¿QUIÉN DIJO QUE EL INFIERNO ESTABA ABAJO?
¡LA TACONEADORA HABITA ARRIBA!
—¿Qué haces, Otramotro?
—Hasta que has aparecido por estos lares y me has cortado el hilo de la reflexión, estaba procurando sacarle el máximo partido o provecho a mi inteligencia, o sea, pensando.
—¿En qué, si puede saberse?
—Se puede. En que, cuando menos lo piensas o esperas, salta la idea.
—Yo conocía la locución verbal coloquial con la liebre, en vez de con la idea.
—La idea es la liebre, cuando esta logra dejar atrás los barrotes de la oscuridad, es decir, salir de la cárcel donde estaba presa, así como le acostumbra acaecer al conejo de la chistera de un mago o como suele suceder al secreto de una caja fuerte.
—¿Me estás intentando tomar impunemente el pelo, sin ser peluquero?
—Tómatelo como gustes, pero, sí, lo reconozco sin ambages, mis palabras acarrean más coña que coñac o brandi.
—Me he acercado hasta el banco en que acostumbras a sentarte por las tardes en el parque por este motivo, quería preguntarte algo.
—Apunta, pero cerciórate de que no hay proyectil o bala en la recámara antes de disparar.
—¿Cuál es, según tu criterio personal, el adjetivo que más le cuadra al hombre, en genérico?
—Déjame pensar durante diez segundos. (Transcurrida, en lugar de la decena solicitada, una docena, me da por soltar este) ¡Contradictorio!
—¿Y por qué no mortal?
—Porque nos hubiéramos olvidado de un hecho crucial, que había nacido.
—Así que, para ti, el hombre es contradictorio, porque nace y muere. ¿Estamos de acuerdo?
—Lo estamos. Algunos congéneres nuestros han superado con creces la centuria, el siglo de vida.
—¿Qué quieres decir?
—Que Dios (esto lo digo para los creyentes) no es infalible, ya que se equivocó gravemente por hacernos a su imagen y semejanza, No me extraña, nada de nada, que cada vez más semejantes nuestros lo den a Él por muerto, por finito.
—¡Hereje!
—Marras, ateo. Dios eligió una mala opción. Nos tenía que haber hecho como las diuturnas estrellas. Mira el sol, que dura y dura y dura, infinitas veces más que las pilas de cierta marca que se anunciaba antaño en la tele, usando como modelo, precisamente, a un conejo, incansablemente juguetón, entre otros ejemplares de su misma especie, pero con menos ganas de juerga.
—Pero las estrellas también mueren. El sol perecerá. También tiene fecha de caducidad.
—Pero no compares; un siglo es una centuria, y miles y miles de años son casi casi la eternidad. De algunas vemos ahora su luz, aunque la estrella que la emitió ya haya dejado de existir, de fungir de tal.
—Si colijo bien, lo correcto, eres partidario de la eutanasia.
—Si la ley que versara sobre ella fuera la misma, esto es, rigiera para todo el mundo, si estuviera en vigor en todo el orbe, sí. Así seríamos todos medidos por el mismo rasero, sin excepciones ni privilegios.
—¿Qué cabe hacer, por tanto?
—Como yo me considero ciudadano del mundo, legislar para el orbe entero; y, si, como eso barrunto, la ley es perfectible, perfeccionarla.
—Cambiando de tercio, ¿qué tal tus vecinos de arriba?
—Sostengo la tesis de que se van especializando en el horripilante o repelente arte (en realidad, desarte; si no saben en qué consiste, les recomiendo que se lo pregunten a Fernando Aramburu, que fue miembro fundador del grupo CLOC, porque no creo que hayan leído, qué pereza, ninguno de sus libros) de hacer ruido, y yo me dedico a acopiar o agavillar, es decir, grabar, si duran, los susodichos. Pronto (eso es lo que intuyo) la colección estará completa. Yo, sin embargo, sigo usando la música clásica para intentar contrarrestarlos, sobre todo, cuando escucho a la taconeadora mayor del infierno. Algún día consigo amansar (al menos, eso me parece) a la fiera que (me canso de aseverar) no ameniza, no, la feria.
—¿Aún sigue, erre que erre?
—Todavía.
—¿Cómo llamas tú a ese comportamiento?
—Perseverar en el error. ¿Te suena el latinajo “errare humanum est, sed perseverare diabolicum” (errar es humano, pero perseverar en el yerro es diabólico)? Pues la diablesa es la taconeadora de arriba. Y ahora caigo en la cuenta de que esa es otra contradicción que, cual agallón o mullo, se suma a las del extenso rosario. ¿No era el cielo lo que se ubicaba arriba y el infierno abajo?
—¡Menudo desbarajuste! ¿Quién lo arreglará?
—Nadie, porque, ¿acaso tú estás seguro de que tiene arreglo? Yo, sinceramente, lo dudo.
Ángel Sáez García