El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Sin carta, pero bien acompañado

SIN CARTA, PERO BIEN ACOMPAÑADO

FUENTE DE INSPIRACIÓN ES NAVARRETE

“Nadie es más solitario que aquel que nunca ha recibido una carta”.

Elias Canetti, Premio Nobel de Literatura de 1981.

A todo bachiller (ora sea o se sienta ella, él o no binario) le basta con hacer un pequeño esfuerzo memorístico para rememorar, al menos, las dos primeras coplas de pie quebrado (o sextillas manriqueñas dobles) que Jorge Manrique escribió a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo, su padre. Puede que se las aprendiera de memoria, como eso hizo servidor. La primera dice así (con el lenguaje y la puntuación actualizados, por supuesto): “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor, / cómo a nuestro parecer / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”.

Si no todos los días del año, la inmensa mayoría de ellos recuerdo alguna anécdota de alguna jornada de los tres cursos, los últimos de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié allí, en el seminario menor del edén navarretano; y, asimismo, un montón de sucesos que viví junto a mi difunto hermano José Javier (antes de que este falleciera, claro), que ha sido el único mecenas que he tenido, por ahora, en el planeta azul, la Tierra.

Ayer (me refiero a la tarde del viernes, Primero de mayo), mientras cerveceaba en la grata compañía de mi amigo Pío Fraguas (Diana, su esposa, prefirió tomarse un Bitter Kas) y despachábamos, entre los tres, una ración de patatas bravas, que lo estaban, pues picaban lo justo, el plantista (me refiero a Pío, que gestiona una planta de asfalto, no una forja, aunque eso acaso pueda colegir quien se fije más de la cuenta en su primer apellido; yo no le he visto nunca cómo lo hace, pero, por comentarios y ajenas referencias diversas, escuchadas aquí, ahí y allí, coincidentes, sé que corona dicha tarea de manera competente) soltó la especie de que todavía sigo instalado o encerrado en Navarrete (que jamás me pareció una prisión, sino todo lo opuesto, el libérrimo paraíso).

Escuché dicho aserto y no estuve de acuerdo con su dictamen. Pero, como Pío me conoce (la evidencia es innegable), por la noche, en ese espacio, previo a conciliar el sueño, que reservo para hacer un resumen del día y ponerme nota y objeciones (se parece bastante a un sucinto examen de conciencia), reconocí que no le faltaba una parte de razón. Ahora bien, continuábamos discrepando, ya que, donde él veía un defecto, yo columbraba una virtud. Fuente de inspiración es Navarrete; y, además, inagotable; y sería una estupidez meridiana y una incongruencia palmaria renunciar a esa corriente subterránea o pozo de motivos literarios. Ningún zahorí auténtico, que se preciara de serlo, lo haría. ¿Acaso no es lógico y normal recordar cuándo y dónde fuiste feliz?

Si hay una frase con enjundia, que repito hasta la saciedad en esta sociedad de la suciedad, que nos ha tocado en suerte vivir, es que no hay mal que por bien no venga. Y eso, precisamente, es lo que me ocurrió a mí en la citada localidad riojana de Navarrete.

Durante el cursillo, fui el único postulante que no recibió de su familia una sola carta. La razón estribaba en que mi abuela paterna Gregoria, “Goya”, falleció a las pocas horas de haber marchado yo a realizar el citado curso propedéutico, preparatorio, y estaba de luto.

Tengo para mí que esa circunstancia negativa o situación deplorable me hizo más fuerte (y ahí está el pensamiento de Friedrich Nietzsche, que lo confirma: “Lo que no me mata me hace más fuerte”, que se lee en el aforismo 8 de la sección “Máximas y flechas” de su obra “El ocaso de los ídolos, o cómo se filosofa a martillazos”, 1889), así que no me extraña que Piérola destacara de mí esa facultad o habilidad, la fuerza (él pudo referirse a la física, pero fue acompañada de la mental), en el artículo que escribió y apareció publicado en el número especial de la revista homónima, en el que hacía una sinopsis de los diez o doce días que duró el cursillo en el estío de 1974, posterior al Mundial de Fútbol de Alemania Federal, que ganó el país organizador. Y fue en la Eurocopa de Yugoslavia de 1976, dos años después, no como lo recordaba yo, y perdí el café, que me había apostado, donde el futbolista checoslovaco Antonín Panenka marcó un gol de penalti, en la tanda que coronó la final, a Sepp Maier, portero de Alemania Federal, que dio nombre a esa peculiar forma de lanzarlo, por el centro y sin demasiada fuerza.

Y es que, como dejó escrito en letras de molde Oliver Sacks, “todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”. Me acabo de llevar otra sorpresa (la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida) mayúscula, al constatar que el autor original de dicha frase fue el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1972, el estadounidense Gerald Maurice Edelman, que lo compartió con el británico Rodney Porter.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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