirme la regla), varones y hembras, somos bisexuales. Últimamente, alguien que aparece con cierta regularidad en la tele ha venido a reconocer el hecho, o sea, a darle la razón. Bueno, pues la idea que arguye quien acostumbra a pulsar el teclado del ordenador de al lado y el reconocimiento, que no miento, de su bisexualidad por parte del sujeto cuyos nombre y apellidos omito propiciaron al alimón que servidor coronara la urdidura (o “urdiblanda”), o sea, la décima que comentas.
La idea que subyace en el arranque del primer párrafo de tu escolio (si no consideramos como tal o dejamos a un lado el preceptivo saludo) me ha hecho recordar una frase de Oscar Wilde sobre el amor, “amarse a sí mismo es el comienzo de un idilio que durará toda la vida”, y dos de Schiller, una sobre el conocimiento propio y ajeno, “si quieres conocerte, observa la conducta de los demás. Si quieres comprender a los demás, mira en tu propio corazón”, y otra sobre la dicha, con de, que puede devenir o no en pe, picha, “todo lo nuevo, incluso la felicidad, causa espanto”. Abundo en la idea que aireas de que nunca falte el chubasquero, por si le da por llover a alguna bacteria espiroqueta de impronunciable nombre latino, Treponema palladium, verbigracia.
Desde que leí esto (“el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”), de Aristóteles, y (de las muchas e interesantes que cabe hallar) la mejor página (en mi opinión, pero acepto otras) de “El perseguidor”, de Julio Cortázar, en la que se puede leer lo siguiente: “Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”, dudo si mis serenas, serias y secas certezas hodiernas no serán mañana más que papel/es mojado/s.
Tu “bujir” me ha sonado a lo que llama eufónicamente David Guapo “frungir” (por delante y por detrás), o sea, véase la cuarta entrada de “follar” en el DRAE: practicar el coito.
Siempre viene bien saludar y abrazar, siempre y cuando no sea un oso pardo o polar el que pretenda hacerlo, claro. Por cierto, aún no he visto “El renacido”, la película de Alejandro González Iñárritu (no te hagas ilusiones; aunque así lo parezca, no he querido decir que los directores del filme seáis Alejandro González Iñar y tú).
Te saluda, aprecia, agradece y abraza (y, por favor, te ruego que no pongas nunca en tela de juicio o duda la certeza de estos cuatro sentidos y sinceros verbos)
Ángel Sáez García
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