El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Nadie negar puede lo inobjetable

NADIE PUEDE NEGAR LO INOBJETABLE:

ES LA REALIDAD MUY APROVECHABLE,

COMO, DURANTE LA POSGUERRA, EL CERDO

Nadie puede negar lo irrefutable, que el hombre un animal es de costumbres. Así que a nadie extraña que se airee que el tal hace bondades/maldades por mero hábito.

Ayer, después de cenar, recoger, fregar y secar los pocos cacharros que usé, me puse el pantalón y la camiseta del chándal, las zapatillas y, tras depositar la bolsa de basura, en el contenedor preceptivo, el verde, inicié mi asiduo paseo vespertino. Este suele ser positivo, productivo, pues, a veces, saludo, me paro y comento algo, lo que sea, con un amigo o conocido (ella o él) e intento, más tarde, sacarle a eso el máximo jugo, partido o provecho; a veces, me brota una idea (o dos), como lo propio se cuenta que le sucedía al filósofo peripatético, al estagirita, o sea, a Aristóteles, y luego le/s doy forma, modelo o moldeo.

Cuando llegué a la altura de la farmacia sita en la tudelana Avenida Instituto, que tiene entrada por los soportales de la acera que da a la plaza de Alfonso I “El Batallador”, al doblar dicho recodo, me di de bruces con Encarnita e Isabel, exvecinas, a quienes saludé. Me quedé pelando la pava con la primera, de Cabretón (La Rioja), el pueblo donde nació mi progenitora, Iluminada, interesándome, sobre todo, por el estado de salud de mi prima Elena, de la que ella es amiga íntima.

Tras despedirme y dejar la grata compañía de las dos féminas mentadas, cogí la no menos agradable de José Ángel T. y su hija, que llevaban la misma dirección que este menda, con quienes anduve unos metros, pocos. Mi medio tocayo tuvo la delicada gentileza de ofrecerme, antes de despedirnos, su casa (señalándome con el dedo índice de su diestra el portal donde reside), por si algún día tenía necesidad de ella. El ofrecimiento que me hizo, que antes solía proponerse con más frecuencia, como ha ocurrido con un montón de detalles dadivosos o un sinfín de gestos generosos, también ha caído, desgraciadamente, en desuso. A ver si aprendo ahora o recuerdo la lección que otrora asimilé y pronto hago lo propio, ofrecer mi casa a quien sea (si conozco a la persona concreta, mejor, para evitar llevarme luego un disgusto inesperado).

Yo hago con la realidad tres cuartas partes de lo mismo que hacían las familias de los pueblos en los años de la posguerra (y aun después) con el cerdo que cebaban durante al año, que lo aprovechaban todo (hasta sus andares).

La pasada noche, en uno de los varios sueños que he tenido (mientras descansaba plácidamente en los mullidos brazos de Hipnos), servidor formaba parte del jurado de un prestigioso concurso de poesía. De entre la decena o docena de poemas que había seleccionado, uno de ellos sobresalía entre los demás. Por medios ignotos, he tenido conocimiento de que la autora de ese poema era la hija de José Ángel T. Y, recordando lo que otros miembros de jurados han proferido, medio en broma, medio en serio, sin originar por ello ningún escándalo, que los premios literarios se convocan con la única finalidad de premiar a los amigos, me he dicho: Ya que no puedo conceder el galardón a José Ángel T., porque no se ha presentado al certamen, le otorgaré mi voto a su hija, que, además, ha compuesto un poema estupendo.

De bien nacido es ser agradecido. Y de mal nacido mostrarse ingrato. Como dejó escrito en letras de molde en “Charlas de café” (1920) Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina de 1906 (que compartió con el italiano Camillo Golgi): “Hay tres clases de ingratos: los que callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan”. Confío, deseo y espero que tú, atento y desocupado lector, ya seas o te sientas ella, ya seas o te sientas él, y yo hayamos asimilado, al menos, lo precipuo o principal, si no lo habíamos aprehendido antes, y jamás de los jamases seamos ingratos (ni de uno de los tipos, ni de dos, ni de los tres mencionados por Cajal).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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