El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Hay un vencejo en cada escritor libre?

¿HAY UN VENCEJO EN CADA ESCRITOR LIBRE?

Los vencejos”, la última novela que ha publicado (me enmiendo al instante, que Tusquets Editores le ha publicado a) Fernando Aramburu, pese a sus casi setecientas páginas, no es un centón; y tiene, atento y desocupado lector, ya seas o te sientas ella, ya seas o te sientas él, dos docenas o decenas de rendijas por las que se le cuelan, escapan o salen a relucir otras tantas anécdotas hilarantes, que hacen que, al pasar tu vista por ellas (o por las yemas de tus dedos, en el caso de que seas invidente y perita/o en el método braille), una de dos, o te rías a carcajada tendida, o lo hagas a mandíbula batiente, como eso mismo, seguramente, te sucedió cuando te llevaste a los ojos (o a las yemas de tus dedos) otras contenidas en el “Lazarillo” o en el “Quijote”.

He rehusado coronar o llevar a cabo mi primera pretensión o propósito, dar cuenta, al menos, de una de ellas, pues, como se sabe y asevera el dicho castellano, para muestra basta con exhibir o presentar un solo botón, porque no es mi intención destripársela a quien ahora lee estos renglones torcidos, siempre que ella/él no se me haya adelantado en la lectura detenida de dicha obra, claro, pues, en ese supuesto, no será extraño que coincida con ella/él, si ella/él ha tenido a bien expresar su criterio por escrito o verter su opinión antes de que servidor lo haya hecho aquí.

Los vencejos” no es el “Persiles” ni el “Buscón”, ni falta que le hace. Tiene  una enorme entidad propia, renuente a ser comparada y/o cotejada con otros textos. Le recomiendo encarecidamente a usted, lector decente, hembra o varón, que no cometa el error en el que seguro, auguro, incurrirán algunos lectores, al pretender confrontar esta obra con otras, propias del autor, anejas, o ajenas. Asimismo, le ruego con insistencia que no caiga en idéntica tentación idiota, si alguna vez cayó en parecida torpeza, al acudir a las páginas finales del libro a fin de conocer con antelación su colofón.

Desconozco si Albert Camus atinó o marró al redactar, al inicio de “El mito de Sísifo”, cuanto dejó escrito en letras de molde: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”. Tengo para mí que dio de lleno en el blanco o centro de la diana cuando trenzó esto otro: “No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”. Tal vez, dándole la vuelta al argumento que antes usaron otros autores, ellas y ellos, quepa aducir aquí, sin desentonar, que acaso el mejor amigo de un libro sea el lector honesto, hembra o varón, que puede volver sobre sus páginas leídas o pasos dados para recordar con fidelidad lo que no rememora ahora con precisión o para solventar una duda, pero jamás de los jamases se adelantó (y/o se hizo trampa). Puede que convenga traer aquí a colación cuanto, según narra el clásico mito grecolatino, le acaeció a Acteón, que el mal cazador fue o resultó fatalmente cazado.

Ignoro si José-Carlos Mainer Baqué (recomiendo que se lea con atención la crítica literaria que urdió sobre “Los vencejos” y apareció publicada en la página 3 del número 1.553 del suplemento Babelia, del diario El País, correspondiente al sábado 28 de agosto de 2021, donde hace un epítome ajustado de la trama de la obra) fue también profesor de Aramburu en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, como ese fue mi caso, pero, recordando qué dejó escrito Jorge Luis Borges al final de ese opúsculo suyo, tan citado, “Sobre los clásicos”, que un clásico “es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad” (unas líneas más arriba había sentenciado lo que quizá complete dicho argumento: “como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”), acaso convenga abundar con Mainer, que tiene una fina pituitaria para olfatear lo clásico, en que “Los vencejos” es “una admirable novela que volará alto y lejos”.

Cada lector, mutatis mutandis, hallará o verá en cada personaje de “Los vencejos” a una persona concreta, de carne y hueso, de su propia existencia, que casi casi cuadra o encaja con el tal. A mí me ha pasado, salvando las numerosas distancias y diferencias existentes entre ellos, verbigracia, con dos, sobre todo, con Patachula, de quien no conocemos su nombre de pila ni sus apellidos, pero le vienen, como alianza al dedo anular, los del padre camilo Jesús Arteaga Romero, aunque Patachula sostenga, desde el punto de vista religioso, tesis contrarias a las que mantenía y defiende quien contribuyó, en compañía de otros curas, a desasnarme en Navarrete (La Rioja). Y con Águeda, a quien, cambiando lo que debe ser cambiado, he identificado con una novia, estudiante entonces de Magisterio, que tuve en mi último año de carrera, que se llamaba Delia.

Por cierto, olvidábaseme apuntar (sin tener luego que disparar) lo desopilante, esto es, que ignoro la razón por la que Fernando Aramburu (lo hacía rico, tras publicar “Patria”), se ha visto en la difícil tesitura de tener que aceptar el pluriempleo, al comprobar servidor, el abajo firmante, de manera fehaciente, que copresenta (usando él el lenguaje de signos) las noticias del canal 24 Horas, de RTVE, donde suelo verlo, minimizado en la parte inferior derecha de la pantalla, a él, salvo que sea un sosia/s, como eso mismo le ocurre, por ejemplo, a José Ramón, en “Los vencejos”, el vivo retrato sin mostacho de su hermano gemelo, Patachula.

Si no lo ha hecho aún, lea la novela. Aprenderá y se divertirá. Yo la releeré cuando me toque, porque hay lista de espera en la biblioteca de Tudela (Navarra), según me han confirmado los dos bibliotecarios que trabajan esta tarde en ella, Pilar y Luis. Me considero un privilegiado al haber sido el primero en pasar mi vista por sus páginas. Espero que pueda releerla antes de que pasen seis meses, antes de la próxima Semana Santa. Por cierto, ¿la Semana Santa no conmemora la historia de un suicida, como asevera Patachula?

Prefiero ser un elfo a ser un ogro. Como me agrada el pelo de pendejo, salvo el que de mi boca echar no logro, digo que en ti, lector/a, hay un vencejo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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