El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Morfeo nos ordena que soñemos

MORFEO NOS ORDENA QUE SOÑEMOS

   Ayer (seré más concreto, al día siguiente de haber fundido en mi mente la realidad pura y la ficción dura, que perdura mientras permanece dura la dura, cuya cabeza sobresale cuando deja atrás la peladura, o sueño —ya han transcurrido, por tanto, unas cuantas jornadas de aquello, esto—), después de cenar, tras tomarse un voluntario sucedáneo de gin-tonic, darse un garbeo por el paseo marítimo hasta el espigón, regresar al hotel “Magec” (que, en guanche, si no marraba quien me aleccionó al respecto, significa sol), tomarse un segundo “engañado” (o sea, tónica a la que apenas se le había enseñado la botella de la bebida espirituosa, esto es, con un leve o escaso chorretón de ginebra), antes de dar las once de la noche en el inexistente reloj de la ermita de San Juan Bautista, ya en la habitación, a Emilio González, avezado aprendiz de ruiseñor, le dio por trenzar los diez versos de una décima espinela que rotuló así “Con afán de complacer”, que portaba el subtítulo de “Con ganas de renacer (Como el Fénix, mítica ave)”.

   A la hora de conciliar el sueño o dormirse, “Metomentodo” se dio cuenta de que, desde hacía un par de días, acostumbraba a imaginar novelas rosas en las que Arbeitz, la joven y guapa camarera del bar del hotel en el que estaba hospedado, era contertulia asidua de los muchos mentideros que fantaseaba y frecuentaba su magín. El ingenio de la seria y esbelta “Abe” (hipocorístico de la buena actriz) hacía una mezcla impar, migas estupendas, con el talento zumbón de Emilio, hasta que, entre los dimes y diretes de unos y otros (así escritos los dos últimos vocablos o portando una hache inicial, como solía hacer su maestro, don Miguel de Unamuno y Jugo), brotaba la imagen imponente y majestuosa de Morfeo, mandando caer en un profundo sopor a todos.

   Entonces “Metomentodo” volvió a constatar la vigencia del eterno retorno, al que Friedrich Nietzsche fue tan adicto, porque volvió a soñar lo soñado, o sea, a husmear y recorrer el cuello de Arbeitz, como eso mismo había hecho tras comer, durante la media hora de la siesta. Emilio había mezclado en su cerebro el perfume o las feromonas naturales de “Abe” con el del incienso del gin-tonic que le había preparado la víspera Samuel, su jefe, no ella. Cabe aseverar, sin caer en la figura o recurso literario de la exageración o hipérbole, que el cuello de “Abe” había devenido, por arte de birlibirloque (en el Magec suele fluir la magia), en una fuente inagotable de la que manaba, a lo largo del susodicho, el fresco y moderado combinado.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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