¿CERRAR CON LLAVE EL BAÑO QUÉ DEMUESTRA?
Esta pasada noche no, sino la madrugada correspondiente a la cabal semana pretérita (y, por ende, me refiero a la del 19 al 20 de junio de 2023), soñé que tenía previsto acudir a una manifestación reivindicativa de derechos. Había preparado para exhibir en dicho acto una pancarta en la que, en letras medianas, legibles a cierta distancia, cinco o seis metros, por delante, podía leerse, en la parte superior de la misma, lo que había redactado este menda en letras mayúsculas y color negro, sobre fondo blanco, esto:
PREFIERO TAZA LIMPIA A SUCIA; Y, EN SU DEFECTO, DISPONER DE PAPEL HIGIÉNICO PARA LIMPIARLA Y PODER SENTARME EN ELLA.
En el centro aparecía dibujado un inodoro (por cierto, qué irónico fue quien medió para conceder a dicho aparato semejante nombre, inodoro, que significa que no tiene olor; se lo puso, seguramente, cuando este aún no había sido usado, claro) de la marca Roca.
En la parte inferior cabía leer esto otro:
CERRAR EL BAÑO CON LLAVE, ¿NO DEMUESTRA FALTA DE EMPATÍA Y DE SOLIDARIDAD?
Por el dorso de la misma, podía leerse lo siguiente:
QUIEN SE DESGAJA DEL GRUPO PARA COMER APARTE SUELE HACERLO PARA COMER DISTINTO DEL RESTO, O MEJOR O MÁS. PERO QUIEN SE APARTA Y ENCIERRA PARA DESCOMER E IMPIDE QUE OTRO TANTO PUEDAN HACER LOS DEMÁS, ¿QUÉ QUIERE? ¿PREBENDAS, PRERROGATIVAS, PRIVILEGIOS?
Sin que hubieran llegado a la bajera mis allí citados heterónimos, que me iban a echar una mano y a favorecer que nos pudiéramos turnar a la hora de portar sus postes, se acabó el sueño.
Habrá lectores que no entiendan el significado de este sueño, pero para mí la interpretación onírica del mismo, sin ser servidor psiquiatra ni psicoanalista y carecer de diván donde poder tumbarse el relator de sueños, está chupada, o sea, es fácil.
Aviso de que voy a ser aquí escatológico (no por la vertiente religiosa, sino por el lado excrementicio); por si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos, prefiere dedicar sus proyectados minutos de lectura a otro asunto o menester menos asqueroso, merdoso o inmundo.
He aquí la exégesis. El inmediato lunes pretérito, después de pasar a ordenador buena parte de lo que servidor había trenzado durante el finde, tras hacer las oportunas copias de los diversos textos, cumplida la tarea autoimpuesta, antes de recoger los materiales y marcharme a casa, a fin de poder vaciarme la bolsa de la ileostomía en condiciones (no es lo mismo hacer dicha operación de pie que sentado; para poder sentarse en las tazas de los baños públicos de la planta calle hay que limpiar las susodichas previamente y, a veces, el papel para llevar ese avío a cabo es escaso o brilla por su ausencia), decidí evitar ese farragoso proceso y pedirle a Luis Lucas, uno de los bibliotecarios, que me abriera, por favor, la puerta del baño del pasillo de los ascensores (por cierto, el silencio administrativo, en lo tocante a aquella petición que hice, hace tres meses, de poder usar uno de los citados baños, persiste; pronto lo calificaré de diuturno, o sea, “que dura o subsiste mucho tiempo”, según define dicha voz el Diccionario de la lengua española, DLE; sigo sin recibir contestación al respecto, ni aprobatoria ni denegatoria), en la primera planta de la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”; lo que se avino a hacer, de buen grado. Al abrirla, ambos nos percatamos de que el retrete o váter de la izquierda se hallaba ocupado, porque la luz estaba encendida; así que yo me metí en el de la derecha, quedando libre el del centro.
Quien ocupaba el baño de la izquierda acabó la faena antes que yo. Escuché cómo se lavaba las manos y cómo se las secaba con papel y, al marcharse (él pudo comprobar al salir, como lo propio había hecho yo al entrar, qué error, qué horror, ¿quién dijo que la vida no es un eterno retorno?, que me dejaba encerrado dentro de él, al cerrar con llave el baño. Así que, cuando yo quise salir, no pude, Llamé varias veces al teléfono de la biblioteca, pero, lamentablemente, escuchaba la voz de Luis en un mensaje grabado (conviene llevar el móvil encima para solucionar problemas de este jaez u otro tipo, aunque este no se logre solventar o resolver, como fue mi caso, por dicho cauce). Así que decidí hacerme oír y golpeé varias veces con los nudillos de mi diestra en la puerta del baño. Por fin, apareció la responsable del archivo municipal, Beatriz, que abrió la puerta y pude salir, no sin que me afeara el hecho de haberlo usado.
Confío, deseo y espero que la exégesis del suceso onírico (con el aporte detallado del singular antecedente acaecido, del episodio real) haya quedado suficientemente explicada, aclarada. Y que no vuelva a quedarme encerrado en más váteres. Suman tantas que la gente, en el supuesto de que me acontezca de nuevo otro percance semejante, no se lo va a tragar. Y creo, a pies juntillas, que no le faltará razón.
Ángel Sáez García