NUESTRO MUNDO ANDA AL REVÉS, BOCA ABAJO
El último día del año pasado (¿debido a la festividad de san Silvestre?, de manera asilvestrada), a la altura del cerrado cibercafé “Praga” (donde otrora pasé a ordenador tantos textos escritos por mí en casa en mis habituales medias cuartillas amarillas), o sea, en la acera de los pares de la Avenida de Santa Ana, a eso de las doce pasadas del mediodía, cuando regresaba de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, donde, tras pasar a ordenador lo trenzado por mi puño y letra, me había despedido de Luis Lucas, porque, según entendí, pero acabo de comprobar hoy, lunes 3 de enero, cuando paso estas líneas, que mal, porque hace un buen rato lo he saludado en el lugar donde coincidimos, la susodicha biblioteca, que tomaba unas jornadas de asueto y le deseé que pudiera volar con su esposa sin problemas al lugar al que ambos habían decidido y elegido, de consuno, desplazarse para vacacionar, me paró una señora, a la que, como yo, cuando deambulo o callejeo, mentalmente voy midiendo versos, pergeñando o pescando ideas, como solía hacer el peripatético Aristóteles en el liceo con sus alumnos, no entendí qué me decía al principio. A los pocos segundos, tras la mascarilla, advertí y caí en la cuenta de quién se trataba, de la vecina de arriba, que, en lugar de aprovechar la ocasión para pedirme perdón por tantos ruidos como generan, me reprochaba que hubiera llamado tantas veces al 092, a la policía local o municipal, cada vez que montaban una juerga, fuera seguida o no de bronca, como eso, por cierto, sucedió el día de la Navidad pasada, de madrugada. La primera vez llamé a las 03:02 por el jolgorio o la jarana; la segunda, a las 04:55 por la escandalera. En la primera, el policía con el que contacté me comentó que sus compañeros, atareados, vendrían cuando pudieran, para poner fin a la farra; en la segunda, uno de ellos acudió, raudo, como el rayo, y comprobó, en la misma entrada, qué ocurría arriba.
Supongo que el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, se habrá quedado anonadado y tan incrédulo como quedó santo Tomás, al oír qué le narraban sus compañeros, los discípulos y apóstoles, que el maestro, Jesucristo, resucitado, se les había aparecido, manifestado y hecho presente entre ellos, mientras él estaba ausente.
Hubo dos testigos de lo sucedido y contado arriba, que presenciaron el final del incidente desagradable, Angelines y Ángel, su amigo, a quien conocí entonces. Comenté con ellos que nuestro mundo anda al revés, boca abajo.
Terminé la breve conversación que mantuve con la vecina de arriba aduciéndole, enfadado, que llamaría todas las veces que hiciera falta a la policía municipal, al 092, sobre todo, cada vez que infringieran la normativa, pues, al parecer, no saben que España es un Estado de derecho, donde las ordenanzas municipales también son de obligado cumplimiento.
¡Manda narices la cosa o el caso! En lugar de pararme en medio de la calle para disculparse por el extenso rosario de comportamientos insolidarios, faltos de empatía, inconcusos agravios, del que servidor ha sido diana u objeto, me para la vecina para echarme en cara que, para hacer valer mis derechos (y es que estos, si no se ejercen, se anquilosan), el principal de todos ellos, a descansar, llame al cuerpo policial que debe hacer que la ley se cumpla y esta se haga cumplir a rajatabla.
La próxima vez que ocurra el hecho, en realidad, el deshecho, si es que acaece, he pensado qué les voy a solicitar con especial encarecimiento, para que quede constancia del desmán.
Al parecer, que conste que yo, ignorante de mí, lo desconocía, la Constitución Española de 1978 la tenemos que cumplir todos los españoles, salvo ellos. Ellos tienen bula para hacer lo que les venga en gana, y los demás vecinos no podemos. ¿Que qué autoridad les ha concedido dicha prebenda o privilegio? Pásmese, usted, lector, hembra o varón, ellos mismos lo han acordado y autorizado. Tener conocimiento del despropósito me ha hecho rememorar un pensamiento de Anne Dudley Bradstreet, en concreto, el que dice así: “La autoridad sin sabiduría es como un pesado cincel sin filo; solo sirve para abollar, no para esculpir”.
Solo le veo una cabal y rauda solución al problema, que se ha enquistado, que a los vecinos de arriba la verdadera autoridad les dé un toque y haga que se palpen el bolsillo, esto es, que un juez (ella o él) tome cartas en el asunto, abra diligencias, conozca el caso en profundidad y sentencie lo ajustado a derecho, para que el pagano, el vecino de abajo, servidor, no tenga que padecer, ad infinitum, in aeternum, sus excesos.
Ángel Sáez García