EL MEJOR ESCRIBANO ECHA UN BORRÓN
SÉ BIENVENIDO AL CLUB QUE FUNDÉ OTRORA
En esa maquinaria perfectamente engrasada que semeja o con la que cabe identificar todo proceso de enseñanza/aprendizaje que pretenda salir airoso, ser exitoso, resultan imprescindibles, inexcusables, tres acciones o verbos: regir (mandar qué hacer y qué evitar llevar a cabo), dirigir (optar por el camino correcto, el idóneo, para lograr el fin u objetivo pretendido) y corregir (enmendar las actitudes o comportamientos indeseados). Cuando falla o falta alguno de los tres señalados, el proceso susodicho, velis nolis, naufraga, fracasa, con más o menos estrépito. Eso es lo que ayer acaeció, verbigracia, en el piso que queda encima del mío, donde se celebró un cumpleaños y dos niños (de igual o distinto sexo; si solo fue una/o valió por dos y hasta por tres) estuvieron correteando, sin parar, yendo y viniendo por el largo pasillo, como si fuesen dos corceles desbocados, sin jinetes que gobernaran sus riendas, durante buena parte de la tarde. Así que no me quedó, ante dicha acción, que fue acompañada y acompasada de mil y un ruidos, ocasionados por un continuo movimiento, sin orden ni concierto, de sillas y mesas, tirar al suelo canicas, etc., que la reacción, ver la película “Robin Hood: príncipe de los ladrones” (la dirigida por Kevin Reynolds y protagonizada por Kevin Costner, Morgan Freeman y Christian Slater, entre otros actores) por cuarta o quinta vez. Y hasta comenzar “El nombre de la rosa”, protagonizada por Sean Connery y el susodicho Slater, a volumen alto.
Pero no quería discurrir o disertar aquí sobre ese asunto, sino sobre otro tema, que tiene que ver solo de refilón, tangencialmente, con el hecho de no haber enmendado lo que era fácilmente corregible, pero se pasó por alto.
Aunque no hayas solicitado, Jordi Amat, tu ingreso formal en él, te doy, de buena gana y grado, la bienvenida al susodicho club.
Está claro, cristalino, que solo la persona que escribe (y más si lo hace a diario y lo publica donde sea) se expone a echar un borrón o dos en el papel en el que vierte su texto, porque, igualmente, es manifiesto que quien no escribe (estoy seguro de ello) no lo/s echará. Ahora bien, incurrirá en un yerro si habla. Así que la mejor manera de que uno no cometa un fallo, a la hora de escribir o de hablar, es ser ágrafo y mudo. ¡Qué muermo o tedio!, ¿no? ¡Con lo que se puede aprender de los fallos propios y de las faltas ajenas!
Hace años, como me di cuenta de que, a pesar de mi denuedo por leer hasta tres veces mis urdiduras antes de darlas por buenas, en todo momento y lugar, o sea, siempre, se me escapaba un yerro o más en los textos que firmaba, mi magín, que no para quieto un segundo y es un coñón, me empujó o impulsó a que fundara un club o grupo de “unierroristas”, que, como solía devenir en “plurierroristas”, al final, lo acabé llamando de esta última guisa.
Antes de entrar en materia, deseo dejar aquí constancia de mi pésame, sentido y sincero, a todos los amigos y deudos de las víctimas de la dana y su resultante riada y pérdidas de vidas humanas. También a los familiares y allegados de David Lafoz Gimeno, el agricultor de Belchite (Zaragoza) que acudió a Catarroja para echar una mano y, luego, por no hallar un ápice o pizca de comprensión en la burocracia (más bien “burrocracia”) se suicidó. Asimismo, deseo testimoniar mi disgusto y dolor a Gloria, porque ayer murió su esposo, Alfonso Verdoy Blanco, que fue atropellado mientras andaba en bici y murió tras dicho accidente, exdocente y escritor, a quienes solía saludar y pararme a hablar con ellos un momento cuando los veía por la calle yendo de paseo (ellos y/o yo).
Bienvenido, pues, Jordi Amat, al club de los plurierroristas, porque en la versión de papel del artículo de opinión titulado “El discurso de Virginia Ortiz”, que apareció publicado en la página 19 de EL PAÍS del domingo 2 de noviembre de 2025, se lee lo que escribiste y firmaste:
“Ortiz quiso recordar a uno de los miles de voluntarios que se desplazaron a Valencia cuando parecía que el Estado no llegaba. Lo nombró: David Lafoz. Entonces organizó equipos de tractoristas y camioneros para ayudar. En su caso, concretamente, trabajó (sic; falta la tilde, pero en la versión digital acabo de comprobar que ya está corregida) en Catarroja, donde fallecieron 25 personas. Era un agricultor de Belchite (Zaragoza) que desde la adolescencia quiso ganarse así la vida”.
Unas líneas más abajo escribiste: “Nunca había escuchado el nombre de Carlos Lafoz”. A mí no me quedó claro cuál era su gracia de pila, si David o Carlos. Luego, en la biblioteca, teniendo a mi disposición la herramienta adecuada, constaté que su nombre verdadero era David. Y de David ejerció, luchando a brazo partido contra el barro omnímodo, que lo abarcó y enlodó todo, resultante de la dana, otro Goliat. Más tarde, David decidió cortar el hilo de su vida por el cuello, como he dejado arriba escrito, debido a la “burrocracia”.
No te di la bienvenida, Jordi Amat, en el club esa vez, porque los yerros advertidos pudieron ser una excepción. Dos semanas después lo hago, formalmente, porque el domingo 9 de noviembre de 2025, en la página 21, en la columna que rotulaste “La excepción valenciana” pasaste por alto un queísmo, o eso es lo que me parece a mí. Helo aquí: “Entre bulos y demagogia, chapoteando en la antipolítica, han sido los negacionistas de Vox quienes han abanderado la idea tóxica e iliberal (sic; falta la preposición de, acaso motivada por los dos adjetivos que acompañan y siguen a idea, ya que su ausencia produce y propicia un caso diáfano de queísmo, según mi parecer) que solo el pueblo salva al pueblo”.
Y ayer, domingo 16 de noviembre de 2025, en la página 19 de EL PAÍS, leí tu pieza titulada “Españoles, Franco ha vuelto”. En el cuarto y último párrafo se lee: “Para muchos, para demasiados, Franco ha vuelto incluso como un banal icono pop. El rebote (sic, sin la ere, letra que representa el fonema consonántico vibrante simple, tras la bilabial oclusiva sonora, ya que, según colijo, quisiste escribir rebrote) se ha acentuado durante esta legislatura, como analiza el diputado y periodista Francesc-Marc Álvaro en El franquisme en temps de Trump (tendrá traducción castellana), cuando la degradación democrática ha facilitado que se rompiese un tabú: el elogio del franquismo por parte de Vox”.
Si el rebote no es rebrote, espero que Jordi Amat conmigo no se rebote.
Ángel Sáez García