NO TODO LO PRETÉRITO FUE JAUJA
No conozco a nadie que sea prudente, sensato, o sea, con dos dedos de frente, que, en lo concerniente a los avances tecnológicos, no exprese allí donde se halle, siempre que no haya manifestado previamente sentir temor a que tomen represalias contra él por ser sincero a carta cabal, su postura ambivalente. Somos legión los jóvenes y adultos que afirmamos disfrutar aprovechándonos del progreso tecnológico y de los beneficios que este, a todas luces, reporta, servidor, verbigracia; y, evidentemente, por esa razón de peso, acude todas las mañanas a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, a pasar a ordenador cuanto ha escrito a mano, con la inestimable ayuda de un BIC azul y medias cuartillas amarillas, la tarde anterior en su casa (siempre que se cumpla el requisito, condición sine qua non, de que los vecinos del piso de arriba le hayan permitido concentrarse y cazar al vuelo o pescar sin anzuelo una idea sobre la que discurrir o disertar, claro); y quienes, asimismo, aseveramos que, al estar preocupados por las consecuencias, sus efectos colaterales, preferimos no tenerlos con nosotros, al alcance de la mano, sino a nuestra disposición durante unas horas, pues la dependencia que acarrean no la hemos padecido, pero los duchos o peritos en el tema (Jaron Lanier, entre otros) nos han advertido sobre sus potenciales peligros.
En mis viajes, ora en tren, ora en avión, me he encontrado con gente de todo tipo. Ahora bien, de lo que sí me he percatado últimamente es de que varios jóvenes con los que he tenido la oportunidad de pegar la hebra, durante sendos vuelos, tienen una visión estereotipada e idílica (y, por ende, ilusa) de cronotopos (circunstancias espacio-temporales) que ellos no vivieron, y que consideran paradisíacos, auténticos, amenos. Les aconsejé que se cepillaran esos prejuicios. Hoy hay también jóvenes dignos de fe y crédito; que no se hayan dado de bruces con ellos, que no los hayan conocido, no quiere decir que no existan. En mi juventud, les dije a Alba y a David, que colegí (no sé si acerté o marré) que eran pareja de novios, los últimos con los que coincidí y mantuve con ambos una larga y casual conversación, tuve ocasión de conocer a universitarios sinceros (y alguna vez embusteros) y universitarios mendaces (y pocas veces veraces), de ambos sexos. Antes se hablaba infinitamente más que ahora, pero había taciturnos y tímidos, como hoy, supongo. Nosotros ahora, les aduje, estamos dándole sin parar a la mui o sinhueso porque no podéis usar el cacharrito durante el vuelo. Estoy convencido de que, si os lo permitieran, estaríais escribiendo, mandando y recibiendo WhatsApp a todo trapo.
Los teléfonos tontos, como ahora llaman, por ejemplo, al que tengo y uso, que permite hacer llamadas y recibirlas e, igualmente, recepcionar avisos o mensajes de citas médicas del Servicio Navarro de Salud o de la compañía de telefonía con la que tengo contratada la línea del móvil, a fin de distinguirlos de los inteligentes, los smartphones, están haciendo furor entre jóvenes y adultos. Y, si están de moda o en boga, cabe preguntarse por qué. Y cabe responder lo obvio, porque la gente está, paulatinamente, convenciéndose de que la salud mental es fundamental (que no quiere decir boina o chapela en eusquera, aunque os lo asegure alguien con aires de entendido o experto en todo lo vasco), y que la dependencia, si tenemos en cuenta las horas de uso del utensilio (que no es la contracción de la frase “que le puede meter a usted en un lío”), es manifiesta, y urge desengancharse, como de la nicotina, cuanto antes, por las bravas.
Si yo impartiera ahora las clases de creación literaria que di otrora, les recomendaría encarecidamente a quienes acudieran a las mismas que vinieran sin él (o sea, que lo dejaran en casa). Empezarían a entender y valorar, antes de la cuarta o quinta sesión, cuánto bueno, las diversas variantes de la interacción, por ejemplo, se habían perdido. Y también les aconsejaría, por supuesto, que leyeran a Miguel de Unamuno y Jugo (del que servidor es un lector voraz, y la razón por la que el abajo firmante de estos renglones torcidos escogió para su bitácora el heterónimo o seudónimo de Otramotro), sobre todo, el discurso, que no fue leído por el rector magnífico por antonomasia de la Universidad de Salamanca, quien lo escribió y remitió a la ciudad del Turia, con ocasión del Certamen de la Academia Jurídico-Escolar que se celebró en el Ateneo Científico de Valencia el jueves 24 de abril de 1902, sino que fue leído, en su nombre, por el doctor Rafael Pastor, al no haber podido acudir él (ignoro el motivo concreto que le imposibilitó el viaje) a la entrega de los premios correspondientes, según el texto íntegro, publicado en El Mercantil Valenciano, el viernes 25 de abril de 1902, que aconsejo leer entero, por supuesto, pero del que entresaco (lamento sobremanera no ser original) las mismas líneas que otros destacaron antes:
“(…) la libertad no es un estado sino un proceso; el proceso de aproximación a ese ideal.
“Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe (…); solo la cultura da libertad (…). No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento.
La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura; solo la imposición (única palabra que le chirría a este menda y que hubiera cambiado por recomendación) de la cultura lo hará dueño de sí mismo, que es en lo que la democracia estriba (…)”.
Ángel Sáez García