TENGO QUE RECHAZAR TU OFERTA, CERCAS
Muy conspicuo coñón, dilecto y distinguido Javier Cercas:
Acabo de leer tu último irónico y zumbón “palo de ciego” (me refiero al que porta el rótulo de “Frente de Liberación Chus Lampreave”) en la página 8 del número 2.473 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 18 de febrero de 2024. Bueno, pues, siguiendo, si no el mismo, parecido tono guasón (entre burlas y veras) al que derrochas o gastas en tu pieza literaria, te escribo las líneas que contiene esta epístola con el objeto de comentarte, admirado quinto, que me gustaría un montón, sobre todo por la compañía, ser cruzado de tu causa, pero no puedo aceptar tu tentadora invitación.
Me pasa otro tanto que a ti, Javi (ignoro el porqué, pero me desdigo al instante, nada más trenzarlo: no ignoro la razón; parece que le estoy escribiendo una carta a mi difunto hermano José Javier, tu tocayo); que no puedo permanecer callado ante una injusticia, desmán (me refiero, claro está, a la tropelía, no al mamífero almizclado ni al ruso) o gravísima tomadura o “tomablanda” de pelo. Me temo que me seguiré metiendo en fregados, en charcos y en camisas de once o más varas, aunque solo entre en los bares para pinchopotear los viernes en el acostumbrado y tudelano “Sweet Sisters Coffee” (sito en la calle Díaz Bravo, 17), con Pío, Pacho, Armando, Ricardo y Domingo, sí, también, que no soy rencoroso; y para zuritear o cervecear los sábados con Diana y Pío en varios o en uno, el “Viticas” (sito en Doña María Ugarte, 4).
Insisto, Javi, me pasa tres cuartos de lo propio que a ti, aunque me pese, que un compromiso verbal, no firmado, con la verdad, siempre que no escribamos ficciones, nos obliga a cumplir todas las cláusulas de ese contrato oral a rajatabla.
Y no puedo decir que sí a tu oferta por este simple motivo, porque un día adquirí otro compromiso con mi progenitora Iluminada, que debe valer tanto como el que mantengo con la verdad. Mi madre estaba preocupada, porque sospechaba que su fin estaba cerca y, creyendo que ninguno de sus hijos íbamos a seguir su inveterado hábito de ofrecer una misa todos los 25 de mes por su hijo, mi hermano José Javier, y su esposo, mi padre Eusebio, me confesó su inquietud. Para que se sosegara, le dije que no se preocupara, que yo, aunque ateo, le cedía o prestaba gustoso mi cuerpo y mi mente durante esa media hora (o incluso una entera) para que esos días señalados ella siguiera haciendo lo mismo, acudir a misa y dedicársela a sus deudos, mientras yo viviera.
Es más, ya no sería solo la pareja mentada arriba la recordada en la eucaristía, sino un trío, pues la mencionarían en la misma también a ella. Y que yo me encargaría de pagar esas misas. Y, así las cosas, finada ella, hace más de ocho años de sus exequias, sigo con su rutina, respetando los términos del acuerdo verbal, que quedó sellado, aun sin rubricar, como el que mantengo con la fetén. Desconozco si lo hace, pero, a veces, tiendo a creer, a pies juntillas, que ella, vete tú a saber desde dónde lo corona, si es que su alma está en algún sitio ignoto, impele a quienes pueden inspirarme a que lo lleven a cabo sin falta.
Itero, Javi; no puedo ser cruzado de tu causa, loable, sin duda, porque yo soy ateo, sí, pero un tanto extraño o raro (hay días en que me brotan, llámalas equis, y griega y zeta, unas dudas que no puedo vencer ni con el argumento más apodíctico del mercado, el de la marca Panacea, ni con la espada de tajo seguro y certero, como la Tizona del Cid), pero no soy clerófobo. No puedo serlo, por la imbatible razón de peso de que entonces yo sería un ingrato (y ya se sabe qué sentenció don Santiago Ramón y Cajal en “Charlas de café”, 1920, al respecto, que “hay tres clases de ingratos: los que callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan”), ya que soy el que soy, gracias a los religiosos camilos, que me desasnaron, que me formaron como ciudadano crítico y libre de criterio, durante los tres años que permanecí interno en el seminario menor navarretano.
Puede que alguno de los curas o alguna de las monjas que asesinaron los republicanos hubiera hecho barbaridades, pero yo me las puedo ver algún día como se las vio el papa apócrifo Cirilo I, el cardenal Kiril Lakota, de “Las sandalias del pescador” (novela que publicó el escritor australiano Morris West en 1963, y en la que se basa la película dirigida en 1968 por Michael Anderson y protagonizada por Anthony Quinn), en una de las cuales el susodicho pontífice, siendo obispo ucraniano, condenado a trabajos forzados en una prisión rusa, estuvo a punto (así lo confiesa) de matar a un compañero, por culpa de un trozo de pan, debido al hambre.
Así que me limitaré a leerte con gusto, como suelo hacer, coincida o disienta de tus pareceres (he de confesar que discrepo poco); y a admirarte, pero no puedo decirle amén a tu panfleto ni sí al acta fundacional de tu Frente de Liberación Chus Lampreave, que he de reconocer sin ambages ni requilorios, que te ha quedado original (la ironía no la entiende todo el mundo) por la burla que haces. Sigue con ese buen humor, al que, si logras agregar el buen amor, te pronostico que obtendrás la miel sobre hojuelas, lo imprescindible o necesario para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, que es nuestra estancia en el planeta azul, la Tierra, con la cabeza bien alta, sin tener que arrodillarte ante ningún poderoso, aspire a ser, o no, tirano, todopoderoso.
Ángel Sáez García