¿UN ANAGRAMA DE LESBIA? ¡ISABEL!
“¿Y si el único que vive es el tiempo, el infeliz, el hastiado tiempo que necesita, para entretener su soledad, de criaturas breves que lo conciban?”.
Párrafo inicial de “Réquiem por el tiempo”, texto que el atento y desocupado lector (ella o él) puede leer en la página 115 de la obra “Autorretrato sin mí”, de Fernando Aramburu.
Vaya por delante que entiendo que algunos comentarios (que juzgo pertinentes, distintivos y relevantes) que me hacen lectores habituales (hembras y varones) contengan reproches (hacia mi persona) de este tipo: “Me has defraudado, Ángel. Te tenía colocado en un pedestal y ahora andas por el suelo, intentando recomponerte, uniendo tus muchos pedazos. ¡Qué poco tiempo te ha durado el duelo por la pérdida irreparable de tu amada Amanda! No ha pasado ni siquiera un mes desde el triste hecho luctuoso de su óbito, aún faltan unos días para que alguien enviada/o por ti, acuda al camposanto, a su tumba, y deje sobre su losa sepulcral el ramo de flores que habrás encargado y pagado de tu bolsillo, y solo Dios sabe a quién habrás pedido con encarecimiento que se lo lleve; y, ¡qué horror!, ya tienes sustituta para ella, si no te he malinterpretado: Isabel. Eres peor que Luzbel”.
O de este otro jaez: “No me cabe en la cabeza, Otramotro, que, habiendo fallecido tu amada musa chicharrera y dicharachera, Iris, esta siga apareciendo viva en tus escritos, sin antes habernos hecho partícipes a quienes te seguimos y leemos desde hace años del milagro seguro de su resurrección”.
A quien firma la primera opinión, Itziar (la taurina, a quien le gusta incluir en sus apostillas, al menos, una verónica de salón), debo confesarle la verdad (espero alegrarle el día; esa es mi intención; ya veremos luego si lo logro o no), que Iris/Amanda no ha muerto, pero sí lo ha hecho literariamente para mí (mutatis mutandis, me he limitado a llevar a cabo lo mismo que Pedro Sánchez hizo otrora con la vicepresidenta primera del Gobierno de España, Carmen Calvo, y ¿está haciendo ahora con su sustituta, de Calvo, Nadia Calviño, a quien está enterrando políticamente en vida?). En mi última estancia en el Puerto de la Cruz, por fin, durante mis recientes vacaciones “estiotoñales”, me convencí (del todo) de que era meramente imposible que Iris y yo pudiéramos tener y compartir una parte del devenir o futuro juntos. Y, así las cosas, lo mejor para ambos era cortar por lo sano. Ya debí haberlo hecho antes, pero como les tengo tanto cariño a estas líneas de Julio Cortázar (aparecen en el capítulo 28 de su magistral “Rayuela”), “probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, y la báscula, a pesar de que aparentaba estar vacía, aún registraba el peso de unos pocos gramos de esperanza, me animé a perseverar. El tiempo, ese juez implacable que da y quita razones, ha venido a sentenciar lo inapelable, el claro desajuste o la cristalina desigualdad existente entre ambos, esto es, que, si bien el platillo de la balanza que recogía mi amor por Iris estaba lleno, el platillo de su amor por mí estaba limpio de polvo y paja.
Al autor del segundo parecer, Ambrosio (el de la proverbial escopeta de feria, que, salvo en unas pocas ocasiones, en las que lo que apunta y dispara agrada, la inmensa mayoría de las veces lo que ella escupe no peta, ni mucho ni poco ni nada de nada), he de darle cuenta de lo apodíctico. Es incondicionalmente cierto que Iris, la musa que, a partir de una venusta fémina de carne y hueso, existente, creé y tanto me ha inspirado, dándome tanto juego literario, está viva. Pero, como voy a precisar Dios y ayuda para superar su falta y el subsiguiente duelo, confío, deseo y espero que el atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos entienda que es necesariamente válido que lo vaya haciendo paulatinamente, poco a poco, no de sopetón. Lo propio cabe aseverar, asimismo, de mi nuevo enamoramiento, el de Isabel, nombre que no es sino un anagrama de Lesbia (Clodia), la musa de varios, selectos y dilectos (por mí) poemas de Catulo.
Ángel Sáez García