El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Fungen de salvavidas ciertos libros

FUNGEN DE SALVAVIDAS CIERTOS LIBROS

Y PILAR, TERE Y LUIS, BIBLIOTECARIOS

De toda la flora y la fauna existente sobre la faz del planeta azul, la Tierra, bien sean una y otra terrestres, bien sean una y otra marinas, el ser humano es el único animal que fabula, y que ahuyenta las sombras que pare la noche, hallándose este alrededor del fuego, narrando cuentos; y que, gracias a la enseñanza y al placer que le reporta escuchar con atención estos relatos, aprende a solventar sus problemas, los más enquistados o arraigados y los más recientes.

Las historias, ya reales, ya ficticias, o una mezcla o hermandad de ambas, que un bululú o cuentacuentos narró, pasaron a ser relatadas por otros (aportando algo nuevo, enriqueciéndolas). Un ser humano contribuyó a guardarlas, como oro en paño, en su memoria; el mismo u otro se atrevió o juzgó oportuno escribirlas y hallaron amparo o cobijo en un libro. Ahora bien, como un bumerán, que, una vez que fue lanzado, tras describir una parábola, volvió al lugar de donde partió, alguna de las historias que contiene ese libro puede venir, antes o después, a salvar a una, dos o ene generaciones de hombres (sean hembras, varones o no binarios) del aburrimiento. Y, como se sabe, quien salva a alguien del tedio es digno de ser salvado, a su vez, del olvido.

Los libros, en sentido estricto, las historias que cuentan esos libros (que hacen más libres a quienes los leen; con más razón, si estos son clásicos, por supuesto), siempre han salvado la vida de quienes los leían y de quienes escuchaban a quienes los leían en voz alta. A cuantos lectores empedernidos (ellas, ellos y no binarios) les he preguntado al respecto, sobre el caso particular que nos atañe, me han contestado, básicamente, lo mismo, que más de uno, de dos y de tres los han salvado, en diversos momentos, la vida. Así pues, cabe argüir, a continuación, la tesis que se impone: los libros son salvavidas.

Hace muchos años, jugando con las palabras, que es lo que suelen hacer muchos literatos que leímos, leemos y (barrunto, intuyo o sospecho; de algo tiene que servir la experiencia) leeremos con gusto, basándome en la probable etimología que nos brinda Jorge Luis Borges en su opúsculo “Sobre los clásicos”, que, según él aduce, tiene su origen en el vocablo latino classis -is, flota (de barcos), a este menda le dio por escribir, poco más o menos, la definición de tal voz con estas líneas: clásico es el libro que, una vez lanzado al ancho mar de las pupilas (o de las yemas de los dedos de los invidentes, que han aprendido a leer en braille) siempre flota. ¿Acaso no hace eso mismo un salvavidas?

Esto es lo que le dijo a su amazona particular, la bibliotecaria ambulante de la Works Progress Administration (WPA), que, en el marco del New Deal, prestó excelentes servicios pedagógicos a la nación norteamericana entre los años 1935 y 1943, según narra su historia Irene Vallejo, en las páginas 400 y 401 de su celebérrimo ensayo “El infinito en un junco”, un joven lector: “Estos libros que nos trajiste nos han salvado la vida”.

Nota bene

   La cita entrecomillada del párrafo precedente, la del joven lector agradecido, me ha hecho recordar otro epígrafe famoso, no menos memorable, el de José Ortega y Gasset, que tantas veces he mencionado y tantas (me conozco) mencionaré (oralmente y por escrito): “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Por eso menciono en el subtítulo de este texto los nombres de pila de a quienes les estoy y estaré eviternamente agradecido, los de los tres responsables de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído