OTRAS SUMAS TAMBIÉN DAN FRAY EJEMPLO
“En más de tres siglos de ciencia todo ha cambiado excepto tal vez una cosa: el amor por lo simple”.
Jorge Wagensberg, en “Ideas sobre la complejidad del mundo” (2003).
Como lector asiduo que soy del blog de Otramotro, sé que el hacedor de dicho heterónimo también creó a fray Ejemplo. Ciertamente, este es un personaje proverbial de la sabiduría popular, pero él le confirió alma y le insufló vida, tras proceder a la unión de las dos personalidades fecundas, compatibles, complementarias, de dos de los memorables maestros, formadores y/o educadores que tuvo en el seminario menor de Navarrete, ya que, aunque los dos estén criando malvas, siguen estando muy vivos en su inteligencia, memoria y voluntad, Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García, religiosos camilos, nacidos ambos en el pequeño enclave navarro de Ázqueta. En el mismo momento en que Ángel Sáez decidió que los apellidos de su ente de ficción serían los de los mentados, determinó que le vendría bien el nombre de su piadoso progenitor, Eusebio, y así se llama precisamente su fray Ejemplo: Eusebio Arteaga Piérola.
Como Ángel Sáez tiende a ser justo, equitativo, ecuánime, lógicamente, la misma libertad creativa que se concedió él a sí mismo para dar vida a su personaje literario, también se la otorgó, aunque no haya un documento fehaciente donde eso conste y pueda leerse, firmado de su puño y letra, a los demás. Así que no ve mal que otros autores se decanten por otras fusiones, opciones o soluciones, tan válidas como la suya, siempre que cumplan este requisito inexcusable o condición sine qua non, que se sostengan en pie. Y, por esa razón, ve, de buen grado, que “Anónimo que anima al de seudónimo”, que, como de todo hay en la viña del señor, no falta en ningún corro quien gusta, ora fingir, ora fungir, de puñetero, y defiende que el apodo entrecomillado es otro ser creado por el propio hacedor de ese luengo rosario de seudónimos, fiel epígono o seguidor de Fernando Pessoa, o sea, el mentado autor tudelano Ángel Sáez, itero, por si se ha perdido, “Anónimo que anima al de seudónimo” se haya inclinado por una variante posible y plausible, ya que él ha dictaminado dar otra personalidad a fray Ejemplo, a partir de la suma del filósofo nominalista Guillermo de Ockham y el literato barroco Baltasar Gracián.
Con la mera adición de la “navaja de Ockham” y el adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647) de Gracián, “Anónimo que anima al de seudónimo” se vio en posesión de dos teselas imprescindibles para, a partir de una anécdota verosímil, que unos consideran un chisme y otros reputan un chiste (en este punto las discrepancias son tan evidentes, notorias, que, cuando uno se encuentra en el cabal medio y tiene, a la derecha, a los partidarios de una opción y, a la izquierda, a los de la otra solución, parece que se halla dentro de una fragua, porque suelen saltar chispas), la tercera tesela necesaria, cosecha del físico Jorge Wagensberg, poder completar satisfactoriamente el mosaico.
Como yo le pedí un día, como sumo encarecimiento, que me explicara pormenorizadamente el chis(m-t)e, si recuerdo cuanto me contó con fidelidad, procedo a repetírselo al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos.
La “navaja de Ockham” la formuló el monje franciscano así: pluritas non est ponenda sine necessitate, o sea, la pluralidad no debe ser formulada sin necesidad, es decir, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable (que no necesariamente implica que sea la certera, correcta o verdadera). El meollo central del citado apotegma de Gracián dice de esta guisa: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”.
Wagensberg disfrutaba de lo lindo narrando, entre burlas y veras, cómo alguien acudió a su despacho y arrojó a su mesa de trabajo un legajo con más de quinientas páginas y le espetó: “He ahí la teoría de la relatividad explicada, paso a paso, para que la entienda un mono gramático”. Wagensberg, que no se inmutó, sin haber hecho ni siquiera mención de abrir el tocho, le aseguró que barruntaba o intuía que su exégesis era fútil o vana y, por ende, falsa. A lo que su interlocutor, contrariado, le retrucó con esta pregunta: ¿Cómo puede saberlo sin haberla leído? Y Wagensberg le replicó: “Fácil, porque la teoría de Albert Einstein ocupa media cuartilla”.
Emilio González, “Metomentodo”.
Ángel Sáez García