DONDE LA DICHA BROTA A MANOS LLENAS
CUATRO VELITAS POR CAMILOS CUATRO
El pasado miércoles 8, festividad de la Inmaculada Concepción, como homenaje y recuerdo a una bella, por buena, persona (se los ganó a pulso ambos el religioso camilo Jesús Arteaga Romero), mi amigo Pío Fraguas, su esposa Diana, un nieto de esta última, Jordan, y servidor, en el Clío de Pío nos desplazamos adonde otrora fuimos inmensamente felices, adonde estuvo ubicado el seminario menor que regentaron antaño los religiosos camilos y hoy cabe hallar el hotel “San Camilo”, es decir, a la villa riojana de Navarrete, y volvimos a frecuentar los espacios donde la dicha, si habíamos preparado a conciencia nuestra piel, como así habíamos hecho, comprobamos, una vez más, que brotaba a manos llenas, a raudales.
Nada más acceder al recinto y recorrer el corto camino que llevaba al hotel, Pío estacionó su Clío en el aparcamiento. Nos abrigamos, porque el cierzo soplaba con fuerza, y, sin pedir el preceptivo permiso, como le aconsejé que hiciéramos a Pío, pisamos el campo de fútbol de hierba y nos dimos un garbeo por los alrededores. Subimos la rampa y las escaleras y yo, al menos, me llevé una sorpresa mayúscula, porque las antiguas piscinas, vacías, me parecieron más grandes de lo que yo las recordaba. Nos percatamos de que en el verdor adyacente, de la parte más cercana, que rodeaba sus límites habían surgido unas cuantas setas, que gozaban de una pinta estupenda y, pensé, con la grata compañía de un par de huevos fritos serían un estupendo almuerzo, verbigracia.
Diana no se cansó de hacer fotos con su móvil. Subimos la escalinata de la entrada al edificio central y accedimos al vestíbulo del hotel. A la señora que estaba en recepción, tras darle los buenos días, le dijimos que éramos exalumnos del colegio y le pedimos (ahora sí) permiso para echarle un vistazo a la parte posterior y acercarnos a la “casa blanca” (que tenía el mismo color que la fachada del establecimiento hotelero, rojizo), así la llamábamos entonces, deteriorada en algunas partes.
Tras darnos una vuelta rauda, porque, aunque hacía un día radiante, Eolo soplaba de modo gélido, regresamos para tomarnos un café. Mientras nos lo estábamos tomando en el antiguo comedor, aparecieron por allí Antonio Alcalde, exalumno también, y su pareja, que habían hecho noche allí y estuvimos departiendo amigablemente con ellos durante unos minutos, que se pasaron en un santiamén.
Pagamos lo consumido y nos despedimos de la camarera y de la recepcionista, porque ambas nos habían atendido con solicitud y se habían comportado con nosotros con exquisitez y afabilidad. Lo propio hicimos con Antonio y su pareja.
El tándem mentado arriba y nosotros cuatro abandonamos el recinto unos detrás de los otros. Nosotros, tras llegar al centro del pueblo y aparcar el Clío, no nos queríamos ir de Navarrete sin volver a contemplar el magnífico retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, pero, como, cuando llegamos, se estaba celebrando en esos momentos un oficio religioso, seguramente la Eucaristía, no entramos y pospusimos un rato la esperada admiración. Nos acercamos a la cafetería Matute, pero aún no había abierto sus puertas (tenía la persiana tres cuartas partes bajada). Así que encaminamos nuestros pasos hacia el Círculo Navarretano, abierto al público, donde nos tomamos cada quien lo que quiso.
Al cuarto de hora, poco más o menos, calculando que ya habría terminado el sacrificio incruento de la misa, subimos la cuesta hasta la citada iglesia y el asombro de otrora volvió, por arte de magia, a nuestros ojos de ahora, al contemplar de nuevo o por primera vez el admirable retablo barroco del siglo XVII. Pío me pidió un bolígrafo y escribió en un dietario o libro de notas, abierto y para uso público, con publicidad de la marca Coca-Cola, tachada con bolígrafo azul (intento inútil, fútil, pues destacaba aún más la mencionada marca), unas líneas en recuerdo de Arteaga; y yo, rememorando viejos tiempos, escribí, algo parecido a esto: “Hoy, festividad de la Inmaculada Concepción, como era tradición, a la sazón, celebrar en dicho día el festival de la canción en el colegio, donde pasamos nuestro Cielo en el planeta Tierra, nos hemos desplazado Pío Fraguas y un servidor a Navarrete para homenajear a Piérola, Pellicer, Puerto, Arteaga y demás, excelsos profesores y personas”.
Pío encendió en el interior de la iglesia cuatro velitas, cuatro; y, como, a veces, es mejor no preguntar que hacerlo, no le interrogué si había culminado el hecho con el propósito de que nos iluminaran a nosotros, los tudelanos desplazados, o sirvieran de sufragio para las almas de los cuatro camilos mencionados arriba, memorables maestros fallecidos.
Comimos (y nos chupamos los dedos) en el restaurante “Sancho”. He de reconocer la verdad pura y dura, que hacía muchos años que no había comido unas patatas a la riojana tan exquisitas. Tras pagar y encontrar el gorro que había perdido Jordan, nos tomamos un café en la “Matute”. Charlamos con el camarero/¿dueño? del establecimiento, pagamos, nos despedimos y emprendimos el viaje de regreso a la capital de la ribera de Navarra, yo, al menos, contentísimo, con el corazón henchido, por haber rezado, sin haber tenido que superar una carrera de obstáculos, un padrenuestro, un avemaría y un gloria en recuerdo de los camilos finados. Y es que, a pesar de que me confiese ateo, siempre acierta a hallar una grieta o rendija por la que colarse en mi persona(lidad) y manifestarse el creyente que fui, dando fiel testimonio de mi ápice o pizca de fe férrea e indeleble.
Ángel Sáez García