Si alguien me preguntara por mis costumbres lectoras, verbigracia, ¿a qué autores leo habitualmente en los diarios y las revistas de papel?, que hasta este instante del día de la fecha nadie lo ha hecho aún, le contestaría, de buen grado, la verdad, que durante el finde, nunca, o sea, jamás de los jamases, me pierdo a mi póquer de ases predilecto, preferido, esto es, que no dejo de pasar mi vista por las columnas que publican en EL PAÍS Fernando Savater y Daniel Gascón los sábados, ni los “PALOS DE CIEGO”, que firma Javier Cercas, ni “LA/S ZONA/S FANTASMA/S”, que rubrica Javier Marías, ambos los domingos en EL PAÍS SEMANAL (EPS).
Amén de cuatro escritores, como las copas de sendos pinos, cada uno de ellos especialista o perito en su ámbito o campo del saber, los considero cuatro intelectuales a la antigua usanza. Me consta que cada uno de ellos tiene su ideario propio, personal, que no esconde, pues se trasluce, o cabe conjeturarlo o entreverlo, de las opiniones que vierten en sus escritos, pero eso no es un óbice insalvable, es decir, no les impide (si lo consideran pertinente) criticar (aduciendo razones para reforzar cuanto ven bien y/o mal del actor o autor o de la obra), de manera libre y sensata, sobre todo, censurando las imbecilidades o estupideces ajenas.
A veces, a los argumentos, como les ocurre a algunas armas de fuego, los carga el diablo, y cuando las balas o los proyectiles salen proferidos o disparados, uno no es totalmente consciente del estruendo mayúsculo que hacen, ni del retroceso, hasta que este se experimenta, ni del lío en el que a quien los ideó y adujo lo meten. Eso es lo que coligió (dando de lleno en el blanco o centro de la diana o marrando; el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, decidirá o juzgará, según razone, argumente y sea su criterio) servidor, cuando terminó de leer el artículo titulado “El lenguaje de la mentira”, de Javier Cercas, que leyó y releyó ayer, domingo 12 de diciembre de 2021, en la página 8 del número 2.359 de EPS.
Cercas concluye su texto de esta guisa: “(…) En cuanto a mí, me conformaría con que, antes de usar la palabra ‘anticapitalista’ referida a la CUP, antes de escribir ‘unilateralismo’ o ‘desjudicializar’, no digamos ‘derecho a decidir’, quien vaya a hacerlo piense que así se contribuye a difundir mentiras. Y que, para que la verdad vuelva a Cataluña, no basta con descolonizar las instituciones y la sociedad; antes hay que descolonizar el lenguaje: hay que volver a llamar a las cosas por su nombre”.
Cercas se ha visto en el brete de tener que echar mano del engorro de mentar esas barbaridades, disparates o engendros para combatir los embelecos, manifiestos caballos de Troya, que acarreaban o contenían. Y es que, si no nos ponemos de acuerdo en lo mínimo e imprescindible, de qué estamos hablando, aunque discrepemos abiertamente de la significación que concedan o den a las palabras y los sintagmas que usen nuestros adversarios u oponentes intelectuales en sus asertos, ¿cómo vamos a argumentar razones de peso, al objeto de refutar y abatir o derribar sus argumentos, si antes no hemos logrado desnudar y desenmascarar ese cúmulo de sofismas que utilizan?, que es, precisa y preciosamente (salvo por el detalle, que afeo), lo que Cercas hace en su texto.
Para mí es una bendición y un placer intelectual leer a Cercas en EPS los domingos, por lo general, de manera quincenal, incluida la última ocasión, aunque en esta haya caído en pública y notoria contradicción, según mi parecer. Si el resto, sus lectores asiduos, lo hacemos con relativa frecuencia, cómo no vamos a entender que, ocasionalmente, de cuando en vez o de vez en cuando, Cercas cojee (eso lo hace humano, más humano; como no lo conozco, confío, deseo y espero que, en el supuesto de que sea cojo, me perdone, ipso facto, el comentario, hecho sin mala intención, pues lo ignoraba; aunque a Quevedo, un coñón de marca mayor, que renqueaba, como es sabido, si la anécdota ocurrió tal y como se narra, no le importó importunar a la reina consorte, Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, diciéndole en un pareado, compuesto por un verso endecasílabo y otro heptasílabo, lo que nadie osaba aducirle en palacio, que era coja: “Entre el clavel blanco y la rosa roja / su majestad escoja”), sin duda, o caiga en alguna incoherencia.
¿Quién nunca ha cometido un yerro grueso?
Ángel Sáez García