QUE HABLEN MAL DE LA BRUJA NO PERMITO
(DE LA QUE, AUN SOLA, FORMA UN AQUELARRE)
Es evidente e incontrovertible (está científicamente probado y comprobado) que los seres humanos heredamos de cada uno de nuestros progenitores naturales y directos (no de los que nos adoptaron, si ese fue el caso, que pudieron comportarse con nosotros estupendamente y educarnos o formarnos y querernos sobremanera) el 50% de los genes. Pero eso no quiere decir que también nos legaran su carácter ni su temperamento, ni los dones o virtudes que los adornaron o hermosearon, ni los defectos o vicios que los afearon. Puede que nos legaran la predisposición a padecer ciertas enfermedades, si estas eran hereditarias, transmisibles de padres a hijos (o de abuelos a nietos, verbigracia, por lo que en biología se conoce como atavismo), pero no heredamos necesariamente ni su bondad ni su maldad.
De lo que ha quedado escrito en el parágrafo precedente se colige o deduce lo obvio, que se puede ser un excelente ciudadano, siendo a la vez, un hijo de puta, porque, durante un tiempo, por causas conocidas o ignotas, su madre (antes o después de haberlo parido) ejerció el oficio de prostituta (que, por cierto, en algún chiste denota o significa lo mismo que sustituta; tal vez por la rima consonante). Y lo propio cabe aseverar a la inversa, que se puede ser la excelente madre de un hijo de puta, de un demonio (ora sea o se sienta ella, él o no binario).
Así que, si damos validez y otorgamos vigencia a la jocosa copla popular, podemos airear con zumba sus ocho versos octosílabos que dicen (de manera irónica) así: “De mi suegra no hables mal, / porque la defiendo yo; / y, si la quieres quemar, / la leña la pongo yo; / la leña la pongo yo / y las cerillas también; / de mi suegra no hables mal, / porque la defiendo yo”. Podemos cambiar la perspectiva, el prisma o punto de vista, mudando, sencilla o simplemente, la voz suegra por otra, nuera, suegro o yerno, por ejemplo. Y repetir el mismo armazón, con los mismos ocho versos octosílabos.
Está claro, cristalino, que uno, siendo niño, tiende a imitar lo que dicen y hacen sus padres, pues los toma como modelos comportamentales, actitudinales. Y repite, allí donde se halle, sus gestos, dichos y hechos. Hay padres que se extrañan e indignan o montan en cólera al escuchar a sus hijos decir ciertas locuciones o palabras. Lo lógico y normal es que las hayan aprendido en el patio del colegio, dentro del aula, en la calle o en casa (puede que las hayan oído pronunciar en la tele o trasteando con el cacharrito o móvil), o de sus propios progenitores o yayos, sí.
No me consta si algunos padres o abuelos azuzan a sus hijos o nietos para que estos lleven a cabo lo que ellos no se atreven a coronar o realizar, pero yo no descartaría, en principio, dicho proceder. ¡Cuánto mal dice de ellos, si les incitan a culminar dicha acción! Y, por dejación de funciones, por no corregir a los tales, enseñándoles el buen camino o senda, ¡aún dice cosas peores! Acaso toman a sus hijos o nietos como los perros que tuvieron otrora y ahora no tienen. Tampoco convendría echar en saco roto dicha probabilidad.
En el piso de arriba, el inmediatamente superior al que habito, viven, si no marro, abuelos, hijos y nietos. Lo he llamado “la casa de los ruidos” en varias de mis urdiduras o “urdiblandas”, pues en ella se originan todos los chirridos o estrépitos habidos o conocidos y por haber. Si me preguntara un juez (ora fuera o se sintiera ella, él o no binario) al respecto, le comentaría que tengo la sensación refractaria de que el grueso, la mayoría de ellos, se hacen adrede, aposta, sobre todo, la zapateadora, a quien le he concedido el nombre apelativo, por antonomasia, de bruja, porque le cuadra o encaja a la perfección.
Reconozco que más de una vez he cantado en voz alta/baja (según el lugar, apropiado o no, con sutil ironía, por supuesto) una variante de la festiva canción popular antedicha, que queda de esta guisa: “De la bruja no hables mal, / porque la defiendo yo; / y, si la quieres colgar, / la soga la pongo yo; / la soga la pongo yo / y el patíbulo también; / de la bruja no hables mal, / porque la defiendo yo”.
Ángel Sáez García