El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Qué debes callar? ¿Qué vas a decir?

¿QUÉ DEBES CALLAR? ¿QUÉ VAS A DECIR?

Hoy somos legión (le incluyo en dicha colectividad a usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, y se suma a dicho grupo también quien firma estas líneas abajo) quienes dedicamos nuestras horas y/o jornadas de asueto u ocio a coronar nuestros hobbies o aficiones (cada uno a los suyos, por supuesto). Como regla general, nada tengo que decir ni escribir en contra de esos pasatiempos, los que sean. Ahora bien, con los tales suelo hacer de ordinario una excepción o salvedad. Condeno y repruebo (por detestable) esta concreta y específica singularidad, que jamás debería quedar impune, que haya uno de mis congéneres (o varios, una patulea) que considere una lícita manera de matar o pasar el tiempo calumniar, difamar e/o injuriar a uno, tres o diez de mis semejantes.

Está claro, cristalino, que Internet ha alargado y ensanchado las puertas y hecho más profundas las estancias del edificio de la Comunicación. Y las ha abierto, de par en par, franqueando el paso a nuevas formas o modalidades. Así que a nadie le extraña que por las autopistas, los canales y entre las nubes de la red de redes circulen mensajes de todo jaez. Algunos critican (razonando o no su criterio, de manera elogiosa o lacerante) ciertas actitudes o comportamientos humanos (aunque parezcan inhumanos; sean estos individuales o corales, verbigracia, el Gobierno o la oposición). Todas las personas podemos ser (y somos, de hecho) objeto de crítica (positiva y/o negativa), sujetos valorados (por los demás y por nosotros mismos, si hacemos autocrítica), pero los dichos y hechos de las públicas (dicen que con el sueldo que cobran va o viaja emparejada su exposición o sobreexposición), como lógica y normal consecuencia, acostumbran a ser escudriñados desde todos los puntos de vista posibles, habidos y por haber; vistos sus procederes del derecho y del revés, y con lupa.

De Pascuas a Ramos, suelo recibir en mi más usada dirección de correo electrónico mensajes raros. Llamo de esa guisa a los que, aun siendo cortos, contienen errores gramaticales (y es que, por experiencia, que es un grado si no la echamos en saco roto, desconfío de los que portan pésima ortografía). El último y más reciente de los del tipo señalado me lo ha remitido una tal Rita S. (varío la consonante de su presunto apellido real para no descubrirla) y es el que me ha animado o empujado (involuntariamente, conjeturo) a trenzar los renglones torcidos (seguramente, no faltará quien estime que son, más bien, retorcidos) que ahora lee (en el supuesto de que alguien haga tal cosa) el atento y desocupado lector, ya ella, ya él, usted.

Con sumo gusto, ahora mismo me apostaría doble contra sencillo con quien sea a que alguien (ignoro el propósito; servidor no es tan altivo y/o estúpido como para considerarse un ser elegido e investido por Dios con el don o la gracia de poder juzgar intenciones) ha suplantado la personalidad de la citada Rita S., o sea, ha cometido, a todas luces, desde el punto de vista legal, un delito. Así que las líneas que siguen, en el caso de que este menda haya acertado en su pronóstico, van exclusivamente para el suplantador, ella o él, y demás adictos al mismo o parecido desmán. Esto no es el lejano oeste, ni una ciudad sin ley; sino un Estado de derecho, donde las normas en vigor deben cumplirse y hacerse cumplir. Le aconsejo que mude de pasatiempo. Los hechos acarrean consecuencias. A una acción le suele seguir una reacción; por tanto, conviene calcular bien qué efectos pueden tener nuestros actos, dichos y hechos.

Aunque quien esto narra es aún más pobre (en argumentos y recursos literarios) que uno de sus guías y maestros o modelos, quien firmó algunos de sus artículos inolvidables así, con el seudónimo de “el pobrecito hablador”, Mariano José de Larra, a mí me gusta rememorar (no obstante no siempre siga la lección que encierra), de cuando en vez o de vez en cuando, y recomendar que se tenga en cuenta (y en la mente) lo que dijo y dejó escrito en letras de molde Diógenes Laercio: “Callando se aprende a escuchar, escuchando se aprende a hablar y hablando se aprende a callar”, una pescadilla que se muerde la cola. Ergo, cuente, mida y pese qué palabras tiene previsto usar y calle las que tenga que dejar en el tintero y diga las que deba urdir.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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