El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Eres un ciudadano libre o esclavo?

¿ERES UN CIUDADANO LIBRE O ESCLAVO?

CONVIENE DEPARTIR CON GENTE SABIA

Ayer, como suelo hacer otros muchos días al año, acudí al convento de Algaso, porque, más que darle a la mui o sinhueso, deseaba escuchar con suma atención y no menos fervor cuanto argüía fray Ejemplo. He de reconocer, sin ambages ni requilorios, que el insuperable fraile algasiano es un interlocutor dicaz y perspicaz. Entre los que conozco o me constan, y que atesoran esa doble condición, no tiene parangón ni rival; con ello quiero dar a entender lo obvio, que no hay otro que le haga sombra (al brillar en dicho ámbito más que él) ni de lejos. Ahora bien, como no soy dogmático y puede que esté equivocado en mi dictamen o veredicto, acepto, gustoso, que los demás formulen los puntos discrepantes que abrigan sobre el particular.

Al disertar en serio sobre fray Ejemplo, resultaría injusto no declarar lo público y notorio, en mi caso (no insistiré más en que admito, de buen grado, las disidencias), que, tanto su calor, color y olor humanos como su sensatez, ejercen sobre mi estado de ánimo una extraña atracción, propia de potentes imanes. He comprobado, hasta la saciedad, que, cada vez que dialogamos en el jardín del cenobio, he tenido la impresión de que (dando validez a la metempsicosis o transmigración de las almas) volvía a ser el alumno que en otro tiempo fui aleccionado por Epicuro en la escuela fundada por él en otro tal (kepos). Y, sobre todo, cuando le he escuchado discurrir la idea que contienen o encierran estas palabras (“vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre, porque, así como no es útil la medicina, si no suprime las enfermedades del cuerpo, tampoco la filosofía, si no suprime las enfermedades del alma”), me ha parecido escuchar el timbre de la voz del autor de la “Carta a Meneceo”, quien nació en Samos y nos legó su máxima favorita: “Vive oculto y desconocido”.

Conviene hablar con gente inteligente y poner a cuanto dicen la máxima atención, ya que, cuando menos lo esperas, te largan una genialidad, que puede que no te sirva para hoy, pero seguramente te será útil mañana y el resto de los días que vivas. Así que, insisto, debes estar alerta a cuanto aducen, pues no sabes cuándo va a saltar la liebre y/o van a soltar una agudeza.

Mientras, sentado en una silla, esperaba en el recibidor a que fray Ejemplo apareciera por la puerta, servidor le daba vueltas a cómo iniciar la conversación hodierna. El sonido característico de la prótesis ortopédica que suplía su amputado miembro inferior, que llegaba, cada vez más claro, a través del pasillo, anunció su presencia inminente. Apareció con el rostro risueño y nos dimos el abrazo de rigor, habitual, empático, cercano. Decidí mostrarme vulnerable y comencé el diálogo así:

—He vuelto a flojear, fray Ejemplo.

—¿Esa flojera, amigo Otramotro, tiene que ver con la parte de arriba o con la de abajo?

—Con la superior. La inferior, como sabe, cuando le hago algún caso, este se limita a ser escaso.

—Dispara, entonces, el dardo para ver si, en el supuesto de que vaya desencaminado, lo redirijo y da en el blanco o centro de la diana.

—Hemos hablado varias veces de mis adicciones positivas, de mis aficiones legales por las digresiones. Recuerdo que, en un debate sobre dicho tema, le leí dos o tres páginas del capítulo XXIV de “El guardián entre el centeno” (1951), de Jerome David Salinger. Aún guardo, a buen recaudo, en mi memoria, la frase proverbial que Holden Caulfield le suelta al señor Antolini: “—(…) Creo que lo que pasa es que cuando lo paso mejor es precisamente cuando alguien empieza a divagar. Es mucho más interesante”.

—Recuerdo esa conversación, Otramotro, y, asimismo, otra en la que me rememoraste, de corrido, unas líneas de “Amor y pedagogía” (1902), de nuestro querido Miguel de Unamuno, en las que don Fulgencio le dice a Apolodoro Carrascal esto: “—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

—Pues eso; que me siguen zurrando la badana, y de lo lindo, por lo mismo, por hacer uso de mi libertad creativa, por utilizar, a mi antojo, en mis textos, la panoplia de recursos que dispongo, en concreto, los paréntesis, los excursos, las digresiones.

—Bueno, pues tú, ya sabes, a lo tuyo; y, si no te sirve lo que te comentan con la mejor intención o voluntad, haz como quien oye llover.

—Es que, entre quienes me censuran, se hallan amigos auténticos, a los que quiero con pasión y respeto mucho.

—Procura persuadirles con argumentos de peso, como este. Tú eres tu estilo; y solo siendo fiel a él, un rasgo de tu personalidad, podrás ser leal con ellos. ¿Eres un ciudadano libre o esclavo?

—“Así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada, lo que me dictaren la experiencia y la razón”, dejó escrito, al inicio del párrafo 35 del discurso décimo tercero, titulado “De lo que sobra y falta en la Física”, en el tomo VII de su “Teatro crítico universal” fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro.

—No desfallezcas. Recuerda el segundo cuento moralizante o “exemplo” de “El conde Lucanor”, del Infante Don Juan Manuel. Hagas lo que hagas, te van a criticar. Así que sácale el máximo partido o provecho a tu tiempo y haz cuanto debas hacer. Y punto.

—La próxima vez que me hablen sobre el asunto de marras les aduciré la razón que le escuché aducir a usted, de que la desobediencia tiene un valor liberador. Friedrich Nietzsche lo expresó de manera inmejorable: “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”.

—La vida, ya sabes, hay quien la reduce a un absurdo. Tú le has encontrado un sentido a la tuya, escribir. Pues dedícate en cuerpo y alma a lo tuyo. A mí me sirve tu argumento de que, si no te agrada a ti cuanto escribes, no podrá gustarle a nadie, a ningún lector.

Nota bene

   Si tuviera que explicarle a alguien por qué me pirran y/o privan tanto las digresiones, vayan entre comas, paréntesis o rayas, usaría, seguramente, la imagen del pringue, esa sustancia pegajosa y grasienta. Eso me parecería un texto mío que careciera de ellas, sin sustancias apetentes, atrayentes, excitantes, hilarantes, impactantes, importantes, interesantes…; sin carisma ni entusiasmo ni satisfacción.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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