UNA REACCIÓN TIENE TODA ACCIÓN (II)
Tras coronar en la primera parte de este escrito cuanto me había propuesto llevar a cabo o hacer, un compendio, epítome o resumen de la película “Horizontes de grandeza”, sin olvidar nada que fuera, según mi modo personal y subjetivo de ver el asunto en cuestión, precipuo o principal, me dispongo a destacar a continuación aquellas partes del guion que me han llamado la atención por el motivo o la razón que fuera.
Los hermanos Hannassey, después de echarse unas risas y pasarse un buen rato a costa de la altiva y poderosa Pat Terrill y de su futuro esposo, un dandy (como le narrará enseguida Buck a Julia Maragón), esto es, culminada la fechoría susodicha, de vuelta en San Rafael, se dividen, pues mientras tres toman otra dirección, Buck se dirige a casa de la maestra para ver cómo está. Es interesante el final de la conversación que mantienen entre ambos. Antes de marcharse, Buck le dice:
—Pero no lo olvides: los Terrill no son amigos nuestros.
—Yo elijo a mis amigos —le replica Julia.
—No, eso no —le objeta Buck—; tienes que ponerte de un lado o de otro. No se puede jugar a dos paños. Se ha acabado la clase, pero volveré.
En la refutación que le hace Buck cabe advertir un claro precedente de lo que se conoce como la falacia lógica del falso dilema de Messala (cabe leer dicho nombre también con una sola ese), formulado así: “O estás conmigo o estás contra mí”, pues es el que le plantea el personaje de Messala a su amigo de la infancia (a quien le salvó la vida cuando eran niños), Ben-Hur, que devendrá pronto, por una mendaz acusación del tribuno, en enemigo acérrimo, en la película del mismo título, dirigida por William Wyler un año después de “Horizontes de grandeza”, en 1959. Con dicho apócrifo dilema disfrutan de lo lindo los que lo polarizan todo, los binarios, los dualistas duelistas, quienes tienden a reducir a dos puntos de vista o dos únicas opciones, el blanco y el negro, el amplio abanico de grises alternativos existentes, pero que, al ser tomados por improductivos, se desechan. Si le sacamos todo el jugo o aprovechamos bien las fuentes y el tiempo, podemos fijarnos en que los años de predicación de Jesús de Nazaret coinciden con los momentos que narra la propia película y constatar que la misma frase se la adjudican dos de los doce apóstoles, elegidos por Dios hecho hombre, a Él, pues así obra y puede leerse en los evangelios de Lucas 11, 23 (“El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama”) o Mateo 12, 30 (ídem).
A la mañana siguiente del “gran” recibimiento que Buck y sus hermanos tributan a Jim McKay (y colateralmente a Pat), el Mayor Terrill, junto con Steve y una veintena de vaqueros del rancho Ladder llegan, tras cruzar el Cañón Blanco, al poblado de los Hannassey. Mientras buscan a Buck y a Rufus, sin hallarlos, y el Mayor deja que sus hombres se diviertan amedrentando a los allí presentes, mujeres y niños, sobre todo, disparando incluso contra un depósito de agua, que queda hecho un colador, Mandy, ¿la esposa de Rufus?, le espeta al Mayor:
—¡Qué firme se siente a caballo, Mayor Terrill!, pero alguien un buen día le derribará de él (no hubiera desentonado que, en lugar de Mandy, la susodicha se hubiera llamado Casandra, pues sus palabras, con el paso del tiempo, resultarán proféticas).
Esas mismas palabras las hubiera suscrito el filósofo austríaco-británico Karl Raimund Popper, pues pensaba que lo propio, tres cuartos de lo mismo, solía pasarles a cualesquiera verdades que fueran tenidas por tales, ya que había comprobado, constatado de manera fehaciente, cómo todas ellas exudaban un carácter interino, provisional. Duraban o se mantenían en pie hasta que arribaban otras que las abatían o derribaban de sus pedestales y ocupaban, ipso facto, sus respectivos tronos.
Está claro, cristalino, que “Horizontes de grandeza” es una estupenda ficción, pues, entre el trabajo llevado a cabo por los varios guionistas que tuvo la cinta y las tareas del resto de los miembros del equipo artístico-técnico, lograron fundir o mezclar lo útil con lo dulce, o viceversa, como otrora había recomendado que se hiciera Horacio y dejó expresado en los versos 343 y 344 de su “Epístola a los Pisones” (también conocida por este otro título, “Arte poética”): “Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci / lectorem delectando pariterque monendo” (“Todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo aconsejándole, haciéndole pensar”).
Mantengo la impresión imborrable de que la primera vez que vi (y escuché) la cinta de marras el premio al mayor canalla de la misma se lo disputaban o pugnaban por llevárselo de calle Pat, su padre, el Mayor Terrill, y Buck Hannassey. Se lo acabé adjudicando al primogénito de Rufus por su empedernida cobardía, defecto que no exhibió el Mayor. Durante la enésima visión del filme (puede que mediatizado por la célebre frase de José Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, que ha prendido en mi pesquis una llama que no se apaga), he comprobado que, como la película es la misma, no ha cambiado, quien acaso ha mudado o perfilado su criterio o parecer he sido yo, que he aprendido a ver o fijarme más en algunos chispazos de cierta bondad en Pat y en su progenitor, que en las emisiones anteriores habían pasado inadvertidos a mis ojos. Verbigracia, el Mayor acepta sin dudar ni rechistar el reto final que le plantea Rufus y, antes, tras irrumpir, sin haber sido invitado a la fiesta de pedida de Pat en el rancho Ladder, portando un rifle cargado, Henry Terrill le deja que diga lo que sea; y reconoce, tras marcharse:
—¡Vaya!; ha estado retador en verdad. Si hay algo que yo admire más que un amigo fiel es un enconado enemigo (me pregunto si está buscada/o y esa era la pretensión de uno, dos o todos los guionistas que tuvo la cinta o, ¿nadie reparó en la bajeza que destila y el hedor o tufo que exhala dicho elogio?).
Algunas escenas más tarde, después de haberse dado puñetazos sin cuento en el reto que mantienen antes del amanecer Jim y Steve, los comentarios finales que hacen ambos contendientes son memorables, dignos de recuerdo:
—He de reconocer, McKay, que tarda un infierno de tiempo en despedirse.
—Yo lo doy por terminado, si le parece a usted bien.
—Me parece muy bien.
—Y ahora, dígame: ¿Qué hemos demostrado?
Me atrevo a contestar a dicha pregunta retórica (que son las que estimulan el pensamiento; no miento) con los dos versos endecasílabos que siguen, que intentan dar respuesta a dicha pregunta y me sirven para dar remate oportuno a la segunda parte de este escrito (pues, si no marro, he acopiado material suficiente para que haya una tercera): Que el rostro es el que sufre los rigores / cuando no deja rastro la prudencia.
Ángel Sáez García