El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El malentendido

EL MALENTENDIDO

“(…) Que se condicione o se dicte lo que debemos filmar, pintar, escribir, qué temas debemos tocar y desde qué posición, es totalitarismo, no hay otra palabra. (…) Durante décadas los autores españoles tuvieron prohibidos por la censura franquista asuntos, posturas, términos (recuerdo que un censor le objetó a Benet ‘muslo’ en un párrafo)”.

Javier Marías, en “Hollywood soviético”, artículo publicado en la página 114 del número 2.300 de la revista EL PAÍS SEMANAL, del domingo 25 de octubre de 2020.

Cuando a uno le faltan treinta y cinco días cabales para llegar a cumplir 59 años sin haber conseguido aún el reto de hacer un 69 completo (llamo de esa guisa al brotado, canalizado y alcanzado libremente, sin haberlo pactado con antelación ni habérselo sugerido a la pareja), pero, asimismo, sin haber perdido la ilusión de coronarlo, seguramente, con quien el atento y desocupado lector (ella o él) de estas líneas imagina, pronto, al susodicho, servidor, ya no le resulta tan difícil hablar o trenzar a propósito de un suceso de su pasado que le resultó de una injusticia notoria, insoportable, apodíctica, hasta que el pequeño homenaje que me tributó una alumna memorable (con cuyo parecer abundaron más tarde las veintisiete discentes restantes, a quienes también se les requirió su opinión) y memoriosa, Cristina (nunca olvidaré su nombre de pila, porque me salvó, amén de haber caído en una depresión inmerecida, de la pira a la que, sin siquiera haber sido escuchado, ya había sido condenado a morir sin remisión), nieta o biznieta de Ireneo Funes, el proverbial personaje literario ideado por Jorge Luis Borges, me devolvió mi dignidad, que había sido hollada y vapuleada por culpa de un malentendido, y mi trabajo.

Yo no tendría que haber dado aquella clase de música, pero sor Regina, la directora del femenino (excepto los tres cursos mixtos de COU, dos de Ciencias y uno de Letras) colegio concertado, regentado por las monjas teresianas, me lo pidió por favor y acepté. La compañera, Delia, que tres jornadas a la semana corría con el control de aquella clase, destinada a honrar a la musa Euterpe, itero, “Dely”, hija única, había solicitado, además de los días que le correspondían por convenio, para asistir a la operación, un mes más, si era posible, de permiso, para poder cuidar de su progenitora hasta que esta pudiera valerse por sí misma, ya que había sido diagnosticada de un cáncer de colon, requería una intervención quirúrgica urgente y residía en la mayor de las Islas Afortunadas, donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, Tenerife.

Si no recuerdo mal, todo tuvo que ver con una pregunta que me formuló la mentada y bienaventurada Cristina, que me interrogó sobre qué les había llevado a varios cantautores a inspirarse en diversos poetas, cuyos poemas habían versionado musicalmente. Si la memoria no me falla, que puede (habría que localizar dónde reside o se halla ahora la susodicha, a quien he concedido el mismo adjetivo calificativo que Borges otorgó a su mencionado personaje, Funes, que según me comentó un día la propia interesada, habiendo transcurrido una década o más tiempo todavía de aquel suceso, a diferencia del protagonista de la celebrada ficción borgeana, ella no necesitaba un día entero para recordar otro, sino solo 16 horas, porque, en su caso, únicamente recordaba con absoluta y total fidelidad lo que le acaecía a ella durante las 16 horas de vigilia, porque, de las 8 restantes, las nocturnas, puede que para compensar, de los sueños que debía tener mientras andaba en los brazos de Morfeo, no le quedaba una sola estela o rastro alguno digno de recuerdo; y, por tanto, preguntarle a la Memoria andante por antonomasia o excelencia al respecto para que nos sacara de las aguas de la laguna Duda, llamada de esa guisa por la hesitación que generalmente causa dicho elemento, donde nadamos), para ponerles, al menos, un ejemplo clarificador, a mí me vino a la mente en ese preciso momento, un brete, solo una canción que le había escuchado entonar a mi padre varias veces, acompañado casi siempre de su proverbial guitarra, compuesta por versos octosílabos, que decía así (o algo muy similar): “Mi sobrino Luis Pascual / y su prima Encarnación / jugaban a la pelota / de la ventana al balcón. / Ella a su deudo decía: / ‘No me la tires tan fuerte; / me vas a hacer mucho daño / si me pegas en la frente’. / Al otro día supimos, / muy de pronto, de mañana, / que se la tiraba ella / desde el patio a la ventana, / y se la estaba tirando / como le daba la gana”.

Bueno, pues, como ha ocurrido tantas veces y, me temo (sin temer nada, sensu stricto, en concreto), tantas acontecerá, con una frase sacada de contexto, sospecho que una monja que pasaba por el pasillo debió escuchar con claridad meridiana, escandalizada, los dos últimos versos de la canción infantil y sin preguntarme a mí por el asunto en cuestión, fue como un rayo a contarle a sor Regina lo que había escuchado, que era verdad que lo había oído, pero no tenía nada de pornográfico o sicalíptico, como ella, eso es lo que barrunto, la hipotética monja, por su cuenta y riesgo, había colegido inoportunamente o malinterpretado y contagiado.

Cristina, cuando se enteró de mi expulsión fulminante, fue quien sacó a las monjas del grueso error en el que habían incurrido (en ese menester fue secundada por las respuestas coincidentes que dieron por escrito todas sus compañeras a la única y misma pregunta que les hicieron a todas ellas en lo tocante al tema sobre el que había versado la canción propuesta por el profesor sustituto, servidor, el juego con una pelota); y, tras disculparse por el malentendido solo la directora, fui readmitido y al día siguiente volví a impartir mis asiduas clases de Latín.

Nota bene

Confío, deseo y espero que el atento y desocupado lector (ella o él) de los renglones torcidos que preceden haya tamizado conveniente y oportunamente, del modo correcto, las palabras que ha escogido servidor. Aquí, en este texto, me ha hado por llevarle la contraria al alquimista Zenón, protagonista de “Opus nigrum” (“L´ oeuvre au noir” fue su título original en francés, 1968, que mereció el premio Femina de dicho año), de Marguerite Yourcenar, es decir, comportarme de manera opuesta a su habitual proceder, esto es, mojar la verdad en la salsa picante de la mentira para hacerla más digerible.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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