AYER VOLVÍ A VER EN LA TELE A SÁNCHEZ
LO POCO AGRADA O GUSTA, LO MUCHO HARTA
A veces, las lecciones mejores, las verdades más diuturnas o duraderas en el tiempo, no las recibimos (quiero decir que no nos las impartieron), como acaso cabría esperar, de un catedrático (ella o él) en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, sino de un iletrado (hembra o varón), un pastor inculto, verbigracia. Eso, precisamente, es lo que leí en un texto que llevaba la firma de su autor, que fue galardonado con el prestigioso Premio Nobel de Literatura de 1998, el literato luso José Saramago, quien redactó en letras de molde las líneas en las que aseveraba que la persona de la que más había aprendido en esta vida tenía esa condición, era un analfabeto, pero muy inteligente (y es que se puede ser ambas cosas a la vez, aunque haya a quienes eso no les cuadre ni les entre en sus respectivas molleras); pues la vida puede ser una estupenda, magnífica y surtida biblioteca, una inesperada Universidad, que no te concede acreditación académica alguna, pero sí, si estás atento a cuanto te ocurre y a cuanto sucede (o, en su defecto, vale igual un anagrama suyo, seduce) a tu alrededor (en las antípodas o allende los mares), experiencia, que, por ejemplo, para mi piadoso progenitor, Eusebio, amén de un grado sin título, insisto, mero accésit o mención honorífica, impecune, era y es madre y maestra de la ciencia.
Hace algunos lustros (llevo veintitantos años sin novia física, real), me brotaba o daba por besar con sumo cariño las mejillas de mi progenitora, Iluminada. Ahora bien, cuando esta demostraba estar hasta la coronilla o el gorro de tanto ósculo mío, harta, ahíta, me solía espetar: “Ya está bien, hijo mío; que eres un canso, un cargante”. Si el atento y desocupado lector hubiera tratado a mi madre y hubiera escuchado sus enjundiosas respuestas, seguramente, hubiera advertido que en ellas sobrenadaba o surfeaba la voz de la experiencia. Y el reproche que me hizo (porque me lo había ganado a pulso) otrora podría servir hoy o mañana a otras/os. Mi madre no era iletrada, pero había acudido a la escuela lo justo (una injusticia, en toda la regla, sin duda) para aprender a leer y escribir.
Por lo que este menda ha colegido (no sé si he deducido bien, lo cabal o correcto, o mal, lo indebido; el sabio lector dictaminará y dirá), vivir en el Palacio de la Moncloa, donde reside el presidente del Gobierno de España y su familia, debe ser una bendición en toda la regla, tiene que llevar aparejado poder disfrutar de equis prebendas o privilegios, porque a Sánchez, al parecer, le entró el pánico ante la posibilidad de perderlas/os, nada más sentir que podía salir, antes de lo previsto, de él; y tras constatar, al conocer los resultados que habían arrojado las elecciones autonómicas y municipales, que podía perder el sillón (de mando; es decir, seguir sentándose en él, que alguno habrá, barrunto; desconozco el hecho, porque nunca fui invitado a visitar dicho recinto), convocó comicios generales y solicitó a Alberto Núñez Feijóo media docena de debates, uno por semana, a fin de darle la vuelta a la tortilla de la realidad política, que le había sido adversa al PSOE y, por ende, a él. Seguramente, entonces, en ese preciso momento, no recordaba que él le negó a Casado un solo cara a cara en 2019.
¡Qué desesperado tenía que estar (al menos, eso es lo que ha aparentado y a mí me ha parecido) quien se ha pasado toda la legislatura sin acudir a los programas de radio y televisión que no le eran afectos, de su cuerda, y compareciendo muchas veces sin admitir preguntas de los mass media; y ahora sale hasta en la sopa; yo, sin ser notario ni secretario judicial, quienes dan fe privada y pública, me hallo en disposición de certificarlo, pues lo he visto varias veces, entre fideo menudo y fideo gordo, o sea, entre anuncio de pasta de fideos y anuncio de pasta de dientes!
¿La gente se cansará de Sánchez? ¿Le dará este la vuelta al statu quo, estado de las cosas, a las encuestas? Si damos tiempo al tiempo, lo veremos. Ahora bien, si consigue la machada, hazaña o gesta, no le faltará, como merecida enhorabuena o parabién, mi ¡chapeau (sombrero al que acaso le sobre el signo inicial de admiración, al acarrear y contener una voz francesa)!
Ángel Sáez García