El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Quien comparte una culpa la divide?

¿QUIEN COMPARTE UNA CULPA LA DIVIDE?

SÍ; Y QUIEN UNA ALEGRÍA LA DUPLICA

El sábado pasado, 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, mientras cerveceaba (en esta oportunidad, como no eran cañas, sino zuritos —cuatro, no más, fueron los que pimplamos, cuantos nos llevamos al coleto—, y, por ende, juzgo que hubiera sido más apropiado o cabal haber escrito que zuriteaba, por varias cafeterías o bares sitos cerca del casco antiguo tudelano) en la grata compañía de mis amigos Diana y Pío, pareja de hecho y de derecho, hice bien, lo correcto, al narrarles en el último local donde estuvimos, en el que nos tomamos doble ración, por la sencilla razón de que todos estaban abarrotados, atestados, un comportamiento indecente del que servidor no se sintió nunca orgulloso, y que este menda protagonizó otrora con Olvido, a quien, por cierto, jamás de los jamases he conseguido (y mira que me lo he propuesto en numerosísimas ocasiones) olvidar, porque ese gesto, el reconocimiento de algo que afeaba a mi persona, hizo que la culpa que acarreaba o porteaba desde entonces, que llevaba conmigo allí donde fuera, como un mero sosias de Sísifo con su roca, pero este puesto al día, remozado, perdiera lastre, peso. Y, mientras relataba la inmoralidad que cometí antaño, sentí un sobrevenido alivio, el mismo beneficio que solía obtener cuando, terminada la confesión ante un sacerdote, durante el sacramento de la penitencia, recibía su absolución, que tenía la virtud de liberarme de una carga molesta.

Hace menos de diez segundos, cuando he rematado de leer el primer parágrafo que he escrito y contendrá, Deo volente, el presente texto, he comprobado, de manera fehaciente, que sigue en vigor, vigente, por lo menos, la mitad de ese proverbio sueco que dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”.

Hasta el sábado pasado (por cierto, nada pesado), nunca había confesado a nadie, clérigo o lego, la obscenidad en la que incurrí in illo tempore, de la que me he arrepentido en plurales ocasiones. Eso mismo me ha pasado con una actitud desconsiderada que tuve, hace más de tres décadas, con Pedro María Piérola García, del que se pueden predicar muchas cosas, y, como la mayor parte de ellas son flores, se pueden formar con ellas, una vez agavilladas por docenas o arracimadas por decenas, varios ramos, y rotularlos con sintagmas nominales sonoros, verbigracia: un decente docente, un religioso fetén; así que a nadie que sea un lector asiduo de mis urdiduras o “urdiblandas” le habrá extrañado que lo eligiera para que fuera la mitad (la otra mitad seleccionada fue la de Jesús Arteaga Romero, su vecino de Ázqueta y compañero de hábito y orden, la de san Camilo de Lelis) del personaje literario preferido (por mis lectores; en esto, una excepción, abundo con todos ellos) que ha salido de mi creativo y fecundo magín: fray Ejemplo.

Ahora bien, aunque me las prometía muy felices, ha venido (aún no sé por dónde) el tío Paco con la consabida rebaja. Porque hoy, cinco días después de la fecha señalada, durante el breve rato de siesta, que ha durado lo habitual, entre doce y quince minutos, en los que he estado tumbado decúbito supino en el catre, he soñado que Olvido hacía acto de presencia en la presentación de uno de mis libros y vestía el disfraz que tan bien le queda, el de parca, empuñando con firmeza y fiereza su dalle o guadaña, y me ha espetado, con voz amenazante, esto:

—No creas que esa estratagema te va a servir conmigo, prenda, para salir airoso del aprieto o brete, escapándote por la tangente. Cuando menos te lo esperes, te daré el oportuno y seco corte en el cuello, como el que hacía en otro tiempo una guillotina; y luego exhibiré tu testa ante los ojos acongojados o enardecidos de los presentes; ya que la mitad había decidido seguir el mismo ejemplo de tu procedimiento, pensando que este les sería útil y así se librarían del afilado tajo de mi falce o segur.

   Nota bene

Como al abajo firmante de estos renglones torcidos le pone, es decir, le agrada llevar la contraria a quien ha propuesto lo que sea, teniendo en cuenta que son legión los que afirman que hay que decir el pecado, pero callar el nombre del pecador, a mí, que me reputo la paradoja o contradicción andante, me ha dado por optar por la vertiente opuesta, o sea, por señalar al pecador, servidor, y silenciar el pecado, que, como el grueso habrá barruntado, cabe localizar o ubicar en la zona genital, donde la mayor parte concentra las bajas pasiones, desde la orilla donde brota hasta donde logra formar mata y brillar con todo su esplendor el pendejo (aunque haya mucho paparote, ella, él o no binario, que, como no sabe lo que hace y cuánto encanto pierde, se lo afeita).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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