El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

In vino veritas, in acqua sanitas

IN VINO VERITAS, IN ACQUA SANITAS

El año 1991, capicúa, sí, que me presenté a las oposiciones en Sevilla (me refiero, claro está, al previo a la Exposición Universal, la Expo 92, con sede allí), durante el mes de julio, en la capital andaluza había obras de todo tipo por doquier; eran tantas que se bastaban y sobraban ellas solas, las existentes y/o vigentes, para parar un tren, dos y hasta tres, si hiciera falta, aunque circularan fuera de control. Asimismo, durante dicho mes (y el siguiente, supongo), hacía un calor infernal, insoportable; así que, ¡menos mal!, los miembros del tribunal de dicho proceso selectivo no se quedaron de brazos cruzados, sino que los movieron, y puede que removieran Roma con Santiago; lo importante es que su denuedo no fue baldío, infructuoso, pues (ob)tuvo premio, recompensa, ya que lograron (¡chapó!) que pudiéramos utilizar las instalaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, porque en el instituto donde fuimos convocados los opositores para el acto de presentación no había instalado aire acondicionado, y, en el caso de que de esos trámites no hubieran salido ellos airosos, auguré, hubiéramos acabado, sin remisión, más los tales que nosotros, asados.

Durante veinte días, ocupé un piso que había sido remozado a conciencia por su dueño para, cual vaca lechera, ser ordeñado con la debida regularidad, esto es, sacarle el máximo partido, provecho o rendimiento a lo largo del año siguiente. He de reconocer que los hados me fueron propicios, o sea, que tuve mucha suerte, y que la estancia sevillana me salió barata (me enmiendo al instante, nada más haber escrito el adjetivo calificativo en su grado positivo, baratísima: veinte mil pesetas, mil por día; una ganga, sí, sin duda). Aún le sigo estando agradecido (de bien nacido es mostrarse de esa guisa con quien te benefició) a Rafael Antonio, el compañero opositor con el que coincidí en el acto de presentación, y con quien hice buenas migas, pues este habló con su casero, propietario también del piso que quedaba enfrente del que ocupaba él, mi inopinado mecenas, y el dueño me lo cedió para los susodichos veinte días, de manera más que generosa. Yo quedé tan contento y satisfecho que es lógico y normal que aún recuerde el hecho, que no lo he olvidado, por supuesto, a pesar de los treinta y tantos años transcurridos. Las bicocas o momios suelen ser indelebles.

Yo solía bajar a tomar café, después de comer (menester que coronaba pronto; pues, de ordinario, a las dos del mediodía, ya había fregado y secado los cacharros), en un bar de barrio, cuyo nombre no recuerdo (pero no porque quiera remedar a Miguel de Cervantes, en el inicio de su “Quijote”, sino porque, a pesar de las indagaciones, no he logrado rememorar cómo se llamaba dicho establecimiento de hostelería, de veras; han pasado casi treinta y tres años y no quiero quedar mal mintiendo por esa bagatela o menudencia, inventándomelo). Allí solía echarle un ojo, que consistía más en (h)ojear que leer (bastantes horas pasaba al día haciendo tal cosa y memorizando datos), al ABC (de Sevilla), que era el periódico que el dueño del bar compraba para su local. Bueno, pues, varias veces coincidí en el interior del bar de marras con otros parroquianos, que acostumbraban a tomar allí el aperitivo. Disfrutaba de lo lindo escuchando a un reportero ocurrente (pues no le gustaba la voz periodista; más de una vez me quedé con las ganas de preguntarle el porqué). Y al último sujeto mentado, precisamente, le oí contar, si no la misma, parecida anécdota, esta:

Cuando el director del periódico para el que trabajaba le mandaba a un lugar, el que fuera, al objeto de que se enterara de cuanto había sucedido allí y escribiera luego la correspondiente crónica, siempre procedía del mismo modo: entraba en el primer bar que encontraba abierto, observaba al personal que se hallaba allí, y pedía un agua mineral. Mientras le daba un par de sorbos al botellín (no usaba vaso), se percataba de quién era el lugareño presente más locuaz, se le acercaba paulatinamente, ponía atención a cuanto decía y le proponía invitarle a un vino de marca, un rioja o ribera del Duero. Conforme a este le iba haciendo efecto el morapio ingerido previamente, se le iba calentado su mui o sinhueso; cuando esta estaba bastante suelta, le contaba, de cabo a rabo, cuanto al gárrulo le constaba. El reportero reducía esta práctica a un latinajo de Cayo Plinio Cecilio Segundo, más conocido por Plinio el Viejo, in vino veritas (“en el vino está la verdad”). El confidente, al ver que el reportero no lo secundaba en el bebercio, le preguntaba: ¿Y usted no bebe? No, mientras trabajo, le contestaba; solo agua (y le enseñaba la botellita, y a renglón seguido, zanjaba el asunto, agregando otro latinajo): in acqua sanitas (“en el agua está la salud”).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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