CABE EN EL SACRIFICO HALLAR EL MÉRITO
Dos minutos antes de que dieran las doce del mediodía en el reloj que lleva incorporado mi sencillo teléfono móvil (si el atento y desocupado lector, bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él, de estos renglones torcidos, tras leer estas pocas palabras, ha colegido que no porto reloj de pulsera ni de bolsillo, debo confirmarle cuanto confiaba, deseaba y esperaba leer, que ha atinado), el sábado pasado 9 de abril de 2022, como otro tanto acaeció en ocasiones precedentes, acudí al Palacio Decanal, donde se celebró el acto de entrega de los premios y diplomas a los poetas (ellas y ellos) galardonados y finalistas (algunos participantes, asiduos a las sucesivas convocatorias del citado premio poético, recibimos ración doble, porque, en ese mismo momento, se nos concedió el diploma correspondiente al certamen anterior, porque, debido a la diuturna pandemia de la Covid-19, dicho acto de entrega se tuvo que suspender) del Sexto Concurso Poético en Honor a Santa Ana, convocado por la Congregación de Santa Ana de la ciudad de Tudela (Navarra).
Un día antes, el mismo y otro después de la citada fecha, varias personas que habían tenido conocimiento del hecho y se me acercaron lo hicieron para argüir la misma monserga de siempre, un infeliz, ingenuo e injusto reproche, tanto hacia mí como hacia el resto de los aspirantes: ¡A ver cuándo ganas uno de los tres primeros premios, los que llevan aparejado cheque, guita, pasta! Y yo pensé, pero no dije (bastante molesto ya con mis dardos y zumbas hirientes): ¡Manda narices! ¡Cómo si cada uno de los que nos presentamos al citado certamen y no lo ganamos no lo hubiéramos hecho con el ilusionante y lícito propósito de aspirar a ganar el máximo galardón!
Juzgo que la Congregación de Santa Ana, por una de estas dos razones de peso, o por propia iniciativa, o siendo bien asesorada (o por ambas, una suma de las dos, opción que cabe no descartar), acertó o dio de lleno en el blanco o centro de la diana al decantarse por premiar con un diploma a todos los autores de los poemas seleccionados como finalistas por el Jurado, hubieran obtenido galardón dinerario o no, y publicándolos (con la inestimable ayuda de la Obra Social “la Caixa”), que es una estupenda iniciativa para lograr dos objetivos, contribuir y favorecer la extensión de la cultura y promover una doble devoción (laica y religiosa, no se sea creyente o sí) por la poesía y por la Patrona de Tudela, Santa Ana, la Abuela.
Aunque sé que alguno de los mencionados arriba (me refiero a los adictos o asiduos a la cantilena o cantinela de marras, que cuando no aburre cansa y cuando no harta hastía), pero no nombrados (he seguido aquí el consejo que airea quien alega que conviene decir el pecado, pero no la gracia de pila del pecador), tomará estas palabras por lo que no son ni representan y acarrea este latinajo, excusatio non petita, accusatio manifesta (“excusa no pedida, acusación manifiesta”), por si le son útiles o sirven a alguno de los tales para mudar de criterio (marrado por atinado) y mejorar su actitud, se las brindo de buena gana y mejor grado. Tengo para mí que el DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio, trípode mágico, del que hacía mucho tiempo que no trenzaba, por buscar y hallar la belleza y la verdad, puede dar sentido a una vida, sin tener en cuenta o tomar en consideración cuál sea el resultado, bien una victoria inapelable, por ser la decisión del jurado unánime, bien una derrota enojosa o, su opuesta, gloriosa. Eso mismo, verbigracia, sostuvo Giordano Bruno en su primer diálogo filosófico, “La cena de las cenizas” (1584), al aducir el filósofo italiano que lo importante no es salir del desempeño o quehacer victorioso, sino culminar su tarea con dignidad: “No solo merece honores el único individuo que ha ganado la carrera, sino también todos aquellos que han corrido tan excelsamente como para ser juzgados igualmente dignos y capaces de haberla ganado, aunque no hayan sido los vencedores”. Tesis similar sostuvo, varios siglos después, Mohandas Karamchand Gandhi, “Mahatma” (“Alma grande”, en sánscrito e hindi): “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”. En la misma idea abundaba el Premio Nobel de Física en 1921, Albert Einstein: “El éxito es directamente proporcional al esfuerzo”.
Ciertamente, como queda aseverado arriba, en las líneas del párrafo que he citado de la susodicha obra de Bruno cabe hallar, asimismo, el cimiento o fundamento del acierto de la Congregación de Santa Ana.
Ángel Sáez García