El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La culpa es un botón que pone en marcha

LA CULPA ES UN BOTÓN QUE PONE EN MARCHA

LA MÁQUINA QUE EMPUJA A URDIR DE PEDRO

He leído en algún sitio (pero ahora no sabría decir, a ciencia cierta, ni cuándo ni dónde) que la culpa es el botón que, si lo pulsas, pone en marcha y/o apaga la máquina que nos empuja a escribir (o a dejar de hacer tal cosa) de nuestros padres. Juzgo que dicha certeza es inobjetable, apodíctica.

Eso es, al menos, lo que a mí me pasó y pasa con el padre Pedro María Piérola García, excelente persona (acaso no haya conocido y tratado nunca a otra mejor; ni siquiera mis amigos más dilectos, “los Luises”, que son la caraba, la repanocha, igualan su arrolladora personalidad) y, para mí, inolvidable Camilo, uno de mis más inmarchitables maestros (cuyo estro sigue inspirándome todavía), sin duda. Hoy, verbigracia, recuerdo fielmente, como si el hecho hubiera acaecido hace media hora, el primer día que me lo eché a los ojos. Coincidí con él en la cocina de mi casa, donde en estos precisos momentos, por cierto, trenzo estas líneas sobre él. Había venido a Tudela en un coche (supongo) de la Orden fundada por el santo que nació en Bucchianico di Chieti, Italia, desde Ázqueta, el pueblo donde nació, patria chica también de otro religioso Camilo, Jesús Arteaga Romero, extraordinario ser humano y tan buen profesor como su paisano, porque uno de los progenitores de Jesús (ignoro si la madre o el padre) había fallecido (QEPD); y, como eran vacaciones (desconozco de qué), mi hermano José Javier que, a la sazón, estudiaba en el seminario menor que ellos, los religiosos mentados, regentaban en Navarrete (La Rioja), estaba disfrutándolas en la capital de la Ribera Navarra con su familia, nosotros, y él formaba parte del coro, que dirigía allí, en el colegio, don Jesús, Piérola se desplazó hasta Tudela para pedirles a mis padres permiso para llevarse a Javi a Ázqueta a fin de que cantara en la misa de funeral de la tarde y traerlo a casa cuando el acto religioso terminara. Mis padres accedieron de buen grado.

No he visto jamás, ni siquiera a un cardenal de postín, portar un hábito negro o sotana tan impoluta como la que vestía Piérola aquel día, con una cruz roja en el pecho que, sin echar mano de las palabras, me decía “sígueme”, como Jesús de Nazaret sí adujo, oralmente, a sus discípulos/apóstoles.

Cierto mediodía de una jornada perteneciente (estoy casi seguro, pero no del todo) a la segunda mitad de la década de los 80 (puede que fuera el año 87, pero no lo puedo probar fehacientemente) vi por última vez vivo a Piérola en la Plaza de los Fueros o Nueva de Tudela. Era un día de sus fiestas patronales (puede que el día de la Abuela, nuestra patrona, festividad de Santa Ana, o sea, el 26 de julio). Bueno, pues ni siquiera me acerqué a saludarle. Recuerdo que, a la altura del cine Regio, hoy tapiado, extinto, cerrado, noté un pinchazo en el estómago y, en lugar de sentirme un rey, me sentí un siervo y hasta un esclavo, pero seguí subiendo la cuesta de la calle Miguel Eza y, aunque lo hice con una pobreza humana elocuente, no volví mis pasos para deshacer el agravio y poder coronar así lo que debería haber llevado a cabo, invitarle a comer en nuestra casa.

A veces, dado mi carácter, que tiende a ver lo positivo que hay en lo negativo, intento colarme de rondón una añagaza o engañarme con la sutileza de que ese pésimo gesto mío con él, indigesto, ha resultado provechoso para Piérola, porque, de esa guisa, me acuerdo a menudo de él, quizá más que si mi comportamiento hubiera sido el certero, correcto y esperado.

Siento profundo dolor de corazón por haber sido el artífice o actor de esa bajeza moral, llámese como se llame, insulto o agresión; y más, al comprobar que parte de ese escupitajo metafórico ha acabado manchando mis relucientes (ahora ya no) zapatos.

Nuestra historia personal está llena de lecciones, si uno sabe sacarles el jugo o provecho. De mis propios errores he aprendido que nos conviene desaprender para hallar luego el modo de decir y escribir que nos cuadra, encaja e identifica, nuestro estilo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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