El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La tía Palmira era creativa

LA TÍA PALMIRA ERA CREATIVA

AUNQUE ELLA ERA MENUDA, ERA GRANDIOSA

UNA VEZ FUE EL FINAL DE ESA VOZ, DIOSA

La tarde del martes 18 de noviembre de 1975, estando estudiando este menda Séptimo curso de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor que regentaban en Navarrete (La Rioja) los religiosos Camilos, escribí y remití a mis abuelos maternos Cruz y Leocadio una carta. Si he de decir la verdad, yo entonces desconocía que ellos fueran analfabetos, o sea, iletrados, porque no sabían leer ni escribir. Una semana después del hecho supe que, cuando recibían alguna carta, mi abuela se la entregaba a alguna de sus vecinas que sí sabían y esta se la leía en un rato libre que habían consensuado o convenido y reservado previamente para dicho objeto.

El azar o el destino, el uno o el otro, o de mancomún, dispusieron que el dictador Francisco Franco Bahamonde muriera el jueves 20 de noviembre de los mismos mes y año, dos días más tarde. Y nuestros educadores, los indelebles religiosos Camilos, siguiendo, supongo, el criterio impuesto por el hospitalense Cruz Martínez Esteruelas, a la sazón ministro de Educación y Ciencia, nos dieron una semana de vacación. Así que los estudiantes o postulantes de dicho colegio volvimos a nuestras casas durante la susodicha hebdómada. Otro tanto les acaeció a mis hermanos, en Tudela. Y mi madre, Iluminada, determinó que ella y su prole nos subíamos a Cabretón, su patria chica o pueblo de origen, con sus ancianos padres, como así sucedió.

Bueno, pues, por un alineamiento o confluencia planetaria o mera coincidencia o convergencia de una serie de circunstancias, resultó que yo llegué a casa de mis yayos antes de que lo hiciera mi misiva, que arribó a su destino el martes 25.

Mi abuela procedió como de costumbre. Como ella desconocía que yo era el remitente, quien se la había mandado desde Navarrete, le dio aviso a una vecina, la tía Palmira y quedaron más tarde para el lío, más bien para deshacerlo. Y, oyendo sin ser visto, escuché cómo se la leía a mi abuela.

Desde mi escondrijo, comprobé, de manera fehaciente, que la tía Palmira era una astuta creativa, porque se tomó varias licencias por su cuenta, pero todas fueron convenientes, oportunas, pues he de reconocer que vinieron a suplir a la perfección mis lagunas u olvidos.

No había acabado de leer Palmira la misiva a mi abuela, cuando llegó mi madre a la puerta de casa, de hacer un recado, y entonces se enteró de que yo les había escrito una epístola desde el colegio navarretano. Así que le dio a Palmira las gracias y le dijo que se la terminaría de leer quien la escribió, su nieto Ángel, yo, cuando arribara a casa, o que lo haría ella, después de aviar la casa y preparar la comida.

Al cabo de un rato, el que me pareció justo, tras reflexionar sobre lo ocurrido, salí de mi escondite y le leí la misiva a mi yaya, estando presente también mi madre.

¿Puedes creerme, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, que no delaté o descubrí a la impostora? Es más, respeté los añadidos o gordillas que había agregado o introducido la menuda, pero enorme, Palmira, en mis lecturas, que fueron varias.

Qué razón tuvo, tiene y tendrá quien recuerde, siempre que venga a cuento, lo que adujo y dejó escrito, negro sobre blanco, el neurólogo y divulgador científico Oliver Sacks: “Todo acto de percepción es hasta ciento punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”.

No lo había pensado hasta hoy, de veras, pero tengo algo de aquella vecina de mi abuela Cruz, la astuta y creativa tía Palmira, que era una fabuladora entrañable y estupenda, casi casi una diosa, pero no odiosa. Sin querer queriendo, me dio una lección que no se la debo agradecer, cosa rara, a fray Ejemplo, esta, que la verdad que acarrea la realidad necesita de la verdad que porta la ficción para hacerla más llevadera o soportable.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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