EN EL PAÍS SE ENTRECOMILLAN DICHOS,
MAS SE HURTA AL LECTOR QUIÉNES LOS DIJERON
¿NO ES ESO UN CLAMOROSO ESCAMOTEO?
Cada vez que fallece un pensador honesto, comprometido con su espacio y con su tiempo, a algún filósofo o profesor de filosofía que comenta la triste nueva le nace hablar de “el último intelectual”, que es, precisamente, el rótulo que encabeza las líneas que escribió ayer, domingo 15 de marzo de 2026, en la página 54 de EL PAÍS, Fernando Vallespín. En dicha pieza, el autor mencionado dejó escrito, negro sobre blanco, esto: “Es curioso cómo ese carácter tan abierto y afable que lo caracterizaba podía mutar enseguida en el intelectual indignado y sin concesiones, siempre dispuesto a elevar su voz contra todo aquello que a su juicio se desviaba de las promesas y las exigencias de cualquier sistema democrático”.
Ha muerto Jürgen Habermas; y esa pérdida es una pena, porque la muerte de todo hombre nos disminuye, como supo ver y aducir el poeta metafísico inglés John Donne, pero cabe echar mano de ese apotegma español que airea esta verdad apodíctica, que “no hay mal que por bien no venga”, o sea, que el óbito del filósofo alemán acaso venga acompañado o traiga consigo la lectura detenida y atenta de su obra, magna. Tal vez convenga rememorar qué afirma el cardenal Altamirano al final de la película “La misión”, que “el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”. Y, como lógica consecuencia o normal corolario, haya cada vez más conocedores de que Habermas fue el progenitor de las teorías de la acción comunicativa y de la democracia deliberativa, un ejercicio de ilustración recíproca entre ciudadanos libres e iguales.
En la misma página 54, bajo el marbete azul de ADIÓS A UN GIGANTE DEL PENSAMIENTO EUROPEO, en la parte inferior, se lee la columna de Daniel Innerarity, titulada “El mundo después de Habermas”, donde su hacedor escribió: “La idea de que en una situación ideal de diálogo se impone ‘la fuerza del mejor argumento’ nos parece un ejercicio de candidez en una época en la que la verdad le importa menos a la gente de lo que pensábamos. Esto no es un reproche, sino todo lo contrario: un elogio de esa ingenuidad intelectual desde la que le resultó muy difícil entender las fuerzas disruptivas o la negatividad en la historia”. Abundo con Innerarity, pero añado que ese presunto ejercicio de mutua ilustración entre ciudadanos iguales y libres, seguramente, en asuntos científicos, devendrá en la evidencia de que los susodichos son distintos en cuanto a su capacidad para argumentar. ¿De qué sirve que el nuevo Einstein formule una nueva teoría sobre el espacio-tiempo, si, salvo otro, el resto de los contertulios que escuchan con atención su razonamiento no lo entienden? ¿De qué servirá el mejor argumento, si solo otra persona lo sabe entender y valorar en su justa medida, pues el resto no acierta a apreciar toda la enjundia que acarrea y contiene?
En ciencia, la verdad es la que es (a veces, arribas a ella por una intuición, y luego te ves en la obligación intelectual de explicarla y demostrarla, de manera fehaciente; al menos, intentarlo, y adviertes qué ardua tarea resulta coronarlo), independientemente de los adeptos que tenga esa teoría y de los que apoyan la contraria. En plata, en una discusión entre terraplanistas y orbesféricos, esta circunstancia, que los primeros sean más que los segundos, no significa que tenga razón la mayoría sobre la minoría, sino solo que hacen más ruido y/o meten más bulla. A la pata la llana, ¿de qué sirve tener razón en algo, si nadie te la da, o, en su defecto, te la otorga quien acabas de calificar o catalogar de imbécil?
Máriam Martínez-Bascuñán en su interesante columna sobre Habermas, titulada “El filósofo que creyó que convencer era posible”, que el lector del Periódico Global pudo leer, como hizo este menda, ayer en las páginas 52 y 53, la remató así: “En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad (en este punto disiente del parecer de Innnerarity; aunque habría que escuchar a ambos en sus correspondientes razonamientos por extenso; quizá hallaríamos más similitudes que diferencias) y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés”.
Pero no era de Jürgen Habermas de quien quería disertar aquí, ni de las carreras, ora de canes, ora de équidos, que, fin de semana tras fin de semana, tienen lugar en el piso inmediatamente superior al mío, sí, en la que he dado en llamar, por ser público y notorio dicho proceder, “casa de los ruidos” (donde, aventuro mi parecer, que puede estar equivocado, la abuela alecciona a sus nietos en la práctica de un abanico o serie de comportamientos incívicos —en el movimiento de sillas, he de reconocer, por sufrir sus chirriantes y “chirridespués” sonidos de continuo, las criaturas han devenido unos peritos en dicho menester—), sino de que en EL PAÍS, mi periódico de cabecera, hay cronistas que, sin querer, quiero suponer, desconocen que lo afean o manchan por incumplir, una crónica sí y otra también, con lo que manda el Libro de Estilo de dicho diario, al incurrir en los mismos vicios o yerros que les he señalado en seis o más ocasiones ya. Errare humanum est, sed perseverare diabolicum, o sea, errar es humano, pero perseverar (en el yerro) es diabólico.
Así, por ejemplo, Elsa García de Blas, en la crónica titulada “El PP confía en crecer pese a Vox en una campaña ‘sin errores ni sobresaltos’”, publicada el pasado sábado 14 de los corrientes, en la página 16 volvió a jugar con los lectores del periódico de PRISA a los acertijos, las adivinanzas o los enigmas, así: “’Esta vez, Mañueco no quería ni errores ni sobresaltos. Y lo ha logrado, no ha pasado nada, ha sido hasta un coñazo, señala un dirigente popular del territorio”. ¿Quién? Si buscan, acaso lo hallen. Les pondré otro ejemplo: “’Los agricultores están muy enfadados por Mercosur y puede que haya ahí voto oculto para Vox’, teme un alcalde popular del territorio”. ¿Qué alcalde? Elsa esa información se la ha escamoteado o hurtado al lector. ¿Por qué? Pregúntenle a Elsa. Su compañero Miguel González, en la página siguiente escribe su crónica sin la susodicha tacha.
Tres cuartos de lo mismo cabe decir y ocurre con la crónica que firma Carlos E. Cué, titulada “Llega la gran batalla europea: ¿cómo pararle los pies a Trump?”, que vio la luz ayer, en la página 28 de EL PAÍS. Cué optó por el mismo escamoteo o sisa de Elsa García de Blas, así: “(…) La guerra y la posición frente a Trump les han alejado mucho. ‘Esto no hubiera pasado con Merkel ni con Scholz. Nunca se ha visto una entrega así de un canciller alemán a Washington. Necesitamos que el país más importante de Europa vuelva a los valores europeos. Vamos a trabajar en eso’, sentencia un ministro. ‘(…) Vamos a ver si en el Consejo del jueves se crea un estado de opinión claro en contra de la guerra’, señala otro.
Y sigue Cué por idénticos derroteros: “’Aún hay mucho miedo en algunos cancilleres, pero esto es insostenible. Trump va contra Europa. Todos sabemos que hay que hacer algo para intentar parar esto. El jueves se discutirá qué’, apunta un tercer miembro del Ejecutivo”.
No sé qué va a hacer usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, pero yo he decidido echarlo a suertes, al “pinto, pinto, gorgorito”. Quizá así, de chiripa, dé con los nombres verdaderos de esos tres ministros.
Nota bene
Ignoro si doña Soledad Alcaide, Defensora del Lector, habrá claudicado. Yo le aseguro que no lo haré. A menos que alguien me demuestre con una razón convincente que estoy marrado, seguiré defendiendo que el Libro de Estilo de EL PAÍS es una estupenda herramienta de trabajo, aunque sea mejorable y perfectible, como todo.
Ángel Sáez García