FUENTE DE INSPIRACIÓN ES LA LECTURA
DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
“Justo es que el hombre agradezca el buen trato que haya recibido, porque el agradecimiento es siempre el que engendra agradecimiento. Quien se olvida del bien que se le haya hecho no es posible que sea nunca un hombre bien nacido”.
Le dice a Áyax su esposa, Tecmesa, en “Áyax”, tragedia de Sófocles.
Estoy plenamente convencido de que todo excelente autor acarrea un atento oyente de historias y/o un excelso lector (al menos, en soledad y silencio, en la intimidad, porque no siempre lo es leyendo sus textos en voz alta en público, por el cerval miedo escénico que, a pesar de sus ímprobos esfuerzos, no ha logrado vencer del todo; me consta) y de que la lectura de escritos ajenos es una de sus principales fuentes de inspiración. Eso es lo que acaeció, acontece y ocurrirá, me temo, mientras el mundo siga siendo como es, inmundo (aunque haya aquí, ahí y allí gestas o gestos altruistas, empáticos, generosos, que vengan a contradecir, de modo parcial, dicha tesis). Asimismo, he asumido, como apodíctica certeza radical, que el hacedor, de manera consciente o inconsciente, entre los párrafos que agavilla, gusta dejar arrumbadas u ocultas ideas o perlas, meros recién nacidos (hembras y varones) o huevos que, una vez estos empiezan a gatear y andar o eclosionan, favorecen que los lectores más aventajados o avispados les saquen todo el jugo que contenían, el provecho adecuado.
Hace un mes, en el número 2.419 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 5 de febrero de 2023, en la página 8, bajo el marbete habitual de EL ATLAS DE PANDORA, leí la colaboración de Irene Vallejo, que ella rotuló así, “Fe de erratas”. Bueno, pues en ella, además de otros asuntos, narra un episodio concreto de “Áyax”, la tragedia de Sófocles, en el que el protagonista y héroe mencionado, despechado (al no haber recibido la armadura del finado Aquiles, a la que creía que se había hecho, por su ardor y arrojo guerreros, justo y digno acreedor), según Vallejo, “vuelca su ira contra unos rebaños de corderos que, en su delirio, confunde con los generales griegos que lo humillaron”.
Cervantes aprovechó dicho incidente, protagonizado por Áyax, en el capítulo XVIII de la Primera parte del “Quijote”. Irene escribe: “En su locura, el caballero manchego también confunde un rebaño de carneros y ovejas con un fiero ejército —las huestes de Pentapolín del Arremangado Brazo—”. Pero don Quijote le saca el máximo partido a la derrota que sufre, no tomándose el revés a mal, como Áyax, sino que “—a diferencia de Áyax—, lo asume sin tremendismos”. Y le aduce y sentencia a su fiel escudero: “—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas”.
Y, como no hay en el convento mejor maestro que fray Ejemplo, pondré otro, tan clarificador como el ofrecido por Irene Vallejo. Me apostaré doble contra sencillo (café o caña) con quien sea a que quien lea por primera vez o vuelva a leer el capítulo XXXII de la vida del divino Julio César, escrita por Cayo Suetonio Tranquilo, advierte en él una clara fuente o precedente irrefutable de “El flautista de Hamelín”, uno de los cuentos de hadas que recopilaron los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm. Leamos qué dejó escrito Suetonio en el citado capítulo del libro I de su obra “Vidas de los doce césares”, donde el mentado historiador hizo una prosopografía y una etopeya indelebles de quien dio un giro radical al destino de Roma: “Cuando permanecía vacilando, un prodigio le decidió. Un hombre de talla y hermosura notables, apareció sentado de pronto, a corta distancia de él, tocando la flauta; además de los pastores, soldados de los puestos inmediatos, y entre ellos trompetas, acudieron a escucharle; y arrebatando entonces a uno la trompeta, se encaminó hacia el río, y arrancando vibrantes sonidos de aquel instrumento, llegó a la otra orilla. Entonces César dijo: —Marchemos adonde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. La suerte está echada”.
Ángel Sáez García